Escribir historias es como hacer el amor

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Una vez, Harkaitz Cano, un escritor a quien admiro mucho, me dijo que si querías escribir acerca de algo, tenías que hacerlo rápido. Si dejabas pasar demasiado tiempo, las ideas se marchitaban. Estaba en lo cierto: de tanto pensarlas, las ideas se mueren. Me pregunto si no pasará lo mismo también con otras cosas en la vida. Me acordaba de esto mientras leía antes a Plàcid Garcia-Planas en la revista Five. Hablaba de cómo hay historias que a uno se le escurren de las manos. Y de cómo el tiempo modifica todo lo que no hacemos en el momento que toca. El tiempo es óxido. Distancia, olvido. ¿Sirve de algo conservar un bloc con notas de ese reportaje que nunca escribimos? 

 

 

 

“Siempre he creído en la sensualidad del reportero: saber hacer el amor facilita las cosas.

La carne y la palabra tienen esto. Hay cuerpos con los que te acabas acostando y otros que se alejan dejándote a solas con el deseo. Pasa lo mismo con las historias a las que te acercas: unas las acabas escribiendo y otras se te escurren de los brazos.”

Plàcid Garcia-Planas, ‘Ciervos en el mar, Los reportajes que nunca escribiré’

 

 Una vez, Harkaitz Cano, un escritor a quien admiro mucho, me dijo que si querías escribir acerca de algo, tenías que hacerlo rápido. Si dejabas pasar demasiado tiempo, las ideas se marchitaban. Estaba en lo cierto: de tanto pensarlas, las ideas se mueren. Me pregunto si no pasará lo mismo también con otras cosas en la vida. Me acordaba de esto mientras leía antes a Plàcid Garcia-Planas en la revista Five. Hablaba de cómo hay historias que a uno se le escurren de las manos. Y de cómo el tiempo modifica todo lo que no hacemos en el momento que toca. El tiempo es óxido. Distancia, olvido. ¿Sirve de algo conservar un bloc con notas de ese reportaje que nunca escribimos? ¿Es útil guardar todo aquello que apunta a una mera posibilidad? Es lo mismo que conservar en el bolsillo de un viejo abrigo, una nota con una dirección de email, con un teléfono que evoca ese cuerpo que visitaremos siempre desde el subjuntivo. A veces, escribir historias es como hacer el amor. No escribirlas es como no hacerlo. Quedarnos con unas notas o unos datos solamente apunta a que una vez quisimos escribir, quisimos tener, poseer. Quién sabe si un cuerpo o una historia, qué más dará. Las intenciones –incluso las buenas– ya sabemos que solo siguen siendo intenciones.

 

Decía Roger Wolfe que los buenos escritores son aquellos que saben siempre, exactamente, cuándo no deben escribir. Yo añadiría que los escritores buenos de verdad son aquellos que no sólo saben cuándo no deben escribir, sino que saben, sobre todo, acerca de lo que no deben hacerlo. Porque hay cosas –cada uno sabe cuáles– que es mejor no abordar. En Los libros que nunca he escrito (2008), George Steiner hablaba de siete historias que se le habían quedado en el tintero. Los motivos eran varios: porque las intimidades e indiscreciones abundaban y comprometían, porque suponía un esfuerzo intelectual que en ese momento no se veía capaz de abordar, porque el tema acarreaba un sufrimiento excesivo, etc. Pero al final de ese libro que resultó tan polémico –dicen que Steiner se pasó con el sexo– subyacía la teoría de que la producción de un escritor es solo la punta del iceberg. Que bajo el agua se esconden esos otros temas, esas otras historias que han ido quedando atrapadas en blocs de notas, en pequeños rincones de la mente. Hay algo demasiado grande que se pierde con el tiempo.

 

Existen libros oscurecidos por las sombras de los libros sin escribir. Me pareció que Steiner tuvo un arranque de lucidez impresionante al dedicar un libro entero a analizar sus historias fallidas, a esos asuntos a los que él alguna vez quiso dedicar un libro. El título de la entrevista que le dedicaron me encantó: “Yo intento fracasar mejor”. Y quién no, me dije. En esas estamos, George. Después de leer Los libros que nunca he escrito pensé que echaba de menos que alguien hubiera escrito un libro llamado Los amantes que nunca he tenido. Se me ocurrió, no sé por qué, que podría haberlo escrito Marguerite Duras. O su inquilino, Enrique Vila-Matas, en sus años de juventud parisina, cuando vivía de alquiler en la chambre de bonne de la escritora. Ahí hubiera sido un buen momento para preguntarle a Duras. Tal vez Enrique Vila-Matas aún esté a tiempo de escribir ese libro. Sería divertido.

 

Todos dejamos historias no escritas por el camino. Palabras que duermen en cajones, en libretas, direcciones escritas en el reverso de una tarjeta. Un número de teléfono escrito en la servilleta de un restaurante. Palabras, carne, cuerpo, deseos. Porque escribir historias es como hacer el amor. Qué razón tiene Plàcid Garcia-Planas.

 

«Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos -sólo lo sabemos después- antes»

Marguerite Duras