Esa falsa tolerancia (1)

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Tolerancia es la virtud -central en una sociedad pluralista-  por la que nos abstenemos de impedir u obstaculizar la creencia, práctica o conducta que nos resultan objetables. Tenemos razones contra lo tolerado y alguna capacidad de no tolerarlo, pero contamos también con otras razones de índole superior (epistémicas, políticas, y finalmente morales) que nos obligan a aceptar el derecho del otro a vivir según esa creencia o a expresar una conducta u opinión que íntimamente  rechazamos. Pero no hay tolerancia sin límites y no cabe tolerar al intolerante, es decir, a quien niega el respeto que todos nos debemos. Sin reciprocidad en la tolerancia, no hay pluralismo posible. Sería un resultado obvio de  aplicar a nuestro objeto el principio de no-contradicción, como concluía Bobbio: “la tolerancia debe ser extendida a todos, excepto a aquellos que niegan el principio de tolerancia o, más brevemente, todos deben ser tolerantes excepto con los intolerantes”.

 

Adversarias de la tolerancia son, pues, tanto la fanática intolerancia como una tolerancia insensata por indiscriminada. Si la primera es la propia del perpetrador del crimen o del abuso que causa víctimas, la segunda caracteriza más bien al espectador que no toma partido. Una y otra se basan en malas razones, pero mientras aquella intolerancia las aduce para imponer prohibiciones, a la tolerancia que ahora cuestionamos le sirven para ampliar el espacio de lo permitido. No puede haber enemigo mayor de una tolerancia verdadera que la incapacidad de discernir entre esa verdadera y otra falsa; o sea, entre lo que debe tolerarse y lo que no. Y en esta confusión chapotean hoy demasiados espectadores que consienten iniquidades más o menos cotidianas… por (supuesta) tolerancia.

 

A decir verdad, tanto se pervierte la tolerancia cuando proviene de un defecto de convicciones propias como de defectuosas razones para tolerar. No hay siquiera lugar a tolerar  conductas u opiniones ajenas en el caso de que no nos disgusten  ni, por tanto, nos despierten una tendencia a reprobarlas. O sea, cuando apenas plantearan algún desafío a nuestras creencias, sencillamente porque éstas no fueran lo bastante firmes y estuviéramos dispuestos a renunciar a ellas al menor embate que las pusiera a prueba.  En puridad tampoco habría tolerancia si las razones en que se basa el rechazo espontáneo no pasaran de simples prejuicios sin el menor sustento razonable; o sea, cuando en rigor no hay nada que tolerar. Ni la habría allí donde nos desentendiéramos del valor de las opiniones contrarias o de las consecuencias para la vida común de esa conducta que más o menos repudiamos. Viniendo a las razones para tolerar, también en esta dimensión puede suscitarse una falsa tolerancia. La razón epistémica chocaría con la convicción de que, fuera de la  ciencia, no hay verdad y por ello todo es tolerable. El ideal político democrático, rebajado a un mero ejercicio y recuento del sufragio, podría degradarse hasta acoger incluso a quienes traman subvertirlo. Y, desde un punto de vista moral, para este tolerante sin principios el afectado respeto del otro y de su autonomía se confunde a menudo con el puro desinterés hacia el prójimo.

 

A falta de sólidos apoyos resulta entonces probable que la tolerancia se diluya en cálculos o argucias prudenciales, y de una prudencia tan roma que sería indiscernible de la pura torpeza o de la cobardía. So capa de tolerancia puede esconderse no menos una especie de contrato de mutua conveniencia: tolero lo que tú haces o dices a fin de que toleres lo que a mí se me ocurra decir o hacer. En cualquiera de estos supuestos  la tolerancia habría cedido su puesto a una mayor o menor indiferencia. Si la verdadera tolerancia  implica un poder contenido en su sujeto, esta otra venida a menos pregona la impotencia moral de quien no es capaz de enjuiciar (y condenar, si preciso fuera) ni, después, de tolerar conforme a alguna justificación defendible. En una sociedad así el ideal de un acuerdo racional progresivo es desplazado por el ideal de tolerancia hacia todos los puntos de vista. Tal vez le sigan llamando tolerancia, aun cuando sea cualquier cosa menos una virtud.

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Aurelio Arteta
Mayorcito, de 1945. Por origen local y afición personal, confieso que me sería aplicable aquel absurdo de pertenecer al “pensamiento navarro”. Imparto clases de Filosofía Política y Teoría de la Democracia en la Facultad de Filosofía de San Sebastián (Universidad del País Vasco). Me han publicado varias recopilaciones de artículos de prensa sobre cuestiones civiles actuales, muy en particular sobre el nacionalismo vasco de nuestros pecados. Entre mis ensayos éticos estoy prudentemente satisfecho de La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha, La tolerancia como barbarie (En M. Cruz, comp., Tolerancia o barbarie) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral. En materia de filosofía política creo que son útiles manuales universitarios como Teoría política: poder, moral, democracia; El saber del ciudadano; Las nociones capitales de la democracia, obras colectivas de cuya edición he sido responsable. Soy colaborador habitual, desde el año l986, en las páginas de "Opinión" de El País y, más tarde, de El Correo y Diario de Navarra. Venido de movimientos ciudadanos como ¡Basta ya!, me afilié al partido Unión, Progreso y Democracia desde su nacimiento. Y no hay mucho más que contar.