España en Regional. Capítulo vigésimo quinto. Alcázar de San Juan-Jaén

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Jaén acaba abruptamente: una línea de acantilados, recta y sólida, bajo la cual no hay un mar de aguas furiosas sino un océano de tranquilos olivos, olivos viejos y robustos que llevan muchos siglos dando puntualmente su abundante cosecha. Y uno, claro está, tiene que pensar en los versos de los poetas y en las canciones de Paco Ibáñez. Sí, no pasa nada, porque el paisaje y la intimidad del vagón casi vacío invitan a poesía y el recuerdo. Vuelvo para Alcázar y tengo las cámaras preparadas, además del cuaderno donde empiezo a tomar notas. He pasado la noche en Jaén y hoy, cuando llegue a Alcázar, cogeré un Talgo a Valencia. Ayer por la mañana crucé Despeñaperros por primera vez en tren. En este mismo regional, que viene de Madrid pero yo tomé en Alcázar de San Juan, justo cuando empezaba a vaciarse (porque según me dice el revisor, de Madrid salió completamente lleno). Es lo que suele pasar con los regionales, que salen de la gran ciudad llenos y luego van descargando pasajeros en los pueblos, hasta llegar prácticamente vacíos a su destino. Y luego, cuando las vacaciones acaban, o el largo fin de semana acaba (como ahora, que estamos en el “minipuente” de Diciembre), lo que ocurre es lo contrario, todos los que se fueron al pueblo tienen que volver a la gran ciudad, donde trabajan y donde viven, o pasan la semana como pueden, porque a veces la vida diaria no da para mucho más que para trabajar, descansar un poco y volver a trabajar.

Tengo que decir que yo me incluyo en este grupo. Vivo en Valencia pero trabajo en otras ciudades, a veces más cerca o a veces más lejos. Este año me toca coger un tren los domingos por la tarde y no volver a Valencia hasta el viernes. Siempre estás contando los días que te faltan. Siempre estás pendiente de comprar los billetes del tren. Hoy no, hoy viajo por placer. Viajo porque quiero. No tenía realmente nada que hacer en Jaén más que estar en Jaén, que conocer Jaén, que ir en Regional a Jaén. Esto es viajar, me dijo, no lo que hago cada fin de semana, que no es otra cosa que desplazarse de un lado a otro. Porque el verdadero viaje implica descubrimiento, aventura, sorpresa, emoción. Implica mucho más que dejarse llevar mansamente de un lado a otro.

Ayer me levanté pronto, más pronto de lo que tenía que levantarme. Tenía muchas ganas de coger el tren, y de cruzar esta parte del país que sólo conocía por los libros y por la televisión, y también por un rápido y decepcionante viaje en coche. Porque pasar, hoy en día, Despeñaperros en coche, es decepcionante, o al menos a mí me lo parece. Por la moderna autovía se cruza en un momento. Dos túneles, un puente, unas curvas y ya estamos en la meseta. Me parece estupendo si vas con prisas. Pero no tiene nada que ver con lo que era cruzar este paso estrecho y peligroso antes de la autovía, o incluso antes de la carretera nacional. Con el tren aún puedes imaginar cómo era esto hace siglos, desolado, laberíntico, agreste, una zona sin pueblos, sin campos, sin gente, un lugar perfecto para bandoleros y para cualquiera que no quisiera ser encontrado. Un lugar muy difícil de cruzar en invierno, con la nieve, o con las lluvias y las nieblas, donde era fácil perderse y acabar en medio de ninguna parte, porque literalmente parece que estamos en medio de ninguna parte, sólo bosque y barrancos, y más bosque y más barrancos.

El tren pasa muchos túneles, y debajo de la piel verde del monte la roca es negra, lo que indica que no es caliza, sino granito o pizarra, rocas muy duras, mucho más duras que la caliza, y eso se nota cuando tienes que construir muchos túneles. Pero esta línea era importante, comunicaba Andalucía con Madrid, y sólo había un lugar por donde era posible cruzar Sierra Morena, por muy duro que fuera el puerto.

Luego, de repente, las rocas afiladas desaparecen y son sustituidas por suaves colinas, y los bosques de encinas y pinos dejan su sitio a los olivos, y todo todo todo son olivos, olivos a los dos lados del vagón, olivos que se pierden en el horizonte. Y llegamos a un pueblo, después de muchos kilómetros sin ver huellas del hombre. Vilches es un pueblo que conozco porque en el Museo del Ferrocarril hay tres fotografías antiguas de un sabotaje en el puente metálico que hay cerca del pueblo que tuvo lugar en las guerras carlistas. En ellas se puede ver el puente destruido, porque los carlistas conocían bien el valor estratégico de este ferrocarril. Y ese valor estratégico continuó hasta la llegada del Ave, que baja a Andalucía por Puertollano y evita Despeñaperros.

Antes del Ave, y teniendo en cuenta que en 1985 se cerró el llamado “ferrocarril del Almanzora” que unía Granada con Murcia, si uno quería ir, por ejemplo, de Sevilla a Valencia, pues no tenía más camino que subir hasta Alcazar de San Juan y desde allí volver a bajar la meseta por Albacete. Era una vuelta terrible. Y una solución, además de, evidentemente, no cerrar el camino a Murcia por Guadix, Baza y Lorca, era el ferrocarril, que quedó casi terminado pero nunca llegó a funcionar, Baeza-Albacete. Y digo que quedó casi terminado porque hasta se llegaron a colocar los raíles, y ya estaba todo preparado para un tren que nunca apareció.

Es muy frustrante, muy desolador ver la gran cantidad de túneles, puentes y estaciones que se construyeron y que no han servido ni servirán para nada (o, si hay mucha suerte, para rutas de senderismo o casas rurales). Pero ahora ya no podemos hacer nada. El Talgo continua pasando por Despeñaperros. Viene de Sevilla y llega hasta Barcelona. Hay unos pocos Regionales que también cruzan por aquí. ¿Digo pocos? Creo que el mío es el único, en su viaje de ida y su viaje de vuelta. De Jaén puedes coger otro Regional que te lleva hasta Cádiz. La tentación es enorme. Me muero de ganas. Pero es imposible. Un “minipuente” de tres días no da para mucho. Tengo que volver a Valencia y desde allí tengo que coger otro tren, pero ese tren me lleva al trabajo lejano, y no lo disfruto tanto como he disfrutado este Regional. ¡Qué se le va a hacer! Uno viaja cuando puede, no cuando quiere.

Y ahora dejamos detrás la ciudad de Jaén, con su fila de modernos edificios perfectamente ordenada, y con el mar de olivos bajo los balcones. Buena vista tendrán sus habitantes, pienso, porque desde allí todo son colinas suaves de olivos hasta el Valle de Guadalquivir, y luego el pasaje se repite como un espejo hasta que llegamos a Sierra Morena, y luego viene la niebla y el frío de la Meseta, y la roca negra se vuelve tierra fina y roja, arcilla sobre la que aparecen campos de viñas, y los campos dejan espacio para pueblos grandes y blancos, de casas bajas y calles anchas, pueblos que aunque tienen algún edificio alto y feo, conservan bien su urbanismo tradicional. Como Alcázar de San Juan, con su desmesurada estación y sus casas elegantes. Aquí me bajo, porque en poco rato me montaré a otro tren. Pero antes me sentaré en su elegante sala de espera, con sus antiguos azulejos y su gran foto en blanco y negro, y revisaré mis fotografías y redactaré unas cuantas notas en mi cuaderno, pensando en Jaén, que es una ciudad que engaña al viajero, porque cuando llegas a la estación todo lo que ves es una moderna plaza con modernas fincas, y uno se pregunta donde está el castillo y dónde están los campanarios de la catedral que se veían al venir con el tren. Y resulta que Jaén lo esconde todo para luego enseñarlo todo, de golpe, porque aquí todo es de golpe. La ciudad muere de golpe en los campos, y de golpe se descorre el telón de los edificios modernos, tan funcionales y aburridos, y de golpe nos tropezamos con el barrio antiguo, y con la catedral barroca, y ese efecto sorpresa le confiere una belleza extra, y provoca una admiración en el espectador que hace que uno se pregunte porqué todo el mundo habla de Granada, de Sevilla o de Córdoba y muchos se olvidan de Jaén. ¿Porqué queda un poco apartada de las vías principales de comunicación? Bueno, pues merece la pena desviarse. Y no, no hay excusas. Porque el camino es fácil. Sigue los olivos y cuando se acaben de pronto los olivos y de pronto te tropieces con una muralla de sierras altas, entonces habrás llegado a Jaén.

 

 

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Alfonso Vila
Nací en 1970 en Valencia. He vivido en Orihuela, Madrid, Bruselas, Alicante, Barcelona y Debrecen (Hungría). He escrito en muchas revistas, como: “Cuadernos del matemático”, “Hypérbole”, “Papel de Periódico”, “La Soga” , “Le Miau Noir”, “Circe”, “Kopek”, y “Jot Down” . También he ganado algunos premios, como “Miguel de Cervantes”, “Jaume Roig”, “Vila de Canals”, “Diputación de Castellón”, “Ciudad de Getafe”, “Cortes Valencianas”, “Marco Fabio Quintiliano”, “Dionisia García”, “Mariano Roldán” y “Villa de Cox”). He publicado novelas, libros de poesía, de relatos y de ensayo. También hago fotos.

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