Publicidadspot_img
-Publicidad-spot_img
Mientras tanto¿Es Barbazul Barbazul si su barba no es azul?

¿Es Barbazul Barbazul si su barba no es azul?

El señor Alpeck va a la ópera   el blog de Andrés Ibáñez

El castillo de Barbazul de Bela Bartók, una de las óperas más bellas del siglo XX, nunca había sido representada en Madrid. Después de ver el estreno de ayer en el Teatro Real, uno puede estar seguro de una cosa: El castillo de Barbazul sigue sin estrenar en Madrid, dado que lo que vimos ayer no era en absoluto una versión escénica de la ópera. He visto óperas en versión de concierto que estaban más escenificadas que el último montaje de Christof Loy, un director de escena del que podemos esperar maravillas tan absolutas como las recientes Capriccio o Arabella, fracasos tan estrepitosos como Evgueni Onegin o este disparate total que vimos ayer en el Real. ¿Está cansado Christof Loy? ¿Está harto de la vida? ¿Odia el teatro? ¿Odia a Bartók? ¿Está en contra de que en el mundo, en general, puedan suceder cosas?


Como la ópera de Bartók dura apenas una hora, el programa fue completado, con gran sensatez e inteligencia, con una representación del ballet El mandarín maravilloso en la primera parte, al que se le añadió el primer movimiento de la Música para cuerda, percusión y celesta para darle un final más luminoso.

Esta reinterpretación del ballet estaba muy bien: Era todo danza teatro, dentro de un estilo coreográfico claramente surgido de la técnica de la contact improvisation. Que el mandarín maravilloso no fuera un mandarín sino un bailarín muy alto y muy guapo vestido de etiqueta, el imponente Gorka Culebras, era algo esperable, aunque «la chica», que es una prostituta (una magnífica Carla Pérez Mora) sí iba vestida con el tradicional atuendo: vestido rojo, medias negras, bolso, zapatos de tacón…

La coreografía, también de Christof Loy, seguía la de la historia original de Melchior Lengyel, otra sorpresa más, ya que estamos más que acostumbrados a ver ballets clásicos radicalmente reinterpretados.

Esta primera parte estaba bien y se veía con gusto, a pesar de que debo confesar (lo hago por puro impulso suicida y porque a estas alturas de la vida ya me da todo igual) que El mandarín maravilloso siempre me ha parecido una obra ruidosa y poco gratificante, fea y desagradable. Es que me hace gracia que esos mismos adjetivos puedan convertirse, en el debido contexto, en un encendido elogio de la obra. Feo, desagradable, ruidoso, poco gratificante – para despertar las conciencias y escandalizar al burgués.

El desastre, para mí, fue el esperado montaje de la ópera El castillo de Barbazul. Hay que aclarar que, como decía más arriba, esta ópera de Bartók, la única que escribió, es una obra maestra. La música tiene una variedad y colorido poco habituales en Bartók, ya que la partitura es en realidad una sucesión de poemas sinfónicos que van ilustrando, con un lenguaje orquestal de inmensa imaginación y brillantez y un lenguaje armónico y melódico que todavía no ha roto del todo con la gran tradición posromántica, lo que se esconde en las distintas puertas del castillo: una cámara de torturas, una sala de armas, un tesoro, un jardín, las vistas del país de Barbazul, un lago de lágrimas…

El primer problema, que el 99,99 % de mis lectores no considerarán un problema en absoluto y sí una tontería por mi parte y una observación indigna de una persona inteligente, sensible y, en fin, con un mínimo de cultura escénica, es que Barbazul no tenía la barba azul.

¿Por qué no?

Desde luego, que Barbazul no tenga la barba azul debe representar una tentación demasiado grande para cualquier director de escena moderno que se precie. Como se supone que Barbazul tiene una barba azul, ya que así es el personaje y precisamente por eso se llama así, pues le ponemos una barba (¡menos mal!) pero blanca.

Que Barbazul no tenga la barba azul me parece un tremendo disparate. Como hacer, por ejemplo, que en la forja de la espada de Sigfrido no haya una espada, hacer que Rigoleto no sea jorobado o que en El caballero de la rosa Octavian no lleve una rosa de plata en la mano.

La ópera solo tiene una escena y solo tiene dos personajes. Tiene lugar en un castillo… pero no hay castillo… El castillo está todo sumido en la oscuridad y en la tristeza… pero no hay oscuridad. Las paredes están húmedas… pero no hay paredes… La trama gira alrededor de las siete puertas, que Judit va abriendo una tras otra. Detrás de cada puerta hay un secreto de Barbazul, pero en este montaje ¡tampoco hay puertas! Judit va pidiendo a su marido las llaves, pero no hay llaves… Y las puertas se abren, y detrás de cada una hay un mundo entero… ¡Dios mío, las cosas que podrían haberse hecho si el director de escena y el escenógrafo hubieran decidido regalarnos con una versión escenificada de la ópera! ¡Cada una de estas puertas, tan maravillosamente ilustradas por la orquesta, podría haber sido toda una experiencia! Al abrir las cinco primeras puertas, el castillo se llena de luz, pero como no hay llaves, ni puertas, ni se abre nada, es evidente que tampoco hay luz… Al final, lógicamente, en la última puerta aparecen las esposas anteriores de Barbazul, a las que fatalmente se une Judit… pero tampoco se une, tampoco desaparece devorada por la última puerta, porque no hay puerta, porque ni siquiera se nos regala, como mera concesión, esta última puerta infinitamente oscura… Y la oscuridad nunca regresa al castillo porque no hay oscuridad.

En resumen, el montaje fue maravilloso en todos sus aspectos musicales: brillantes la Orquesta Titular del TR, su director Gustavo Gimeno, los protagonistas, el bajo Christof Fischesser y la mezzo Evelyn Herlitzius, pero un desastre total como espectáculo teatral.

Algo raro sucede cuando lo que pasa en un escenario es lo que menos importa de una representación.

Tienes un escenario, tienes un teatro maravilloso dotado de unos medios técnicos de primera clase, ¿por qué no usarlos?

En el escenario tiene que suceder algo.

Sí, tiene que suceder algo que se vea con los ojos.

Qué extraño, despreciar el órgano de la vista en el teatro. Recuerdo ese libro, aparecido unos años atrás, donde alguien muy, muy mal de la cabeza, afirmaba que el sentido de la vista era, de forma inherente, fascista, y que si fuéramos todos ciegos nunca habría existido el fascismo.

La verdad es que si todos fuéramos ciegos, sordos, mudos, estuviéramos muertos o no hubiéramos nacido nunca, no habría ni fascismo, ni estalinismo, ni dictaduras, ni guerras, ni tortura, ni hambre, ni gripe, ni astigmatismo, ni impuestos, ni pie de atleta, ni tráfico de influencias, ni productos caducados, ni coles de Bruselas, ni nada de nada.

Hemos dicho que en el escenario no había nada y no pasaba nada, pero eso no es del todo cierto. Sí, pasaban algunas cosas. Vamos a dar algunos ejemplos:

Había, por ejemplo, dos taburetes plegables de camping en los que los dos personajes se sentaban a veces o que, cuando se enfadaban, arrojaban al fondo del escenario. Luego tenían que ir allí a buscarlos.

Había también una aleta de buceo de color naranja. ¿Qué pintaba una aleta de buceo en El mandarín maravilloso o en El castillo de Barbazul? Nada en absoluto. Se trata de crear un mundo no referencial, asimbólico, asemántico.

Es cierto que aunque los personajes se pasaban todo el rato hablando de unas llaves y unas puertas que no existían, no por eso estaban inactivos. Gran parte de la ópera se la pasaban, de hecho, tumbados en el suelo.

¿Cuál, señor, cuál, puede ser la razón de poner a dos maravillosos cantantes de ópera tumbados en el suelo en mitad del escenario? En un momento determinado, Judit estaba tendida boca abajo y cantando boca abajo. ¿Por qué? ¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué existen en el mundo directores de escena que se empeñan en poner a los cantantes cantando de espaldas, cantando tumbados en el suelo, cantando tumbados boca abajo o haciéndoles que giren y giren en el suelo? Una soprano no es una bailarina, no tiene un dominio del lenguaje corporal como para que al pasarse una hora tirada en el suelo girando sobre sí misma logre hacer otra cosa que mostrar a todos su ropa interior y hacernos pensar que ya hemos visto sus muslos lo suficiente y que desearíamos ver, quizá, otras cosas tales como puertas, llaves, luz, paredes húmedas, cadenas ensangrentadas, etc. etc.

Pero ¿por qué están tumbados en el suelo Barbazul y Judit?

La respuesta, la maravillosa respuesta, debe de ser la siguiente: por ninguna razón.

No significa nada, porque lo que se ha propuesto Christof Loy en este montaje es, simplemente, que nada signifique nada. Como la anaranjada aleta de buceo.
Hacia el final de la ópera, Barbazul se quita, algo trabajosamente, los calcetines, y se queda descalzo.

Qué desastre.

¡Si por lo menos Barbazul hubiera tenido la barba azul!

Más del autor

-publicidad-spot_img