Ese mal no es cosa mía

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Si hemos acertado a sacar a la luz
algunos de los factores principales que fomentan el consentimiento del mal,
probemos ahora a examinar los alegatos que su pasivo espectador acostumbra
esgrimir en su defensa. Ha llegado el momento de reunir un elenco de excusas,
de estrategias retóricas al servicio de quien contempla el daño público a su
lado y lo deja correr sin hacerle frente. La mayor parte de tales coartadas
suenan tan coloquiales como que son las que cualquiera ofreceríamos en caso de
ser acusados de omisiones parecidas. Cuantas argucias vamos a recoger aquí
constituyen otros tantos modos de negación de la culpa del sujeto o, al menos,
parcialmente exculpatorios. No es extraño que todas estas escapatorias
funcionen también como habituales reproches dirigidos por la mayoría de
espectadores sumisos contra el disidente, es decir, contra quien deja de ser
espectador para convertirse en actor comprometido.

Probablemente la primera tentación será decir que el mal no es
producto nuestro y, por tanto, tampoco asunto de uno. Como espectadores
descomprometidos, la primera justificación que adelantamos es la de no ser
responsables de los daños sufridos por otros; que, al contrario, a veces son
estos mismos otros o, por lo general, unos terceros más o menos desalmados
quienes han causado ese dolor o tal injusticia. Es un patrón defensivo «a
lo Poncio Pilatos». La excusa extrae su principal fuerza de ignorar esa
especie de mal que es el mal consentido o ese factor de su producción que es su
consentimiento. Nos sentimos por lo general responsables tan sólo de lo que
hacemos, en modo alguno de lo que dejamos (de) hacer. “Yo no he hecho nada”,
dirá la excusa acostumbrada, cuando con cierta frecuencia precisamente en
eso mismo radica
el mal: en no haber hecho nada para prevenirlo o mitigarlo; por eso y de eso somos responsables. La atmósfera
moral que hoy respiramos nos empuja en tales casos a protestar que lo ocurrido
no es cosa nuestra, que no tenemos por qué dar explicaciones ni nadie es quién
para pedírmelas. El clima civil ha consagrado como básico el derecho a no
deber. En nuestro caso, el derecho del espectador a seguir siéndolo: “ese no es
problema mío” y “a mí no me comprometa”.

 Pero desde el punto
de vista aquí adoptado se nos imputa no tanto hacer un mal como dejar de hacer
algún bien posible; y, por eso mismo, se nos pide suspender nuestra actitud
contemporizadora con el mal e iniciar alguna medida contra el daño que otros
cometen. Suele escucharse entonces una réplica bastante habitual, a saber: ¿por
qué se me pide a mí lo que no se pide a
otros o, al menos, por qué debo hacer yo lo que no hacen otros? No tengo por qué emprender lo que los demás se
niegan a hacer, ni nadie tiene derecho a solicitarme tal iniciativa  hasta que no lo haya pedido antes a
muchos otros. La indiferencia general funciona así de parachoques de cada uno,
como si fuera obligado  consagrar
como ideal lo que hace la mayoría. Mal de muchos no parece sólo consuelo de
tontos, sino sobre todo de pusilánimes.

 Ahora
bien, por más que la falta corresponda a otros, nuestras obligaciones nos
vienen dictadas por contingencias que nosotros mismos no hemos originado. Las
contingencias biográficas e históricas no son de ningún modo moralmente
desdeñables. Una teoría convencional podría dictar que sólo somos responsables de los daños que hemos
contribuído a traer al mundo, pero tal consideración nos aleja de la sociedad y
nos convierte en meros contempladores de lo que pasa. Lo que es más: si no
aceptáramos la presencia del azar en lo que nos constituye, ni siquiera
seríamos sujetos humanos. El camino de la excelencia moral no presupone que
hemos podido escoger las circunstancias de nuestras vidas, ni que las
contingencias que nos meten en el mal carezcan de importancia moral ni, en fin,
que seamos libres de rehusar responsabilidades por estas contingencias. Si
estas casualidades nos disculparan del todo, no habría lugar a la
responsabilidad. Martha Nussbaum ha escrito que “los sucesos que están más allá
del control del agente son de real importancia no sólo para su sentimiento de
felicidad o satisfacción, sino también para comprobar si gestiona vivir una
vida buena (…). Que por ello lo que sucede a la gente por casualidad puede
ser de importancia enorme para la calidad ética de sus vidas” (Love’s Knowledge).

Mayorcito, de 1945. Por origen local y afición personal, confieso que me sería aplicable aquel absurdo de pertenecer al “pensamiento navarro”. Imparto clases de Filosofía Política y Teoría de la Democracia en la Facultad de Filosofía de San Sebastián (Universidad del País Vasco). Me han publicado varias recopilaciones de artículos de prensa sobre cuestiones civiles actuales, muy en particular sobre el nacionalismo vasco de nuestros pecados. Entre mis ensayos éticos estoy prudentemente satisfecho de La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha, La tolerancia como barbarie (En M. Cruz, comp., Tolerancia o barbarie) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral. En materia de filosofía política creo que son útiles manuales universitarios como Teoría política: poder, moral, democracia; El saber del ciudadano; Las nociones capitales de la democracia, obras colectivas de cuya edición he sido responsable. Soy colaborador habitual, desde el año l986, en las páginas de "Opinión" de El País y, más tarde, de El Correo y Diario de Navarra. Venido de movimientos ciudadanos como ¡Basta ya!, me afilié al partido Unión, Progreso y Democracia desde su nacimiento. Y no hay mucho más que contar.