Es el «Brexit», querido Watson

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Estando en el año 2008 en Londres por unas semanas, pensé que sería buena idea una visita a Baker Street, por conocer el santuario holmesiano, pipa de la que todos (o casi todos) los lectores de género hemos fumado gozosamente (otro día hablaremos de lo que Conan Doyle le debe a E. A. Poe, y lo que el género negro debe al primero). Miré en la página web.

 

Los británicos se han ido, y nadie sabe cómo ha sido. Bueno, sí se sabe; han culminado toda una fatal cadena de desatinos. Como viene a decir el narrador de Viaje al fin de la noche (ese Estebanillo González contemporáneo, pícaro, viajero, y relator de la noche moral de la raza humana), en nuestra época más se pagan las meteduras de pata que los crímenes. De momento, varios políticos ingleses han perdido ya la corbata, y a muchos nos les queda más que desear que en “el continente” todo vaya muy mal para poder justificar su vehemente (e incontinente, nunca mejor dicho) leave.

 

Gruesas y grises brumas se apostan sobre el Canal de la Mancha.

 

A mí el resultado del referéndum sobre el irse o quedarse en la Unión Europea me impresionó, pero no porque no me lo esperara (he pasado en los últimos años suficiente tiempo en las islas como para hacerme una impresión suficiente sobre el tema) sino porque este tipo de rupturas, aun esperadas, impresionan. Además, yo ya había sufrido, hace unos años, mi pequeño “Brexit”, el cual, como quiera que tiene como asunto principal el museo Sherlock Holmes, traigo ahora a colación, queridos iniciados e iniciadas en el crimen, en nuestro blog.

 

Estando en el año 2008 en Londres por unas semanas, pensé que sería buena idea una visita a Baker Street, por conocer el santuario holmesiano, pipa de la que todos (o casi todos) los lectores de género hemos fumado gozosamente (otro día hablaremos de lo que Conan Doyle le debe a E. A. Poe, y lo que el género negro debe al primero). Miré en la página web del museo y encontré la información de horarios y precios que buscaba. También hallé que en la página existían, si no recuerdo mal, versiones en italiano, japonés, francés y alemán, y no en español, así que, espoleado por mi único patriotismo visible (risible, como otros patriotismos, pero menos funesto), el del idioma, escribí un correo al museo (que por cierto solicitaba opiniones y sugerencias de los visitantes), que reproduzco traducido:

 

“Hola. Soy un madrileño, lector de las aventuras de Sherlock Holmes desde la adolescencia, que se dispone a visitar su excelente museo. Sólo un comentario: ¿Cómo es que no hay una versión en su completa e interesante página del museo en español?

 

Por favor no olviden mi sugerencia: «¡Creo que es razonable, querido Watson!» Gracias.”

 

 

Apréciese en el texto anterior lo donosa, oportuna y adecuada que es y lo bien traída que está la incorporación del propio Holmes apoyando mi “razonable” petición


 

Debo decir que contestaron pronto, escueta, cercana y esperanzadoramente: “Helo [sic] – we wil make this a priority! If I can assist further, please let me know.” O sea, que (buen rollo) ¡mi propuesta sería tenida pronto en cuenta!, y que si había cualquier otro en que me pudieran atender, que no dejara de escribir.

 

Durante un tiempo anduve atento a mi travesura lingüística, y entraba de vez en cuando en la página del museo de Baker Street; esperaba que cualquier día apareciera la versión en español, con su banderita al lado, como todas las demás, ni más ni menos… pero pasaron los meses y allí no había cambio alguno.

 

Así que me olvidé del tema. Sin embargo, un buen día me dio por  pinchar en la dirección del museo holmesiano, y entonces comprobé de qué británica manera (práctica, displicente, onanista, lingüísticamente hablando), se había resuelto una de sus “prioridades”: había eliminado todas las versiones en otros idiomas, y habían dejado sólo el inglés.

 

Y entonces, por entre el humo espeso de la pipa de Sherlock Holmes, me pareció oír su risa y la de su concubino Watson; risa, of course, práctica y displicente, como si acabaran de rechazar un caso encargado por un cliente del que no se fían y con pocas libras en los bolsillos. 

 ÓSCAR URRA RÍOS. Doctor en Filología y profesor. Ha publicado los manuales Cómo escribir una novela negra (Fragua, 2013), y Literatura Universal (McGraw Hill, 2009), así como diversos artículos y reseñas sobre temas literarios. Como autor de ficción, durante la última década ha sacado a la luz tres novelas negras (A timba abierta, Impar y Rojo -las dos traducidas al alemán por Unionsverlag- y Bacarrá), y otra un tanto oscura (Yo, zombi), todas en la editorial Salto de Página, así como algunos cuentos de género negro. Vive en el centro de Madrid, que es decir el centro del Universo.