¿Es la vida el valor supremo?

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Por aquí aparece el más recurrente alegato de apariencia moral en boca de ese sujeto que no quiere complicaciones y se queda en mero espectador del mal. Sostiene ahora Juan Aranzadi que a la vida humana hay que atribuirle “el valor supremo” (I, 16). En otras palabras, que es preciso predicar “la valoración incondicional de la vida por encima de cualquier otro posible valor  -la libertad, la igualdad, la patria, la democracia, etc.-  al que aquélla pudiera subordinarse o sacrificarse” (I, 663).

 

1. Habrá que salir al paso cuanto antes: la vida humana no es un valor, sino un bien y, como tal bien, el soporte y condición de todo valor; en este caso, de los valores políticos y morales. Esa vida se vuelve valiosa por ser no sólo vida, sino específicamente humana; es decir, digna, libre, comunitaria, etc. Luego son la libertad o la justicia o la amistad las que dotan de valor a la vida humana; no es la vida sin atributos lo valioso, sino lo que hacemos con ella, los contenidos con que la llenamos, los espacios de humanidad que con ella abrimos. Poner la vida por encima de los valores es considerarla valiosa en tanto que pura vida biológica: sin haber conquistado su humanidad, sin haber desarrollado sus virtudes y excelencias. No es simplemente la vida lo propio del hombre, según explicó Aristóteles, sino una cierta vida que se resume en el vivir bien y que sólo la polis hace posible (Etica nicomaquea I, 7-8).

 

Admitamos en consecuencia que la vida humana cuenta con un valor potencial que  se hará más o menos actual en la medida en que incorpore aquellos valores.  Vivir como humanos significa inventar, aceptar o cuestionar valores (o contravalores), vivir conforme a (o contra) ellos. Y algunos de tales valores serán lo suficientemente elevados como para que la vida de un hombre -desde luego, la de uno mismo; bajo ciertas condiciones, la de otros-  pueda exponerse a su sacrificio con el fin de no perderlos,  recuperarlos o aumentarlos. La supervivencia será un fin de todos, desde luego, pero no un deber.

 

2. La vida humana constituye el requisito insalvable para que en el mundo haya valores. Siendo el hombre, como excepción frente a los seres necesarios, el único ser libre o dotado de posibilidades, sólo la vida humana puede humanizarse y volverse propiamente humana. De ahí que esta vida represente el valor básico más que el supremo.

 

Este dogma del valor supremo de la vida, sin matiz ni reserva algunos, encarna  más bien paradójicamente la expresión suprema del nihilismo contemporáneo: nada vale. Pues si la vida humana fuera el valor por excelencia, entonces no habría propiamente valores: en ese caso nuestra vida sería compatible con cualesquiera valores, con cada uno y su contrario, a condición de que sirvieran para asegurar la mera existencia. Ya no importarían los valores, sino tan sólo la vida; no habría lugar al juzgar y preferir, sino al mero ser, al sobrevivir. Así es como la máxima aspiración moral de los seres humanos pasa a ser el mínimo común denominador de los seres vivos; se canjea la moral por la biología y, para colmo, se declara que la fidelidad a esa llamada biológica es el  comportamiento más digno de los sujetos morales. Es la reducción de la vida a la nuda vida.

 

La vida por sí misma o al servicio de ideales más altos que la vida, he ahí el dilema que encaramos. Para algunos, como Cioran, adoptar una u otra de tales alternativas es la señal distintiva de las épocas históricas: “Una civilización comienza a decaer a partir del momento en que la Vida se convierte en su única obsesión. Las épocas de apogeo cultivan los valores por sí mismos: la vida no es más que el medio de realizarlos…”. A juicio de H. Arendt, de lo que aquí se decida depende nada menos que la pervivencia misma de la ética. Y es que toda ética presupone que la vida no  es el sumo bien para los hombres y que en la vida está siempre en juego algo más que el mantenimiento y la reproducción de los seres vivos. Eso puesto en juego puede ser desde la grandeza y la fama o la salud de la ciudad, hasta la salvación del alma, la libertad o la justicia. En cuanto esas metas  -expresiones de virtudes y valores-  se subordinaran a la mera continuidad de uno mismo, del mundo o de la especie, «esto no significaría sino que toda ética o moral dejaría simplemente de existir…”.

 

Pero no deben hacernos pensar menos las advertencias de que esa seguridad en la supremacía del valor de la vida desemboca en los peores males. Creíamos que la vida es el bien más alto y la muerte el máximo horror, escribe la última pensadora,  pero “hemos sido testigos y víctimas de horrores peores que la muerte sin poder descubrir ideal más elevado que la vida (…ni) ser capaces de jugarnos la vida por una causa». Tan trágica premonición la retoma asimismo Kertesz, para quien la vida humana civilizada se hundiría como se llegase a establecer la creencia de que su nuda vida vale mucho más que cualquier valor profesado hasta entonces. «Cuando esto se descubre (…), ya no podemos hablar, en rigor, de cultura por cuanto todos los valores se han venido abajo frente a la supervivencia”. Esta supervivencia, sin embargo, no es valiosa cuando es nihilista; o sea, cuando «no es otra cosa que la apología de la existencia a cualquier precio (…), un vegetar masivo que conduce al envilecimiento general”. Todo lo cual no es más que la mera deriva lógica de la lección que muchos extraen de la lucha por la supervivencia, a saber, que nuestra primera obligación consiste en aceptar la vida sin ninguna reserva.  Pues eso entrañará forzosamente aceptarla en todas sus formas, incluídas las que son inadmisibles.

 

Tal vez así se entienda que lo más pernicioso del terrorismo, por referirnos a un protagonista bien conocido entre nosotros,   no estriba en despreciar las vidas humanas. Su maldad principal estriba en que -por el veneno y el miedo que inocula- pervierte de raíz nuestras intuiciones prácticas, pone cabeza abajo la escala de valores y mancilla lo que hace valiosa nuestra vida individual y colectiva. Bajo la amenaza del terror, ya nada vale más que la mera vida.

Mayorcito, de 1945. Por origen local y afición personal, confieso que me sería aplicable aquel absurdo de pertenecer al “pensamiento navarro”. Imparto clases de Filosofía Política y Teoría de la Democracia en la Facultad de Filosofía de San Sebastián (Universidad del País Vasco). Me han publicado varias recopilaciones de artículos de prensa sobre cuestiones civiles actuales, muy en particular sobre el nacionalismo vasco de nuestros pecados. Entre mis ensayos éticos estoy prudentemente satisfecho de La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha, La tolerancia como barbarie (En M. Cruz, comp., Tolerancia o barbarie) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral. En materia de filosofía política creo que son útiles manuales universitarios como Teoría política: poder, moral, democracia; El saber del ciudadano; Las nociones capitales de la democracia, obras colectivas de cuya edición he sido responsable. Soy colaborador habitual, desde el año l986, en las páginas de "Opinión" de El País y, más tarde, de El Correo y Diario de Navarra. Venido de movimientos ciudadanos como ¡Basta ya!, me afilié al partido Unión, Progreso y Democracia desde su nacimiento. Y no hay mucho más que contar.