Esa tierra de la que también vinieron

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Memoria Uno

Son las seis de la mañana. Me he despertado con el sonido de las olas. He empezado a vestirme y él me ha preguntado “¿A dónde vas?” Le he dicho que al pozo y que si quiere acompañarme. Ha dicho que sí. Le he puesto una camiseta  y unos pantaloncitos que encontré al lado de la cama. Encuentro sus sandalias pero no las mías. Vamos ya, no será la primera vez que camine descalzo hacia el mar. Saliendo de la casa, frente a esa marea que enfila en ondas coronadas de espuma hacia la arena de Tanaka, veo a una señora que se dedica a recolectar algas. En las peñas, un grupo de pescadores encaramados, con sus cordeles. Antes de cerrar la puerta, aguzo el oído por si alguien se ha despertado, pero no: todos duermen.

Me ha pedido llevar el avión de papel que le hice la noche anterior. Así que va delante mío, estrellándolo contra la tierra del camino. Cruzamos delante de la casa de la tía Rosa. “Papá ¿Vamos por un camino que no sea aburrido?” me ha pedido. Bordeo el monte y caminamos hacia las pozas por la ladera empinada, por un pequeño sendero que han dejado marcado las huellas de los veraneantes.

Bajamos hasta el borde de la poza. Se llama “El Aprendiz” porque ahí todos los niños del pueblo aprendieron a nadar (los de antes, los del pueblo poco comunicado con Lima, los de los 60s, 70s, 80s. Ahora los niños vienen de la capital y de tantos otros lugares. Como los míos: desde Nueva York, como los de Fabiola: desde el lado alemán de Suiza). Las abuelas lanzaban a los mocosos desde el borde de las peñas. Los abuelos los sujetaban cuando caían al agua. Entonces les enseñaban a patalear, a observar las olas que venían, a saber cuando el pozo estaba lleno y se podía bucear, a flotar para que la marea no los empujara contra las rocas, a sujetarse de las peñas, a salir del agua.

Mi hijo tiene cuatro años y está jugando con su avión rojo. Le pido que se pare en una piedra para verlo y para que me mire zambullirme (es hábil, le gusta trapar, saltar de una piedra a otra). Él mira todo con su avión de papel rojo. Hace muecas bajo el sombrero. Me observa bucear, dar una vuelta bajo el agua. Siento la energía, la sal, las memorias que convoca el sonido de las olas rompiendo contra las rocas. Mientras salgo del mar le digo: ya nos vamos.

“Papá: ¿Vamos por otro camino no aburrido?”

 

Memoria dos

“Hijos: ¿Vamos a comprar el pan?”

No se compra el pan en Nueva York. No es lo primero que hacemos en la mañana, como en Lima. Ahí no nos importa si sube el precio del pan, si la harina la mezclan con kiwicha, si le reducen el tamaño, si a las ocho se acaba el pan caliente. En Nueva York vamos al supermercado y compramos un pan en bolsa y miramos aburridos la etiqueta con la cantidad de calorías por rodaja.

Allá en Lima mis hijos empiezan a correr por la vereda donde me reunía con Héctor, con César, con Iván, con Javier, con Edmundo. Cruzan los jardines del parque donde jugábamos fútbol, donde me rompí el brazo, donde me corté la mano. Suben y bajan por los bordes y esquinas donde subíamos en las bicicletas con Nicolás, con Carolina, con Diego, con Lucas, con Pablo. Caminan delante del árbol donde jugábamos a las chapadas con Denise, entre los árboles donde al caer la noche se ponían a tomar el Tío Chivo, Claudia y Willy.

Mis hijos han escogido el pan caliente, recién salido del horno. En las bolsas de papel, una para cada uno, está el pan francés de siempre, más esos nuevos manjares con miga de nombres bellísimos, que antes no existían: ciabatta, pan de yema, pan de maíz.

 

¿Recordarán lo que se siente cuando la familia se encuentra, cuando los hermanos viven otra vez bajo el mismo techo, con tus padres que aún siguen vivos, capaces de recordar, de besarte? ¿Recordarán las plantas del patio que los tres Gonzales (pequeños e imberbes) miraban desde sus cuartos? ¿El canto de las palomas cuculí con que despertábamos en Lima? ¿Los abrazos de Navidad a la medianoche, las bengalas, las chispas, las luces en el cielo?

Aprenden viajando, dicen algunos. “Hola, mundo“, dicen ellos. Yo volé por primera vez a los siete años ¿Se acordarán mis hijos? Espero que sí.

Espero que mis hijos se acuerden de esa tierra de la que también vinieron.

 

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Ulises Gonzales
Obtuvo la licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Lima y se le otorgó la Maestría en Literatura Inglesa en Lehman College (Bronx), City University of New York, en donde actualmente posee una cátedra. Está cursando el programa de Doctorado en el Graduate Center CUNY. Ha publicado la novela País de hartos (Estruendomudo, 2010). Sus cuentos han sido publicados en Hermano Cerdo, Revista de Occidente, Luvina, The Barcelona Review, Frontera D y en Renacimiento de Sevilla. Dirigió la revista de historietas Resina "Historietas para mentes cochinas". Ha publicado crítica literaria en Hueso Húmero y artículos en La Opinión de A Coruña y en la revista Buensalvaje. Vive en Nueva York. Dirige la revista de literatura Los Bárbaros. Es uno de los directores de la casa editorial neoyorquina Chatos Inhumanos.

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