Érase una vez en…

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He visto Érase una vez en… Hollywood dos veces en los últimos tres días. Ya la vi en su momento en el cine, y ahora está en una plataforma de televisión para mi solaz. Es una buena película para vivir el confinamiento. Es una buena película para vivir, en general, como un cuento de Faulkner, donde siempre parece que va a terminar pasando algo muy malo mientras suceden cosas maravillosas y banales en apariencia. Uno cree que sabe lo que va a pasar porque conoce la horrible historia de Polanski y su mujer Sharon Tate y la secta de Charles Manson. Aparecen las chicas, niñas, mansonianas, pero son todas bellísimas. Lo sórdido está espléndidamente decorado en esta película única, una cumbre de Tarantino, como si cada trazo de su carrera hubiera sido un escalón de una irregular (por el itinerario, no por su calidad) escalera. No quisiera que esto pareciese una crítica de cine. Al contrario de lo que pensaba Hemingway (lo decía en Fiesta, creo), yo he leído a críticos de cine que parecían ser excelentes escritores. Yo estaba pensando que Érase una vez… empieza como los cuentos, por el título, porque es un cuento, adulto, para irse a vivir. Para retirarse. Yo podría retirarme del cine (de ver cine) con esta película. Una sola escena, sin diálogos (y los diálogos son esenciales, de esencia: prescinden de todo lo superfluo a una altura estratosférica donde no se oye nada, tan sólo lo esencial; es un diálogo tan trillado en el caletre de Tarantino, que ya sólo queda lo más puro, algo así como la Verdad del diálogo), me succionó sin remedio la primera vez que la vi. Brad Pitt conduce el Cadillac de Leonardo DiCaprio, sentado a su lado y desaparecido durante los siguientes preciosos segundos. Paran en un semáforo. Por delante de ellos cruza un grupo de chicas en fila india, jipis. Van cantando. Brad Pitt las mira despreocupado y de pronto su gesto, su mirada volátil, cambia a través del parabrisas cuando ve que la última de ellas (Margaret Qualley, la hija de Andie McDowell) le mira como para caerse de espaldas (yo, metido de lleno en ese LA setentero, me caí, también debido a mi avanzada edad). Él recupera la apostura (quizá la mayor apostura de un hombre de cincuenta y muchos años que yo haya visto nunca) y le devuelve en plena forma, sin soltar el volante, el gesto de la paz con el que ella le saluda. Esta sonando Mrs. Robinson como si sonara El Mesías. Ella camina detrás de sus compañeras y ya no le mira. Él la sigue mirando mientras se aleja, y en esos ojos y en ese rostro curtido está la vida entera pasando, yéndose y sin embargo volviendo para quedarse para siempre cuando ella, de repente, vuelve la cabeza mientras se escucha: “And here’s to you, Mrs. Robinson/ Jesus loves you more than you will know/ Whoa, whoa, whoa...”. Y luego él mete una marcha en el coche, suelta el freno, sonríe, poderoso, y se marchan. Después de esto yo me metí dentro y ya no puedo salir de ese Hollywood. Quien estuviera ahora en ese Hollywood. Esta película es la salvación de Hollywood. Del viejo Hollywood. Ojalá alguien se diera cuenta. No hay concesiones de época, de esta época, quiero decir. “Paso de esa mierda”, hubiera dicho Rick Dalton, por ejemplo, justo antes de quemar un pitillo y luego enfriarlo con un trago de margarita. Es una hermosa película vital y una hermosa película de confinamiento porque, entre otras razones tan efímeras e inolvidables como el momento de Míster Robinson, al final no pasa lo que tiene que pasar, lo que pasó, lo que pasa en realidad, sino lo que te gustaría que hubiera pasado, que pasara. Tarantino y Pitt y DiCaprio (y la feliz reina Margot) reviven a Sharon Tate y a sus amigos y matan salvajemente, como se hubieran merecido, como quizá en algún momento hubiéramos deseado, a los asesinos desalmados. Tarantino en su relato ligero y profundo y paciente, verdadero y esencial, nos muestra la resurrección y la felicidad veraniega y joven e inmortal que le sigue, donde cantan los grillos, justo después de devolvernos la vieja justicia que quizá nunca existió (en la forma pulp tarantiniana) más allá de su forma de cuento, con la que sueño a veces en estos días terribles tan alejados de mi Hollywood.

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