Érase una vez en Irlanda del Norte: periodismo construido sobre roca

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Sobre No digas nada, de Patrick Radden Keefe

Algunas historias no caben en una mera cápsula. Existen acontecimientos complejos de entender, caóticos y necesitados de una narración sólida, bien edificada. Cuando se reducen demasiado, si se simplifican hasta deformarse, parece como que algunas de esas historias no terminan nunca de ser comprendidas y se escabullen como el agua de una sociedad líquida por los surcos de las palmas de las manos. De modo que frente a las cápsulas de noticias en tiempos de fast media, frente a ese ‘McDonald de la información’ como llamó la investigadora Mercedes Ortiz a un tipo de consumo rápido y continuo, muy característico de una época de hipervínculos que picotea titulares de aquí y allá, frente a todo eso, hay otra forma de contar la realidad. Otro periodismo.

El libro No digas nada (Reservoir Books, 2020) del estadounidense Patrick Radden Keefe muestra esa senda clásica del periodismo narrativo que se arrima con prudencia a auscultar el corazón a veces escondido pero palpitante de la verdad y de los hechos, y que se sostiene en dos apoyaturas vitales: la investigación en profundidad y la narración con voluntad estilística. Siguiendo la estela de obras maestras del reportaje, como Hiroshima de John Hersey o A sangre fría de Truman Capote, el periodista Radden Keefe se adentra a los entresijos del conflicto de Irlanda del Norte, en el periodo de los años sesenta del siglo pasado hasta los días presentes.

La construcción de No digas nada supuso para su autor cuatro años de investigación, siete viajes a Irlanda del Norte y entrevistas con más de cien individuos, tal y como él mismo cuenta en el epílogo. Un verdadero ejemplo de periodismo construido sobre roca. Un periodismo que no se rige por la taquicardia de una actualidad apremiante y olvidadiza, sino por «la inmersión en el ambiente, en el hábitat natural de los protagonistas del relato durante “el tiempo suficiente para que las escenas tengan lugar ante tus propios ojos”», como diría la profesora Dolors Palau citando a Wolfe y a su clásico El nuevo periodismo.

Antes de comenzar a trabajar la historia, a este periodista de ascendencia irlandesa no le atraía demasiado el conflicto norirlandés. Como buen profesional, estaba informado sobre el asunto, pero «con esa distancia que uno le conferiría a cualquier crónica sobre una guerra en un país lejano». ¿Qué ocurrió para despertar su interés y deseos de indagar y contar? ¿Qué convocó a su vocación periodística? En 2013, falleció Dolours Price, un miembro histórico del IRA (Irish Republican Army), y Radden Keefe estaba leyendo una necrológica cuando, de pronto, empezaron a intrigarle «los dramáticos perfiles» de la biografía de aquella mujer, así como la existencia de un archivo secreto guardado como un tesoro en el Boston College, que contenía las voces de los testimonios personales de muchos excombatientes que decían las verdades del barquero, y que se consideraba un auténtico explosivo noticioso. ¿Por qué? «¿Qué podía haber en esos relatos que fuera tan amenazador en la actualidad?», se preguntaba Patrick.

Cuando se aventuró con este libro en 2014 sabía ya que se le avecinaban años de archivos y de horas robadas al sueño para ingeniarse cómo ir dando orden y forma por escrito a una cantidad ingente de información. Noticias de prensa, cartas, emails, informes forenses, diarios personales, libros inéditos, imágenes y grabaciones telefónicas. Pero también a toda esa «cosa escurridiza» que son la memoria, los recuerdos de los entrevistados, los recovecos, los misterios, las intrigas, los enredos, miedos, impotencias, muertes y traumas de aquella historia herida que todavía «está viva».

La obra de Radden está dividida en tres grandes partes. 1: Lo transparente, limpio y auténtico. 2: Sacrificio humano. 3: La hora de la verdad. Arranca el relato con el secuestro por el IRA de Jean McConville, una treintañera viuda con diez hijos, en Belfast en el año 1972. Aunque se cuenta cómo estos niños tienen que hacerse la vida sintiéndose abandonados en un mundo hostil, la narración vira también a la historia de algunos miembros importantes del IRA en aquel entonces, así como la vida callejera de la guerrilla, los purgatorios posteriores en la cárcel, las huelgas de hambre, las torturas, los traumas al regresar a una vida normal y no reconocer la ciudad, el barrio. Porque «de la cárcel nunca se termina de salir».

Enseña el escritor David Lodge que la narración avanza cuando el autor hace preguntas y dilata las respuestas. A lo largo de las páginas, varios interrogantes van anunciándose en las historias paralelas que, hacia el final, y sobre todo ante el hallazgo de «una sorpresa mayúscula» que satisface la intriga, terminan de engarzar como en un puzle, como en «un mosaico lleno de detalles». El autor deja bien claro que «esto no es un libro de historia sino una obra de no-ficción narrativa». De modo que escena y contexto, intriga y documentación, se imbrican. El mismo peso tienen la descripción frenética de una persecución, de una fuga de la cárcel en el interior de un camión de basura, como la evolución del IRA o las consecuencias geopolíticas del conflicto.

 Y es que, conforme transcurren los capítulos, se asiste, como en aquella magna película de gánster Érase una vez en América, a los estragos del tiempo que inciden, no solo en los cambios y avances históricos de un territorio, sino también sobre la amistad de juventud; sobre quienes han tenido que renunciar a su pasado para medrar; o han necesitado cambiarse el nombre, el aspecto de la cara, fingir ser otro para sobrevivir después de fugarse de la cárcel en un camión de basura; o hacerse hombre o mujer en sórdidos orfanatos, huérfanos y con la infancia truncada después de presenciar cómo entraron a casa y le robaron a la fuerza a la madre; y que un día, muchos años después, avisen con la noticia de que han podido dar con el cuerpo en una playa bajo un cielo violáceo de invierno.

Así como transcurrieron más de cuarenta años para dilucidar qué ocurrió realmente con Jean McConville después de su secuestro, Radden Keefe, con gran sentido de arquitectura narrativa, aguarda también a llegar al final del libro para contarlo. Y eso es lo que, en suma, hace el periodista a lo largo de las páginas de No digas nada: contar, mostrar, interpretar los hechos, pero nunca juzgar ni dar su opinión. De este modo, conociendo las entrañas biográficas de las dos partes, el libro prepara al lector para formarse su criterio propio sobre el problema, The Troubles, de Irlanda del Norte, y para plantearse cuestiones éticas que permitan una reflexión que apague cualquier frivolidad, el mero ruido, ante un conflicto tan polémico y doloroso como el que se narra en esta obra. Porque este no es solo el relato de un enfrentamiento histórico o el de un crimen, sino la historia de la propia condición humana. ¿Por qué cambian tan drásticamente algunas personas? ¿Envejecen también los ideales? ¿Qué le mueve a un individuo para empuñar un revólver del 45 y depositar una bala en el cráneo de un ser humano?

Los silencios también pesan en el libro. Dice el autor: «Haciendo honor al título, fueron muchas las personas que declinaron a hablar conmigo, o que accedieron y una vez puestos se echaron atrás. Parece extraño que acontecimientos de hace casi medio siglo pudieran provocar tanto temor y tanta angustia». Además de sus otros libros de no ficción —Chatter (2006) y The Snakehead (2009)—, Radden Keefe es periodista en plantilla de una publicación que hunde sus raíces en el mejor periodismo de todos los tiempos: The New Yorker, la revista referente del literary journalism en Estados Unidos.

Y aunque se trate de emplear las herramientas de la literatura de ficción para narrar una historia real, Radden Keefe lleva interiorizada la escuela de la verificación y procura que los datos de su relato no sean erróneos. «Ni los diálogos ni los pormenores son inventados; si en algún momento describo los pensamientos de algún personaje es porque este me lo explicó así a mí, o a otras personas (…) Escribir libros puede ser un empeño solitario, pero yo he tenido la suerte de contar con una serie de personas de talento que me han ayudado en la investigación, unos buscando alguna cosa excepcional, otros abarcando años de trabajo, pero gracias a todos ellos veo este libro más como una colaboración». Toda una humilde lección de periodismo de quien ha escrito una obra colosal.

Hacia el final, uno de los entrevistados se pregunta con hartazgo: «¿No habrá manera de escribir bien la historia alguna vez?». Patrick Radden Keefe supo ver esa necesidad, entendió que hay historias que no caben en una cápsula, que requieren una paciencia granítica, artesana, y que merece la pena que se erijan sobre roca indeleble. Porque el periodismo narrativo no solo es contar bien la historia, sino que esa historia bien contada sirva para relumbrar la verdad. He ahí el auténtico arte.

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