Escribo para mis amigos

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Escribo este post para mis amigos, aquellos a los que conozco, y esos amigos, los lectores, a los que no conozco. Escribo este post para aquellos de mis amigos que siguen el blog y para aquellos que siguen el blog aunque yo no les conozco y no sé su nombre ni he visto jamás su cara y a pesar de todo son mis amigos porque gastan su tiempo en mí, en leer lo que escribo, y eso es en realidad la amistad, emplear el tiempo en alguien, dedicar el precioso tiempo, el raro, escaso, fugaz, volátil tiempo, a una persona, que es lo que hacen los amigos y también lo que hacen los lectores.

 

De modo que Dr. J., Ismael, Antonio, Álvaro, que son los que más veces han firmado sus comentarios de los paseos del Señor Alpeck, aunque también ha habido otros lectores que ahora no recuerdo, o lectores cuyo nombre no ha aparecido en sus comentario, este post está dedicado a vosotros.

 

Por lo general, Montaigne no es uno de mis autores favoritos, pero tiene una frase que me gusta y que siempre recuerdo: «nada hago mejor que ser amigo.»

 

Hubo una época en que yo me identificaba completamente con esa frase, y pensaba que también eso era cierto para mí, y que nada hacía yo mejor que ser amigo. Tengo amigos a los que conozco desde que tenía seis años. A otros los conocí en el Institutuo, a otros en la Universidad, a otros más tarde y a algunos hace sólo unos pocos años. Uno nunca está tan abierto al encanto de la amistad como durante la adolescencia y la juventud, pero uno puede seguir haciendo nuevos amigos durante toda la vida.

 

La verdad es que lamento pocas cosas en la vida, y que si me preguntaran qué cambiaría de mi vida si volviera a nacer, serían pocas cosas, me temo, las que cambiaría. Creo que lo único que me produce verdadera sensación de arrepentimiento y de haber hecho las cosas mal en mi vida es no haber cuidado lo suficiente a ciertos amigos que he ido perdiendo en el camino. Haber dejado, quizá por indolencia, o por otras razones que ahora me parecen necias, que se fueran apartando de mi lado.

 

La amistad requiere dedicación y tiempo, voluntad de ser amigo, voluntad de seguir siendo amigo. La amistad requiere poner frenos a las novias y novios insaciables (los que los tengan) y a los esposos y mujeres febrilmente celosos (los que los padezcan). A todas esas parejas insaciables y celosas hay que decirles: vade retro, Satanás.

 

Hay una época de la vida en que la desilusión crece, la preocupación por la propia carrera se hace obsesiva, uno se hace maniático y egocéntrico. Muchas parejas se rompen y muchas amistades se desvanecen en esta época de la vida. Las parejas se rompen y también rompen viejas amistades. Las nuevas parejas de los viejos amigos a veces no tienen nada que ver con nosotros. Por otra parte, nos volvemos tan intratables que no soportamos a nuestros viejos amigos, que de pronto nos parecen llenos de defectos, manías y estupideces. Seguramente vemos en ellos lo que no sabemos ver en nosotros.

 

Escribo estas palabras no sólo para mis amigos, no sólo para los amigos que siguen este blog y para aquellos que por el hecho de seguirlo son ya mis amigos, aunque no sepa su nombre, sino sobre todo para una de esas amigas que el curso de la vida ha apartado de mí, o que yo he permitido que el curso de la vida arrancara de mi lado. Es una de las mejores amigas que he tenido nunca y hace años que no nos vemos ni hablamos. Mañana va a sufrir una operación grave. Me lo han contado amigos comunes.

 

La he llamado. Le he dejado un mensaje. La he llamado al móvil, se ha cortado la comunicación. No he logrado hablar con ella. Supongo que tendrá miedo, que estará preocupada. Desde luego, lo último que hará esta noche será leer este blog. Pero yo confío en que algo de lo que hay en este blog llegue hasta ella. Y confío en que algún día, quizá, lea este texto, y sepa lo mucho que lamento haberla perdido como amiga. Y que en realidad, porque en el corazón no hay tiempo, ni tampoco espacio, sigo siendo tan amigo suyo como lo fui una vez. Y que esta noche estoy a su lado.

 

 

 

 

 

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.

2 COMENTARIOS

  1. La escritura y la amistad son

    La escritura y la amistad son dos de las cosas grandes que hay en la vida.

     

    Me pregunto por qué hay tantas cosas que acaban con la amistad. Pueden ser las cuestiones ideológicas, los malentendidos, las equivocaciones, el cese del contacto por las razones que sea.

     

    Un general español que estuvo en los Balcanes dijo que solía reunir en torno a una botella de vino a serbios y croatas. Parece ser que el entendimiento y los acuerdos surgían no bien empezaban a beber. Yo creo que la anécdota muestra algo más general: Basta hacer algo juntos, como beber, o comer, o conversar de verdad, escuchando al otro, para que surja la amistad, que en tantas cosas se parece a la propia vida. Las diferencias entre un homo sapiens y otro son en general tan pequeñas que es lógico que esto suceda.

     

    Un abrazo, Andrés.

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