Escaleras al cielo

0
299

Esta semana, luego de hacer el mercado, cargando cuatro bolsas, dos en cada mano, maldije la falta de ascensor para llegar a mi apartamento. Lo malo de vivir en edificio sin ascensor es tener que subir las escalas con el mercado tambaleando en las manos. Y entonces, le da a uno por pensar en las escalas, o, mejor, en maldecirlas

 

Esta semana, luego de hacer el mercado, cargando cuatro bolsas, dos en cada mano, maldije la falta de ascensor para llegar a mi apartamento. Lo malo de vivir en edificio sin ascensor es tener que subir las escalas con el mercado tambaleando en las manos. Y entonces, le da a uno por pensar en las escalas, o, mejor, en maldecirlas. O a tratar de mejorarlas. Pero muy rápido cae uno en cuenta de que el único antídoto que tienen las escalas es un buen estado físico, mejores piernas, mejores pulmones, mejor resistencia. Es la única manera de conjurarlas. A menos que el administrador le dé por poner un ascensor para un edificio de cinco pisos. Cosa que nunca va a suceder. Pues, porque por eso los constructores los diseñan de cinco pisos. Para evitar el costo del ascensor y así joder los que tengan apartamento. Es una crueldad. Y lo peor es que hay gente pendeja que compra y arrienda pisos. Como yo.

 

Los cuartos, los quintos pisos, obligado a subir el mercado hasta el cielo del cuarto o quinto piso. Y entonces le da a uno por pensar en las escalas del Metro, tan fastidiosas y agotadoras. Menos mal no hay que subir por allí el mercado. Y ni hablar de las  escalas para subir a la Piedra del Peñol, que son unas verdaderas escaleras al cielo. Y hablando de escaleras al cielo, uno piensa en Led Zepelin y ese maravilloso arpegio de guitarra con el que empieza la canción.

 

Se cuenta que hace unos años, cuando no estaban dentro de nuestra cotidianidad  los centros comerciales, la gente iba los domingos al Éxito de Colombia solo para ponerse a subir y bajar alegremente las escaleras eléctricas. Y saber que ya hasta el barrio San Javier tiene un tramo, para subir mercados por esas lomas interminables y pendientes.

En el bachillerato, pasando por el centro, por el centro de Medellín y pasando por las calles llenas de putas, estaba el letrero de las Residencias Rivoli. Un lugar en un segundo piso, y sus escalas estrechas y misteriosas. Siempre quise subir esas escalas con una chica cogida de mi brazo. Y entonces recuerdo que en los 70´s, mi tío le decía a su novia: vamos a subir escalas. Era el eufemismo para invitar a moteliar, a una residencia en el centro.

 

Y están las frases de superación, hablando de escaleras y escalas. “La fe es dar el primer paso, incluso cuando usted no ve toda la escalera” de Martin Luter King. “La educación no es sólo una escalera de oportunidades, también es una inversión en nuestro futuro”, que no recuerdo quien la dijo, ni sé porque la pongo, ni siquiera sé si esto sea una novedad o una tontería.

 

Están las escalas de la abuelita Mina. Las escalas para ir a la casa de mi amigo Felipe. Las escalas de la casa de Diana, una nena que yo visitaba y que siempre nos comíamos a besos en las escalas de su  casa, antes de que ella se entrara a verle la cara a su mamá.

 

Mi papá decía que la vida era una escalera. Y que había que pasar por cada una de las escalas que el destino le tenía a uno planeadas. Pasar una a una sin saltarse ninguna. Los vivos, los sujetos vivos, los avispados, los tramposos, a veces saltan arriba un escalón y dejar de aprender algo. Luego cogen confianza y saltan de dos en dos hasta que se dan cuenta de que algo les falta o la vida les da un pepinazo y los derrota y devuelve y tienen que regresar hasta el escalón pasado por alto, y pisarlo, aprender, y luego volver a comenzar a subir. Uno no puede saltarse las lecciones de la vida, decía mi papá, quien lo hace, tiene que repetirla. Eso era lo que decía mi papá. Las bobadas del viejo. Pero tenía razón. O no. No sé. Porque hay escalas que uno salta como le dé la gana. Como las escalas musicales, que son mayores, menores, sostenidas y la armonía la forma, la técnica, para saltar por encima de ellas. O las escalas sociales. O los peldaños de la historia, los que los comunistas no querían saltarse.

 

Hay unas escalas que siempre me sedujeron. Las escalas en las casas grandes que dividen el comedor de la sala de estar. Si una casa tiene dos o tres escalas para bajar desde el comedor hasta la sala, es porque la casa es bien grande. Y si es bien grande, es porque tiene segundo y tercer piso, porque tiene balcón, terraza y a lo mejor un jardín con prados verdes y flores amarillas y rojas. Y si la casa tiene dos o tres escalas para bajar del comedor a la sala, entonces tiene cocinera o señora que hace el aseo. Y entonces las bibliotecas están libres de polvo, las ventanas limpias y siempre hay comida preparada y la nevera llana, y el piso está limpio, a lo mejor en piso de madera, porque la madera es más amable para el piso, sobre todo si a los dueños les gusta andar descalzos por la casa, porque caminando descalzos en piso de madera no se enfrían tanto los pies.

 

Entonces viene un recuerdo de mi infancia. Cuando, con mi hermano, íbamos a mercar con mi mamá. Cargar con las bolsas era supremamente molesto. Yo tenía unos doce o trece años. Mi hermano un año mayor que yo. Los tres caminábamos desde el parque hasta nuestra casa, encartados y tambaleándonos cada uno dos o tres bolsas. No había plata para el taxi. Pero era rico pensar en las salchichas que llevábamos. En las galletas dulces, en el bocadillo, el queso, la leche en polvo. Yo pensaba sobre todo en la leche en polvo, porque la mezclaba con azúcar y entonces quedaba leche en polvo azucarada. Una mixtura que me volvía loco de alegría. Y me dejaba la cara toda empolvada de blanco, incluso cuando tenía trece años me volvía nada la cara con leche en polvo. Pero antes de llegar a la casa, a la salida del supermercado, pensando en todo el peso que teníamos que llevar, por lo menos diez cuadras de camino, unos quince o veinte minutos caminando, yo no podía imaginar el momento del descargue de las bolsas, no podía imaginar que ya hubiéramos llegado a la casa y hubiéramos descansado y desalojado las bolsas. Pensar en el recorrido era un martirio. Pero luego del recorrido, con los brazos partidos, y en la cocina de la casa, descargando el mercado, no podía imaginarme de nuevo en el supermercado apenas cogiendo las bolsas y comenzando el camino. Lo mismo sucede con las escalas. Al terminar de subirlas, uno no está seguro de haber estado abajo. Supone uno que lo único real, lo único eterno, y esto ya lo dijeron otros, es el pequeño infinito de cada uno de los segundos que podemos mantener la atención sin estar pensando pendejadas. Y sentir cada escalón. Y sentir cada paso. Cada etapa del destino, ese que decía mi papá. Entonces uno podría sentir las escalas. Y no solo cuando estás abajo o cuando ya llegaste.