España en regional. Capítulo vigésimo tercero: Zaragoza-Miranda de Ebro

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Laguardia aparece repentinamente por la ventana de mi derecha. Yo voy sentado en el lado izquierdo y cuando descubro el pueblo, aunque está lejos, a varios kilómetros al otro lado del río, acurrucado bajo una montaña enorme, lo reconozco al momento aunque nunca he estado en él. Pero he visto tantas fotos y tantos reportajes de televisión que no tengo la menor duda. Es un pueblo muy hermoso. Es muy pequeño. Y desde la distancia se ve más pequeño aún. Y está sobre una colina, que queda ridícula en comparación con la enorme sierra que hay detrás de él. Pero el paisaje es magnifico, y es perfecto, porque a un pueblo tan hermoso le tenía que corresponder un paisaje igual de hermoso. Me muero de ganas de hacerle una foto. Y tengo que darme prisa, porque no tardará ni medio minuto en desaparecer. Imposible. No tengo tiempo. Y además el asiento de enfrente está ocupado, hay una chica leyendo. Si me levanto corriendo y le grito como un loco que por favor se quite rápido y me deje hacer una foto, o se haga a un lado, sin dejar el asiento, ¿qué pensará? Pues evidentemente que estoy mal de la cabeza. Que soy un tipo peligroso.

Me imagino la escena… Yo tratando de hacer una foto, desesperado, y ella dándome con el libro, y pidiendo ayuda al revisor y a los demás pasajeros, asustada y confusa. No. Es imposible. Hoy no habrá foto de La Guardia. Si el asiento de enfrente estuviera vacío, tal vez aún tuviera tiempo… Pero no. Ya no se ve el pueblo. Lo hemos dejado atrás. Una pena. Pero en todos los viajes pasa lo mismo, siempre se quedan muchas fotos por hacer.

Cuando vuelva a casa y descargue las fotos en el ordenador automáticamente me saldrá el número de fotos que he hecho… En este viaje serán más de cuatrocientas. Y pese a todo me quedaré con la frustración de no tener una foto de Laguardia desde el tren. Y eso me pasa en todos los viajes. Siempre hay fotos que te quedas con las ganas de hacer. Y gracias que ahora tengo una cámara digital y puedo hacer fotos y fotos, que antes tenía una cámara analógica y los carretes eran caros y el revelado era caro y además siempre se te acaba el carrete en el peor momento, y en esos minutos que tardabas en poner uno nuevo, siempre perdías buenas fotos. En fin, que me quejo por vicio, eso es lo que pasa.

Así que perdido está lo perdido y no hay más remedio que olvidar y continuar, porque eso es lo que hace el tren, continua su camino, y cada kilómetro que avanzamos el paisaje se vuelve más interesante. Ya no sé si aún estamos en La Rioja o si hemos entrado en Álava o incluso si ya estamos en Burgos, porque aquí muchas provincias se tocan, pero lo que tengo a todos lados son viñas, viñas sobre colinas y montañas con bosques de pinos cerrando un valle cada vez más estrecho. Al salir de Zaragoza me he aburrido un poco. Todo plano, y seco, muy seco. El valle del Ebro allí era tan ancho que no parecía un valle sino más bien una llanura. Pero desde Logroño el paisaje ha cambiado, y ha cambiado a mejor.

Hasta Logroño ciudad lo único reseñable es que he visto el Moncayo, a lo lejos, pero tan imponente como siempre, y he pasado cerca de los Montes de Cierzo, que son unos montes modestos, pero desde allí baja a Zaragoza un viento helado, un viento que no olvidaré nunca porque me pilló totalmente desprevenido la primera vez que fui a las Fiestas del Pilar. Tenía veinte añitos e iba yo muy feliz con mi ropa de verano, porque a principios de octubre en Valencia aún es verano. Por si acaso había cogido una cazadora vaquera, y menos mal, porque al doblar una calle me dio de lleno una ráfaga de viento gélido y casi me deja tieso. Desde entonces he ido más preparado a todas partes, y este viaje será una prueba de ello. En Miranda de Ebro cogeré un Alvia hasta Bilbao. Al salir de Valencia tenía 40 grados (agosto, ola de calor…. ¡horrible!, ¡qué voy a decir que no se sepa ya!), pero cuando esta noche llegue a Bilbao tendremos unos estupendos 22 grados, ¡Esto es España!, muchos climas en un país, muchos paisajes en un país, y todo a menos de un día de viaje. Parece una obviedad pero vete a Alemania y pregunta cual es la diferencia climática entre el norte y el sur del país, y verás que es una diferencia mínima, y luego la comparas con la diferencia climática entre Sevilla y San Sebastián y te sorprenderá lo lejos que está un clima de otro. Pero ni siquiera hay que irse tan lejos, porque en Zaragoza aún hacía mucho calor esta mañana, y lucía un sol terrible, un sol que te hacía correr a buscar una sombra. Esta tarde pasaré el puerto de Orduña, que es un puerto no muy alto (900 metros) pero con unas vistas espectaculares, y se nublará y las cimas de las montañas se cubrirán de niebla, y todo será como uno imagina que tiene que ser el País Vasco.

Pero eso será esta tarde, que ahora aún tengo que llegar a Miranda con mi Regional, que va muy despacito porque el Ebro lo acorrala contra los acantilados de la orilla, y luego corre un poco, pero se para en Haro, que tiene bodegas por todas partes, bodegas antiguas, muy bonitas, y bodegas modernas, muy bonitas también. No entiendo mucho de vinos, lo confieso, pero por supuesto que he oído hablar y mucho de los vinos de La Rioja. Pasando en tren uno se puede hacer una primera idea de cómo es un lugar, aunque luego siempre conviene dormir y comer en alguno de sus pueblos, y hablar con los vecinos y escuchar qué te cuentan, de qué se quejan y de qué están orgullosos. Por desgracia hoy no tengo mucho tiempo para eso, porque, ya lo he dicho, esta noche tengo que estar en Bilbao. Como no puedo hacer otra cosa, tomo nota de los pueblos que veo desde mi ventanilla, y que me sorprenden por su arquitectura, como Briones, que veo muy bien desde el tren, para luego buscar su localización en el mapa y apuntarlo como un posible destino de un viaje futuro. Otra cosa no puedo hacer. A veces es un poco desesperante, porque un viaje te lleva a otro y te cierra la puerta de otros viajes a la vez, pero así es la vida. Y en el fondo es estupendo, porque siempre te deja con ganas de más. ¿No os parece?

De momento, así para empezar, me quedo con muchas ganas de bajarme en Haro y seguir la vía verde del ferrocarril Haro a Ezcaray, cuya estación en ruinas se llega a ver desde el tren. Y claro, ya puestos, desde Ezcaray hay que subir a la Sierra de la Demanda, y claro, una vez allí hay que pasar a Soria, y claro, luego están Los Cameros, una comarca increíble, y claro… ¿Seguimos?

 

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Alfonso Vila
Nací en 1970 en Valencia, donde actualmente resido. He vivido en Orihuela, Madrid, Bruselas, Alicante y Debrecen (Hungría). He trabajado en una cuantas cosas, como monitor de tiempo libre, bibliotecario, archivero y profesor de secundaria, etc. He escrito en muchas revistas, como por ejemplo: “Cuadernos del matemático”, “Dos disparos”, “Calicanto”, “El vendedor de pararrayos”, “Cuadernos del lazarillo”, “Factorum” “Groenlandia”, “Agora”, “Acantilados de papel”, “La bolsa de Pipas”, “Fábula”, “El coloquio de los perros”, “La ira de Mofeo”, “Hypérbole”, “Papel de Periódico”, “Highway magazine”, The way out”, “Funday fanzine”, “Ombligo”, “La mecha”, “risksmagazine”, “ Pinokio”, “Abisal”, “El Cotidiano”, “Culturamas”, “Mordistritus”. “Noches Árticas”, “La Soga” , “Le Miau Noir”, “The Crow magazine”, “Circe” y “Jot Down” . También he ganado algunos premios (entre ellos “Miguel de Cervantes”, “Jaume Roig”, “Vila de Canals”, “Diputación de Castellón”, “Ciudad de Getafe”, “Cortes Valencianas”, “Marco Fabio Quintiliano”, “Dionisia García”, “Mariano Roldán” y “Villa de Cox”) . He publicado novelas, libros de poesía, de relatos y de ensayo. También hago fotos. A veces soy un fotógrafo que escribe y otras veces un escritor que hace fotos.

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