Escenas de un matrimonio de cine

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Los Talbot y los cines de Nueva York.

 

En una reciente visita a Nueva York, en las obligadas y siempre gratificantes peregrinaciones a sus librerías,  pude comprobar con placer que en las mesas de novedades se encontraba The New Yorker Theater and other scenes from a life  at the movies (El cine New Yorker y otras escenas de una vida dedicada al cine), un libro del que ya conocía su gestación a través de su autora Toby Talbot (apellido tomado, tal y como establece la sociedad americana, de su marido Daniel Talbot).

       Toby Talbot ha escrito las novelas autobiográficas  A Book About My Mother (Un libro sobre mi madre), Early Disorder (Trastorno  prematuro), The World of the Child (El mundo del niño) y numerosos cuentos infantiles, además de haber traducido obras de José  Ortega y Gasset  y de Jacobo Timerman, entre otros autores.  También  ha ejercido la docencia como profesora de literatura española en Syracuse University, Columbia University y New York University. En la actualidad imparte clases de cine documental en la New School de Nueva York.

       El libro, con prólogo de Martin Scorsese y excelentemente editado por Columbia University Press (New York, 2009), se compone de siete rollos en los que de forma sucesiva la autora narra los primeros pasos hasta conseguir la apertura del The New Yorker Theater; la labor de distribución, con subsecciones dedicadas a los directores Godard, Bertolucci, Tanner,  Oshima, Ozu y Tati, entre otros; la ubicación y características de la sala; la relación con críticos como Manny Farber, Andrew Sarris, Pauline Kael y Vincent Canby; las visitas a los Festivales de Cannes, Berlín y Toronto, lugares de adquisición de las películas que luego habrían de proyectar o/y distribuir, y de inicio de grandes amistades; el cierre y derribo del cine. El séptimo rollo, “aún en curso”, The New Yorker Theater and other scenes …incluye a modo de epílogo muestras de las notas de programas del invierno 60-61 escritos por personajes como Jonas Mekas, Jules Feiffer o Jack Keruac (los programas del New York Theater se pueden encontrar a través de internet en la página facilitada por la autora; una selección de las listas de programación anuales y del libro de contabilidad que llevó Dan Talbot durante trece años con las incidencias de las series que organizaban, la película que las abría, su coste de alquiler y los ingresos diarios brutos; una selección de páginas del libro de sugerencias en el que los espectadores escribían las películas que desearían ver (Susan Sontag, solicitaba La reina  Cristina de Suecia, Cero en conducta y Alemania año cero). Además, lleva incorporadas reproducciones de carteles, críticas y artículos, así como numerosas fotografías  de los cines que regentaron y de Toby y Dan Talbot con directores de cine.

 

Sesión continua

El escritor japonés Kimitake Hiraoka, más conocido como Yukio Mishima (Paul Schrader realizó una película  sobre él en 1985), al ver que el emperador estaba perdiendo el poder y que el ancestral código del honor, tan afín al escritor, no podía ser restaurado, decidió suicidarse.  Sin que la personalidad de uno y otra tenga nada que ver, tan dispar ideológica y humanamente, al leer este libro no pude evitar relacionar la figura de Mishima con la de Toby Talbot. La excéntrica relación (lo admito) que he establecido en mi cabeza entre uno y otra, parte de su antagónica reacción ante el cambio de costumbres en su sociedad.  Es fácil imaginar que Toby Talbot,  teniendo en cuenta el oscuro panorama que se cierne sobre la industria cinematográfica de nuestros días, se resienta de las diferencias estéticas –y sobre todo éticas- que invaden el mundo del cine. Sin embargo, en The New Yorker Theater and other scenes,  Toby Talbot no se hace el seppuku como el novelista japonés. Ni apenas deja entrever la nostalgia que debió sentir al tener que resumir en 200 páginas el relato de un hito histórico en la vida del cine independiente de autor y en la suya propia.  Muy por el contrario, a pesar de que ésta es una historia cerrada cuyo actor principal, el cine New Yorker,  ya ha muerto, Toby Talbot logra infundirnos a través de las páginas del libro su entusiasmo por el cine con una buena dosis de  humor e ironía, a la vez que logra resucitar el ambiente cultural, político y social neoyorquino de décadas tan activas como las de los  60 y 70 a través de un amplio anecdotario de primera mano.

 

 

       Ahí están unos jovencísimos espectadores habituales asignándose su propio asiento y que con el tiempo llegarían a ser mundialmente famosos. Como el crítico Jim Hoberman o la escritora Susan Sontag, “la única persona que consiguió en toda la historia del New Yorker tener una pase gratuito”. O los fotógrafos Richard Avedon y Diane Arbus. Arbus dejaría un poso amargo en el recuerdo de los Talbot cuando, con el fin de poder lograr que Mae West le concediera una sesión fotográfica para la revista Show, recurrió a Dan Talbot. Dan accedió a hacer de intermediario aunque con reticencias,  conocedor como era del carácter de la por entonces anciana de ochenta y cinco años Mae West, así como de la afición por lo grotesco de la fotógrafa. Sus temores se cumplieron ya que Arbus realizó unas imágenes despiadadas de la antigua reina del sexo mostrándola en toda su decrepitud de manera grotesca. Cuando Mae West vio las fotografías publicadas montó en cólera y arremetió contra Dan Talbot por  haber actuado de mediador para semejante atropello. Las cosas volverían pronto a su cauce y, en los años que le quedaron de vida, West continuó su relación con Dan.  O un adolescente Bodganovich que ofrece con osadía sus servicios “no de acomodador o portero sino de asesor”. O la presencia en la sala de un hombre desaliñado y con el rostro mal afeitado que  asiste a la reposición de Río Rojo y resulta ser el otrora paradigma de la perfección,  Montgomery Cliff. Peter Bodganovich, en su libro Las estrellas de Hollywood (Editorial T&B, Madrid, 2006) y en la sección dedicada a Cliff, dedica varios párrafos a otra anécdota protagonizada por ambos en el New Yorker Theater y que me parece apropiado transcribir:

 

       Un Rolls Royce Silver Cloud se detuvo frente al cine New Yorker una tarde sobre las cuatro, y de él salió una mujer alta y majestuosa, seguida de un hombrecillo frágil y delgado al que inmediatamente reconocí como Montgomery Clift. Ambos estaban como en una especie de trance (la mujer, según nos enteramos más tarde, era la esposa de Walter Huston), y entraron en la sala, donde estábamos proyectando un par de películas de Hitchcock. Una de ellas era Yo confieso (1953), protagonizada por Clift, y creo que esa era la razón por la que habían venido nada menos que hasta el cruce de la calle 89 con Broadway aquel gris día de primavera de 1961. Yo llevaba trabajando allí desde hacía un año aproximadamente. Empecé poco después de que Dan Talbot comprase la sala, le pusiera otro nombre y cambiase su política de proyección. Bajo la dirección de Talbot, se convirtió en la sala más importante en la ciudad de Nueva York, y se situó entre las primeras en todo Estados Unidos, que reponía regularmente buen cine estadounidense. Yo tenía solo veintiún años por aquel entonces, y había dirigido una obra de teatro, y lo que no sabíamos, mientras Clift y la señora Huston entraban para ver Yo confieso, era que Monty Clift había llegado casi al límite. Nuestra proyección de Yo confieso tuvo lugar ocho años después de que Clift hubiera actuado en ella. La película estaba en la pantalla y yo estaba viéndola de pie en la parte de atrás de la sala. Hacia la mitad de la misma, vi a Clift levantarse, salir al pasillo y tambalearse, andando un poco en zigzag. Se fue hasta la parte de atrás, encendió un cigarrillo y volvió a mirar la pantalla. Me acerqué y le dije que trabajaba allí. Estuvo educado. Le dije que la película me gustaba y le pregunté si a él también. La enorme imagen que aparecía entonces en la pantalla, de su belleza anterior al accidente, debía haberle dado la impresión de estar burlándose de él. Se volvió y me miró con tristeza. «Es… duro, sabes». Lo dijo lentamente, dudando, arrastrando un poco las palabras. «Es muy… duro», dijo. Yo asentí. Volvió a mirar hacia la pantalla.

 

 

       Allí cerca había un «libro de sugerencias» que Talbot había puesto para sus clientes. Era como un gran libro de contabilidad, a rayas, en el que se animaba al público a escribir (además de su firma y una pequeña sinopsis) las películas que les gustaría ver. Yo le hablé a Clift de aquel libro y le dije que quería enseñarle algo. Él me siguió hasta allí, dando caladas a su cigarrillo, con la mente en otra parte. Pasé rápidamente las páginas del libro y encontré aquella en la que me había fijado un par de días antes, en la que alguien había garabateado en grandes caracteres rojos: ¡CUALQUIERA DE MONTGOMERY CLIFT!. El actor se quedó mirando la página durante bastante rato. «Eso está muy…bien», dijo, y siguió mirándolo. «Está muy…bien», volvió a decir, y me di cuenta de que estaba llorando. Me rodeó, tembloroso, con su brazo y me dio las gracias por enseñarle aquello. Entonces se dio la vuelta y volvió por el pasillo hasta su asiento.Cuando terminó la película, él y la señora Huston salieron de la sala. Yo estaba fuera. Él me saludó suavemente con la mano y volvieron a su Rolls Royce, que se alejó de allí. Solo hizo dos películas más antes de morir cinco años después a la edad de cuarenta y seis años; un poeta perdido de Omaha, Nebraska, el actor más romántico y conmovedor de su generación.

 

Los Talbot, un programa doble

En un momento en el que la industria cinematográfica  parece sólo interesada en producir películas de grandes presupuestos que, a los beneficios de taquilla, suman otros mercantilismos que nada tienen que ver con la esencia del cine, resulta todavía más encomiable la labor que Dan y Toby Talbot  ejercieron desde las salas de proyección y la distribuidora de New Yorker Films. Durante cerca de medio siglo fueron los pioneros de un postmodernismo que mostraron a miles de espectadores, descubriéndoles a docenas de cineastas que, de no haber sido por su respaldo, habrían tenido grandes dificultades para que sus obras se pudieran exhibir en América.

       El  10 de diciembre de 2004 Daniel Talbot recibía el premio honorífico Gotham a toda su carrera en la industria del cine. Y es que hablar de Dan Talbot, de“los Talbot”, es hablar de la historia del cine de vanguardia en Nueva York. Durante medio siglo, él y Toby consagraron sus vidas a la formación de cinéfilos, e incluso cineastas, entregados sin reservas  a los actos sacramentales de las proyecciones cinematográficas organizadas por el matrimonio en sus consecutivas catedrales del cine. Su dedicación a la proyección y distribución de cine independiente (en el doble sentido de “lo que no depende de otros y proporciona independencia de criterio”) no les hizo olvidar su compromiso político, creándose con ello más de un adversario. El más célebre, Richard Nixon, en cuya lista de enemigos se encontraba el nombre de Daniel Talbot por haber proyectado en su sala de cine Millhouse: A White Comedy de Emile de Antonio, una ácida sátira sobre el presidente.

       Para quienes no conocen la trayectoria de los Talbot resumiré que en 1960, con esfuerzo sólo comparable a su entusiasmo,  reabren al público un teatro situado entre las calles 88 y 89 del oeste de Manhattan, construido en 1933 con el nombre de Adelphy y que  posteriormente pasaría a llamarse The Yorktown, y que ellos rebautizan como The New Yorker Theater. Semejante cometido lo emprenden con la ayuda familiar de los padres de Toby quienes respaldan la iniciativa  colaborando ellos mismos como acomodador y vendedora de golosinas respectivamente. Ante la incapacidad para obtener ciertas películas, bien por problemas de distribución o por su carga política, deciden importarlas y para ello en 1964 fundan New Yorker Films.   En 1973 cierran el cine para dedicarse por entero a la distribución creando a partir de entonces un catalogo de películas consideradas imprescindibles en la historia del cine moderno (al cierre de la empresa, Columbia University Press compraría todo el archivo  de los Talbot). 

 

 

       Pero la nostalgia de tiempos pasados hace que decidan acabar con la orfandad de los cinéfilos a quien habían abandonado a su propia suerte y se embarcan en la apertura de otro cine.  Para ello se trasladan a la calle 66 y Broadway (donde ahora se encuentra  una de las librerías Barnes&Noble), un lugar que ya había alojado previamente al Arcade Theater. Décadas después, dicho teatro, inaugurado en 1919 y superviviente de la II Guerra Mundial, quedó destruido por un incendio que, posteriormente, se reconstruiría bajo el nombre de Studio 65 (la autora nos informa de que en el Nueva York de  1934, en Broadway, y sólo entre las calles 59 a la 110, existían ocho cines  en funcionamiento, una proporción por metro cuadrado inimaginable en estos tiempos en los que las salas de cine se encuentran en periodo de extinción). El cine Studio, con una única sala de 600 asientos, en los últimos años había dirigido su programación a un público hispano. Cuando los Talbot se hacen cargo de él, le cambian el nombre por Cinema Studio y dividen la sala en dos.

       En la película  Annie Hall,  Allen y Diane Keaton se encuentran haciendo cola en la entrada de un cine para ver la película de Marcel Ophüls,  Le chagrín et la pitié.  Un hombre que está delante de Allen hace un comentario  pedante en el que alude al teórico de la comunicación, Marshall McLuhan. Allen se dirige al propio McLuhan que se encuentra unos pasos detrás para que manifieste su opinión real  y éste se enzarza en una discusión con el petulante espectador, acusándole de no tener ni idea de su trabajo. Allen, triunfante, se dirige a la cámara y dice: “Ojalá en la vida se pudiera hacer esto”. Pues bien, el vestíbulo de ese cine era el  del Cinema Studio.

       Al principio, Dan tuvo alguna dificultad para seguir las pautas de programación de New Yorker puesto que los distribuidores que trabajaban con la gerencia anterior no estaban habituados a trabajar con el cine extranjero e independiente (o “difícil”, como lo denominaba Dan jocosamente). Su doble labor como exhibidor y distribuidor le permitió proyectar sus propias películas hasta que el éxito de taquilla obtenido por ciertos films hizo que los distribuidores cambiaran su actitud. Por ejemplo, según cuenta la autora del libro,  El matrimonio de María Braun de  Fassbinder se mantuvo en cartel durante un año y El árbol de los zuecos  de Olmi estuvo varios meses. Pero quizás el éxito más sorprendente, dadas las características de duración y contenido, lo obtuvo Shoa de  Claude Lanzmann. Este documental  sobre el holocausto judío  de nueve horas y media de duración no sólo logró una gran asistencia de público sino que, a excepción de Pauline Kael,  fue unánimemente aclamado por la crítica.

       En 1981, a cuatro calles del Cinema Studio, los Talbot construyeron los Lincoln Plaza Cinemas en un edificio de diseño moderno aún para nuestros días que alberga seis salas. Si en el vestíbulo del New Yorker se podía contemplar  un mural dibujado por Feiffer, sobre las paredes del Lincoln  cuelgan unos cuadros pintados por las hijas de los Talbot, Nina y Sarah (uno de ellos representa a la madre de Toby, cerrando de este modo un círculo perfecto de colaboración en la empresa familiar). Los cines Lincoln Plaza continúan en la actualidad siendo un referente para los aficionados al cine gracias a la renovadora programación conseguida  por sus dueños  tras escudriñar en los diferentes festivales cinematográficos a los que siguen asistiendo.  Al no vivir en la ciudad, no creo que ni mi pareja ni yo alcancemos nunca el estatus de tener un asiento asignado en ninguna de sus salas,  pero sí puedo asegurar que, en nuestros habituales viajes a Nueva York, el templo que visitamos con más asiduidad no es San Patricio sino los Lincoln Plaza Cinemas.  En esos cines,  mientras nos tomamos un refresco o un café con el bizcocho de limón más delicioso que he probado (y que la propia Toby se ha encargado de seleccionar para complacer el paladar de sus clientes),  o al ver  a Dan que a veces  saluda desde su oficina, o cuando finalmente nos disponemos a disfrutar de la película rodeados de unos espectadores con un grado de información y entusiasmo que sólo hemos encontrado en Nueva York, volvemos a agradecer a los Talbot hacernos sentir en casa.

 

 

Fundido

New Yorker Films, sin embargo, corrió peor suerte. En 2002, los Talbot  vendieron la distribuidora a Madstone Films que mantuvo al personal y el nombre hasta el 23 de febrero de 2009, fecha en que la nueva compañía New Yorker Films cerró definitivamente, una noticia que conmocionó dentro de los círculos de la industria cinematográfica. Otras pequeñas compañías de distribución norteamericanas (como Film Movement o Kino Lorber, por ejemplo) han seguido trayectorias similares pero sin duda la empresa de los Talbot fue pionera de todas ellas. En la actualidad,  New Yorker Films parece estar a punto de abrir sus puertas de nuevo gracias a la eficiencia del antiguo gerente, José López, que ha logrado que un nuevo dueño se haga cargo de la empresa y se vuelva a contratar a todos los empleados. Abierto queda el interrogante de si la nueva compañía seguirá el mismo modelo que la distribuidora original. Aunque todavía son más perturbadoras  las incógnitas sobre el futuro de ese cine “difícil”, en palabras de Dan Talbot, así como  el de salas de cine similares a la ya histórica del New Yorker Theater, o a las del Lincoln Plaza. Por utilizar términos cinematográficos, desde estas líneas, y en nombre de todos los cinéfilos, brindo porque no haya únicamente flash-backs sino que los cines,  esas catedrales del fiel espectador,  sigan con su misión artística sin prisas, a cámara lenta, como en un suave fundido encadenado.

 


Autor: Maribel Cruzado