Entrevista: Editorial Superflua. ‘Fashionopolis’. El precio de la moda rápida y el futuro de la ropa

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                                Martín Torres y Pau Masaló. Editorial Superflua.

Es un hecho que la industria de la moda ha acelerado el ritmo para producir más, vender más y, en consecuencia, que compremos más. Afortunadamente, emprendedores,científicos, diseñadores… han decidido poner freno a este despropósito y buscan soluciones para una fabricación sostenible. Fashionopolis, nuevo libro de la Editorial Superflua, refleja el panorama de la moda en pleno estado de transición “necesaria y urgente”. Dana Thomas, periodista que colabora con The New York Times, The New Yorker, Vogue o Financial Times, entre otro medios, conecta nuestro armario, todo un contenedor de prendas de lo que hoy se denomina moda rápida, con las crisis económicas y climáticas. Con Fashionopolis ya en las librerías, Editorial Superflua amplía su catálogo de títulos para los amantes de lecturas centradas en biografías -Dioses y reyes. Ascenso y caída de Alexander McQueen y John Galliano, de Dana Thomas; Saint Laurent, chico malo, de Lelièvre, entre otros- además de crónicas canallas -Una carrera en la moda, Bill Cunningham– alrededor del universo de la moda.  

Todos en la moda aceptan que la industria está experimentando un cambio rápido y masivo con la sostenibilidad como uno de sus mayores problemas. Fashionopolis  es el libro, hasta ahora, más concluyente sobre lo que significa el costo del uso de la moda rápida y cuál es el modelo a seguir para llegar a un futuro que combine el respeto por el planeta con el buen diseño. “Compre productos orgánicos siempre que sea posible.  Si ya no te vale  o te cansas de esa prenda, revende o dona; no tires la ropa a la basura. Y comienza a considerar el alquiler, especialmente para ocasiones especiales”, son algunas de las recomendaciones.

Stella McCartney es una de las figuras de la moda que recibe una cantidad desproporcionada de atención por parte de muchos medios y creadores sobre este tema. Y es razonable. McCartney lleva mucho tiempo comprometida con prácticas sostenibles, tanto en su propio negocio como en el de otros. Como diseñadora principal de Chloé, a fines de la década de 1990, se negó a incluir cuero o pieles en sus colecciones, lo que muchos ejecutivos consideraron casi su final. No sólo consiguió que funcionara, sino que, además, incrementó esas prácticas utilizando, por ejemplo, sólo cashmere reciclado y negándose a usar pelo animal, seda o rayón.  

En definitiva, lo que hace a Fashionopolis tan convincente es la capacidad de Thomas para hacer más comprensible el estado actual de la industria de la moda, así como los atisbos de esperanza que ofrece de la mano, por ejemplo, de una vuelta a la artesanía o, por otro lado, el desarrollo de una tecnología viable con prácticas ecológicas y materias primas sostenibles. Porque, ante todo, Fashionopolis es un libro esperanzador. Como dice la autora, “el futuro es ahora”

¿Puede ser este libro el más importante de los que han publicado hasta ahora?

En efecto, hay algo distinto en este libro y es que apela al lector a que cambie de hábitos en cuanto al consumo de ropa, y ese es el argumento de buena parte del libro. Salvando el abismo, me recuerda a aquella frase de Marx que decía: “Hasta ahora los filósofos han interpretado el mundo, a partir de ahora tienen que transformarlo”, dictum que preside la escalinata del vestíbulo de la Universidad Humboldt de Berlín

¿Perciben que existe apetito en la sociedad por conocer más a la hora de comprar ropa con responsabilidad? 

Parece que entre los mileniales hay una mayor conciencia por conocer el origen y el proceso de la fabricación de ropa, aun así también son ellos los mayores consumidores, y una de las premisas de la sostenibilidad es consumir menos.

Es fácil construir mitos y casi imposible derribarlos. Estos inicios a la hora de trasladar una información y avisar de lo que está pasando son casi como ir contra el mundo luchando para abrir camino, como Don Quijote contra los molinos

Hemos sido educados como si los recursos del planeta fueran infinitos y el “usar y tirar” no tuviera consecuencias. El solo hecho de encender la luz o abrir un grifo y que mane agua caliente parece la cosa más natural del mundo, cuando en verdad es un privilegio. Cambiar la percepción de que esto no es así va a costar mucho, y sinceramente pienso que antes de que aprendamos el propio planeta nos va a obligar a cambiar.

Llevamos años escuchando hablar de ecología, de la necesidad de concienciarnos sobre el buen uso del medio ambiente, ¿estamos asistiendo por fin a un cambio de conciencia?

Recuerdo que escuché por primera vez el término ecología en 1984. Me lo explicaron en el colegio y ya entonces se hacían campañas de concienciación. Pero ahora la conciencia ecológica viene acompañada por los cambios palpables en el clima. Hasta que no lo hemos visto, no hemos creído.

Moda sostenible ¿qué es realmente? La gente lo asocia a segunda mano, por ejemplo…

Como cualquier actividad industrial, la sostenibilidad implica la menor explotación de los recursos naturales, que estos se puedan reemplazar, una vida duradera y la posibilidad de reciclar. La sostenibilidad tiene que ver con la producción, pero también con el consumo. De hecho, consumo y producción van de la mano. Pero la parte que nos corresponde es la del consumo, de la que tenemos que ser más conscientes. De media, una prenda de ropa se usa siete veces y luego se tira. Cualquiera pensará “no es mi caso”, pero la cuestión es que sí es como mucha gente —especialmente los jóvenes— actúa.

¿Cómo definiríais la verdadera sostenibilidad en la moda en este momento?

La verdadera sostenibilidad sería dejar de producir y comprar ropa nueva y usar la que ya ha sido fabricada (cada año se fabrican 500 mil millones de prendas de ropa, más que suficiente). El impacto económico sería tan devastador que lo hace imposible. En general como con cualquier otra industria. Pero sí hay que consumir menos y encontrar alternativas. Hay que reparar la ropa, llevarla a reciclar, comprar a marcas artesanas, comercio justo y de proximidad…

Hay una gran cantidad de términos en los que la gente se pierde. Por ejemplo, ¿qué es la circularidad y cuáles son los beneficios de avanzar hacia una economía circular? ¿Es algo así como cambiar nuestro comportamiento de un modelo de consumo lineal [desde la fabricación del producto hasta su uso y disposición final] a algo circular, donde el producto [se recicla] de nuevo en el sistema y se reutiliza? ¿Estoy en lo cierto?

La circularidad tiene que ver, en efecto, con toda la cadena de producción y el uso de la ropa. Comprende el propio diseño de la prenda, la fabricación con materias primas renovables, la posibilidad de reciclar la prenda descomponiendo sus partes o sus materiales para hacer una nueva prenda o algo tan sencillo como reparar la ropa y no tirarla cuando se rompe, comprar ropa de segunda mano o alquilarla.

¿Cuál es el aspecto más impactante o revelador que se desprende tras la lectura de los informes de Dana Thomas?

Por un lado Dana aporta datos sobre la imposibilidad material de que la actual manera de producir ropa se mantenga en el futuro, sencillamente no habrá recursos naturales para ello. Pero en sentido positivo, el libro también demuestra que la economía sostenible es una buena oportunidad de negocio.

Las voces que denuncian este mal uso medioambiental por parte de la moda se refieren a la negligencia sistemática en la eliminación de residuos y produciendo en exceso ropa acompañado de cantidades de agua y herbicidas. ¿Cuándo comenzó la moda a producir tanto desperdicio y contaminación?

Por ejemplo, a principios del siglo XX dejó de emplearse el índigo natural para tintar pantalones tejanos y empezó a utilizarse un tinte sintético desarrollado por BASF mucho más barato pero contaminante y cancerígeno. O los insecticidas y herbicidas usados para el cultivo del algodón. Pero es a partir de los años ochenta, con el desarrollo de la moda rápida, cuando las economías de escala hacen que sea más barato producir mucho aunque se tenga que tirar parte de la producción (un 20%). Esa ropa tiene materiales sintéticos derivados del petróleo que contaminan el suelo y van a quedar en la tierra por los siglos de los siglos.

¿Qué deberíamos tener en cuenta actualmente a la hora de ir a comprar ropa?

Dónde y cómo han sido fabricadas las prendas. Si la marca permite que sepamos el proceso de producción y la huella ambiental que ha dejado la pieza de ropa. Pensar a largo término y no en algo para llevar cuatro ratos. Artesanía, proximidad, comercio justo, un concepto como el rightshoring, que no tiene equivalente en castellano pero que significa ‘producción ética y eficiente’ son las guías que deben conducirnos. Y usar la ropa el máximo tiempo posible.

¿Cómo pueden los consumidores comenzar a equilibrar el querer mantenerte a la moda y tener conciencia ambiental? ¿Creen que la gente está lista para hacer ese cambio?

Todo gran cambio tecnológico y económico genera nuevas dinámicas sociales. Y aunque la sociedad no esté preparada o concienciada, el cambio lo va a imponer el propio planeta. Hay algo fundamental y es ‘vamos a tener que renunciar‘, algo tan impensable en la actualidad que el concepto ya sólo se utiliza en mística. Así que los procesos derivados del cambio climático y la demografía (en 2050 la Tierra la habitaremos 10.000 millones de personas) nos obligarán a renunciar a la moda.

Del mismo modo que, según algunos teóricos, hemos asistido al fin del Arte y vivimos en la época del Arte después de la muerte del Arte, quizás estemos asistiendo también a la muerte de la Moda; al fin y al cabo, y al menos desde Gaultier, las estrategias creativas de los diseñadores han seguido los movimientos de la producción artística de los últimos 50 años; y aunque el cambio provenga de un agente externo y no por las propias dinámicas de reflexión en torno al objeto, ahora debería empezar un proceso de muerte de la moda. Actualmente, la moda es una maquinaria publicitaria para que las empresas del sector vendan ropa, complementos y cosméticos principalmente. Es un caballo desbocado que sólo quiere ganar, sin importarle el coste.

Los jeans tienen un apartado importante en el libro. Dana Thomas los usa como un caso de estudio para la industria de la moda en general a propósito del uso de tintes tóxicos y abundante agua. Usted además tiene un caso personal que ejemplifica muy bien este mal uso… 

Los pantalones vaqueros son la prenda más usada y vendida del mundo. Cada años se fabrican 5.000 millones de pares. Cultivar el algodón más su proceso de producción consume unos 25.000 litros de agua por ejemplar.

De adolescente tuve una pequeña experiencia laboral (para saber lo que era la vida) en una lavandería; esto es, una fábrica de acabado de vaqueros. Todo se hacía “al modo antiguo”, que era lavar los pantalones durante horas con piedras y lejía para lograr el efecto desgastado o también láser (así eran los 80). En aquel entonces, aunque ya se sabía, se trabajaba como si los recursos naturales fueran infinitos.

El cliente también dice que la ropa de la moda sostenible es cara. El fast fashion y el low cost no es sostenible, conlleva producir más a menos precio y eso somete al mercado y al medio ambiente a un estrés tremendo ¿Se puede lograr que sea sostenible y que además no sea cara?

La cuestión del precio siempre genera polémica. Pero todos sabemos que la ropa es barata no sólo porque se produce a gran escala, sino porque quien la fabrica cobra sueldos miserables y carece de derechos laborales básicos. Sólo tenemos que pensar si querríamos eso para nosotros. Lo sostenible es comprar poco y bien hecho, no barato y de usar y tirar.

Dana Thomas explora en el libro las distintas capas de la industria de la moda: corporaciones globales, diseñadores y consumidores. ¿Cuál va a ser la parcela más importante a la hora de implicarse y llevar a cabo soluciones?

Los grandes fabricantes y vendedores son claves a la hora de minimizar el impacto ambiental de la producción. Pero quien puede obligar a un cambio de verdad somos los consumidores, y los cambios en el sentido de la sostenibilidad los hacen las marcas con el objetivo de complacer a sus clientes.

Hay un viejo dicho atribuido a Yves Saint Laurent: “La moda se desvanece, el estilo es eterno”. La moda rápida sí se desvanece, pero desafortunadamente acaba también con la intención de muchos de mantener un estilo, una elegancia, una clasicidad, ¿qué opinan?

La única ventaja de la moda rápida es su inmediatez en el mercado, pero creativamente se alimenta de la moda de gama alta, por eso Phoebe Philo, cuando estaba en Céline, llegó a impedir que se vieran imágenes de sus colecciones hasta que la ropa no estuviera en las tiendas —un poco como las estrategias de las casas de alta costura clásicas en los cincuenta y sesenta—, para que los copistas no agotaran las ideas y los looks en dos semanas.

Otro de los grandes nombres de la moda, Anna Wintour, insta a los compradores a no tratar la ropa como desechable al instante. “Hay que valorar la ropa que tienes y usarla una y otra vez”. Si la mujer más influyente del mundo de la moda opina así quiere decir que no hablamos de una broma…

Bueno, creo que Anna juega un poco en los dos bandos (en Cataluña diríamos que juega a la puta i a la Ramoneta), puesto que se debe tanto a la industria de la moda como a la corriente de sostenibilidad que se impone; pero lo cierto es que ella considera como una gran cosa que la moda rápida haya democratizado el diseño de calidad, sin tener en cuenta a qué precio. Desde luego, no ha sido ella quien ha liderado el movimiento de la sostenibilidad de la moda, a pesar de su posición de poder en el sector.

Destacan a Stella McCartney en el libro, pero también hay que recordar que ella se ha criado en ese ambiente desde que nació.

Sí, la educación es importante. Desde luego ella ha sido una privilegiada en el aspecto económico, pero ha recibido una educación dirigida al respeto por el medio ambiente y ha tenido el ejemplo de su madre, alguien que actuaba según su conciencia. Como base del individuo, la educación es primordial. No puedo dejar de pensar que el éxito de almacenes como Primark tiene que ver con el absoluto fracaso de la educación.

Un hecho está claro, si Stella McCartney recibe esa desproporcionada atención es porque algo sí está haciendo bien.  McCartney lleva mucho tiempo comprometida con prácticas sostenibles, tanto en su propio negocio como en el de otros. Como diseñadora principal de Chloé a fines de la década de 1990, se negó a incluir cuero o pieles en sus colecciones, lo que muchos ejecutivos consideraron un error y le decían que se estrellaría. Ahora ya son muchos los que la imitan…

McCartney es un claro ejemplo de que si tu idea es buena y te mantienes fiel a ella, a pesar de las trabas, acabas triunfando. Ahora ella es el gran referente de la moda sostenible, y no sólo ostenta ese honor simbólico, ella ha logrado que los grandes grupos utilicen herramientas que midan y permitan corregir el impacto medioambiental de su cadena de suministro. Además, ha apoyado proyectos pioneros de desarrollo de materiales sintéticos que sustituyan a los naturales. Es suma, el tiempo le ha dado la razón.

InditexZara (que también posee Bershka y Pull & Bear) lleva un tiempo asegurando que todo el algodón es orgánico, reciclado o producido de acuerdo con la Iniciativa Better Cotton, una organización sin fines de lucro que trabaja con los agricultores para adoptar prácticas más sostenibles social y ambientalmente. Está claro que las marcas lo están intentando.

En este sentido hay que ir con cuidado, las grandes empresas utilizan el greenwashing como herramienta de marketing. En el caso de Better Cotton, por ejemplo, no garantizan que el algodón no sea transgénico, con el problema que resulta para las semillas. Que de la noche a la mañana todos los proveedores de Inditex se provean de algodón orgánico, reciclado o con el certificado Better Cotton me parece difícil, teniendo en cuenta el volumen de producción que ostentan… A veces esgrimen la etiqueta de producto “ecológico” y en verdad sólo quiere decir que un pequeño porcentaje de la prenda ha sido confeccionada con un material de cultivo sostenible. Si las marcas se apuntan a la sostenibilidad, no lo hacen desinteresadamente, y van a utilizar todas las argucias posibles para tener el mayor beneficio a costa de lo que sea.

No todo el libro es pesimista: hay muchas razones para que los amantes de la moda comiencen a creer. Thomas nos descubre a muchos de los valientes y visionarios que intentan rehacer la industria.

En efecto, en su investigación Dana Thomas conoció a varios emprendedores, muchos de ellos mujeres, que habían desarrollado negocios basados en solventar los problemas de la producción de moda. En algunos casos la solución era sencilla: volver a cultivar plantas de índigo para producir el tinte para los vaqueros. Pero en otros casos se requería de ingeniería biológica, como la seda sintética a partir del ADN de araña o la posibilidad de disolver y separar las mezclas de distintas fibras, sintéticas y naturales, de los textiles.

En España, sin ir más lejos, tenemos a una empresa ubicada en Valencia, Jeanologia, que desde hace años desarrollan una tecnología viable con prácticas ecológicas y materias primas sostenibles como el hilo ECONYL derivado de mariscos y redes reciclados para desteñir los jeans. Levi`s, por ejemplo, apuesta por ellos. ¿Estamos, entonces, más cerca de este futuro de la moda implicado en la alta tecnología?

En otra vida, recuerdo que en el centro donde estudiaba nos dieron a leer un texto (un artículo de opinión) que venía a decir que los problemas causados por la tecnología humana los resolvería el mismo hombre mediante el desarrollo continuo de la misma tecnología. Yo no soy tan optimista. Pero desde luego lo que hace Jeanologia parece ciencia ficción; es una tecnología limpia y que apenas consume recursos naturales. De hecho, es tan buena que los grandes grupos como Levi’s o Unicqlo usan algunas de sus invenciones en su cadena de producción. La tecnología es muy importante, pero no es la solución completa. A este ritmo de consumo de ropa no hay tecnología que lo solucione.

Otro tema a revisar es el de las influencers. Ellos quieren estar a la moda y esto conlleva que en Instagram estén cambiando continuamente de modelito. A sus seguidores este mensaje les induce a “no uses tu atuendo más de una vez y mantente al día acudiendo a las tiendas a diario a comprar ropa”. Ahí va a ser complicado hacer el cambio…

Los influencers suelen ser individualistas y cortoplacistas. Su divisa es el cambio constante de imagen, que es lo que mueve Instagram. Y desde luego sus valores coinciden al 100% con los del mercado, que carece de conciencia. La responsabilidad es de quienes los siguen, un ejemplo más del fracaso del sistema educativo.

En el juego del mercado entra también ser los más avispados para superar a la competencia. ¿Qué pasa entonces con las pequeñas empresas y la cuestión laboral? Quiero decir, ¿se van a automatizar todos estos trabajos haciendo que se pierdan empleos? Dana Thomas asegura que se crearán mejores empleos con mejores salarios pero este es otro objeto de duda entre el público…

Por lo que ha podido comprobar Dana Thomas, la producción de ropa puede volver a Occidente si se apuesta por la alta tecnología. No se volverá a emplear al gran número de trabajadores de antaño, pero los nuevos puestos de trabajo serán cualificados y de mayor calidad, lo que repercutirá en el sueldo y calidad de vida del trabajador. La robotización es un tema aparte, pero lo vamos a afrontar en breve. No serán necesarios costureros, pero sí muchos técnicos en electrónica industrial.

Por otro lado, si la industria de la moda es tan perjudicial, ¿no deberían los gobiernos regular la producción más allá de promulgar unas básicas normas de contaminación?

Desde luego en Occidente las normas de producción y tratamiento de residuos, en cualquier actividad, están claras y son estrictas, otra cosa es que se dé el trabajo clandestino o se haga trampa, como Thomas explica que sucede en Los Ángeles. Lo malo son los países en desarrollo, donde campa la corrupción y la precariedad laboral.

Hace poco leía a las diseñadoras Las Culpass que es más importante lo que haces con tu dinero que con tu voto cada cuatro años, refiriéndose a este momento de moda sostenible. “Elegir en qué gastar tu dinero es también hacer política y contribuir a que las cosas cambien” ¿Qué opinan?

Pues en parte, sí, es cierto, ser consciente de en qué gastas tu dinero y darle un sentido político está bien (siempre y cuando no vaya contra los derechos fundamentales, hay que dejarlo todo claro en estos tiempos). Lo que ocurre es que ninguna actividad es independiente por completo o depende de un único factor. Las empresas, los fondos de inversión, tienen muy diversificado su dinero. Puedes comprar un libro de texto de Anaya, que pertenece a la francesa Hachette, que pertenece a su vez a Matra, un fabricante de armamento de alta tecnología francés. Así que es muy difícil apuntar el sentido de tu gasto; además, qué culpa tienen en Anaya, que a lo mejor (no lo sé, es sólo un ejemplo) hacen un gran trabajo y son gente honrada… Pero desde luego nosotros sí compramos con intención, lo que resulta en que compramos en nuestro barrio y evitamos las franquicias siempre que podemos.

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