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Mientras tantoEspaña en Regional: Valencia-Dénia por Alicante. El viaje imposible

España en Regional: Valencia-Dénia por Alicante. El viaje imposible


 

Este viaje lo tenía tan fácil que no lo hice nunca. Todos los días cogía un tranvía de buena mañana en la estación de Luceros, Alicante. Mi tranvía iba a San Vicent de Raspeig, pero en la misma vía, minutos después salía otro a Benidorm. Hasta 1969 se podía ir de Valencia a Dénia en tren. Cogías un tren de vía ancha y te bajabas en Carcaixent. Ahí cambiabas de tren a uno de vía estrecha. Cruzabas las montañas hasta el mar, por el estrecho pasillo del valle de La Barraca de Aguas Vivas y salías a la llanura por Tavernes de Valldigna. Luego ya todo recto hasta Dénia, pasando por Gandia y por Oliva, entre naranjos, un recorrido muy fácil y sin ningún obstáculo geográfico. Esto fue así hasta 1969, ya digo, porque ese año se suprimió el ferrocarril de vía estrecha. A cambio se alargó el de vía ancha que venía de Cullera y, usando el mismo recorrido que el tren de vía estrecha desde Xeraco, se llegó a Gandia, pero se quedó allí. No se sustituyó todo el trazado del tren de vía estrecha, que no hubiera costado nada, porque era un trazado recto, sin montañas, sin ninguna obra importante excepto el puente sobre el río Serpis al salir de Gandia. ¿Porqué no se hizo? El ferrocarril era rentable. Estamos en una zona muy turística. A los vecinos de Gandia o de Oliva eso fue lo que les dijeron, que iban a sustituir un tren por otro. Pero no. La estación de Gandia se convirtió en el final de la línea, y así ha seguido desde entonces.

Hay que decir que al mismo tiempo se cerraba también el ferrocarril de vía estrecha que comunicaba Gandia con Alcoy, en el interior. Y el que desde Alcoy iba nada menos que hasta Cieza, en Murcia, pasando por Villena, Yecha y Jumilla. El único que se salvó fue el de enlazaba Dénia con la capital de la provincia, Alicante, y de esta manera, si hoy en día quieres ir en tren a Dénia, pues tienes que ir a Alicante y luego coger el tranvía a Benidorm, que es el antiguo tren de Feve, y luego en Benidorm hacer un transbordo a un automotor diésel de vía estrecha (porque la electrificación de la línea y su conversión en tranvía solo llega hasta Benidorm), y así, en teoría, ya continuas hasta Dénia. ¿Porqué en teoría? Porque resulta que el tren solo llega hasta Calpe. Luego la vía está en obras, o dicen que está en obras (porque por lo visto las obras están paradas y no sé sabe cuando se van a reanudar), y por tanto si tienes que llegar a Dénia hay que coger el autobús que han habilitado para los pasajeros con destino Dénia. Resumimos… Un tren de Renfe hasta Alicante, luego un tranvía hasta Benidorm (que se tira hora y media para hacer unos 40 kilómetros, aunque para compensar pasa por túneles, puentes, pueblos hermosos como Villajoyosa y en algunas paradas te deja en las misma arena de la playa), luego un tren de vía estrecha hasta Calpe y luego un autobús hasta Dénia. ¿Cuántas horas se tarda? Pues todo el día, prácticamente todo el día.

En este caso hago trampa, y no me importa decirlo. Hago trampa porque me quedo a dormir en Alicante, y al día siguiente cojo el tranvía a Benidorm. El trayecto del antiguo ferrocarril Alicante-Dénia son unos cien kilómetros y tardaba, sin transbordos, unas tres horas. Ahora que medio trayecto es en tranvía, un tercio en tren y otro tercio en autobús, tarda bastante más, tres horas y media según el horario que te dan en la estación de Luceros. Esto, naturalmente, hace que plantearse ir a Dénia a pasar el día y volver a Alicante será una idea de locos. Cualquiera que quiera ir a Dénia tiene la autopista o tienes los autobuses, que tardan una hora. Ni siquiera los turistas van a Dénia. Los que yo veo se quedan en Benidorm o como mucho llegan a Altea, pero si quieres ir más lejos directamente coges el autobús. Entre Calpe y Dénia hay pueblos grandes, como Benissa o Gata de Gorgos. Este tren era muy utilizado por viajeros que iban a Dénia a trabajar o a hacer algunas gestiones. Ahora algunos esperan el autobús, pero otros directamente cogen el coche. Pasa siempre y luego, cuando vuelve el tren, se recuperan algunos pasajeros, pero no todos. Esto lo he visto en otras partes. El autobús pilla atascos (esta Nacional en verano es horrible) y su horario no es tan fiable como el del tren. Pero además en este caso, ya lo he dicho antes, las obras no avanzan. No hay fecha de reapertura. Y eso espanta aún más a los antiguos viajeros del tren.

Es una pena. Es una pena por muchos motivos, pero ahora voy a hablar de uno: el paisaje. Sí, el paisaje. Esta parte de la costa mediterránea es muy montañosa. Muy agreste y muy bonita. De Teulada a Gata de Gorgos el tren se mete en un cañón muy estrecho, pasa varios túneles y no parece que estemos junto al mar, sino en mitad de una gran cordillera. Yo he viajado varias veces por esta línea porque hace años estuve viviendo en Dénia.

Curiosamente el tramo que me faltaba hacer es el que va de Benidorm hasta Alicante, que es el que he hecho ahora. Pero no he pasado. Lamento decirlo, pero es la pura verdad. No tenía mucho tiempo, pero sobre todo, no tenía más ganas. La hora y media hasta Benidorm me ha dejado suficientemente satisfecho. La idea de esperar en un andén un rato, cambiar de tren, subir a un autobús, y luego, casi al momento, volver a hacer todo el viaje a la inversa, me ha dado mucha pereza. Sí, lo confieso. Ha sido cuestión de pereza, más que cuestión de horarios. Ni siquiera la perspectiva de volver a pasar por el cañón del Mascarat me hizo decidirme. Y eso que cruzar ese cañón tan angosto que parece mentira que por ahí pueda cruzar una carretera Nacional, un ferrocarril y una autopista (con sus túneles y puentes, y todo eso con el mar de fondo, ese mar tan fantástico que uno no se cansa nunca de ver, y quien haya contemplado un atardecer desde Altea sabe bien lo que digo) ya justifica todas las horas de viaje.

Por supuesto, como trabajo en Alicante, como todos los días tengo el tranvía a mano ( y de hecho lo uso todos los días), pues he pensado que tendría más ocasiones de hacerlo. Me he dicho que cuando tuviera un día de fiesta, uno de esos días de fiesta sueltos, entre semana, que hacen que uno no se vaya a Valencia y se quede donde trabaja, con todo un día libre para hacer lo que le apetezca, lo haría. Y eso es otra trampa, y uno ya tiene suficiente experiencia como para saber que los viajes que puedes hacer cualquier día, al final no lo haces nunca.

Culpa mía, lo confieso. Lo que no me esperaba (ni nadie esperaba), es que llegara esta horrible epidemia que nos ha mandado a todos a casa. Y ahora estoy en Valencia. Y cuando vuelva a Alicante no sé si podré coger el tranvía y completar ese viaje que no quería que se quedara pendiente. Y se quedó pendiente, como tantas y tantas otras cosas. Y mientras miro las fotos que hice de camino a Benidorm, las fotos en las que desde la ventana se ve el mar, porque el mar está casi todo el rato enmarcando la ventana del tren como un cuadro armonioso y espléndido, el mar tan azul y tan tranquilo. Y mientras pienso en la vida que he dejado en Alicante, en los amaneceres que he visto desde la ventana del tranvía (y son muy hermosos los amaneces junto al mar), y pienso en todos esos turistas que miraban por la ventana y hacían fotos con su móvil. ¿Quién cogerá ahora el tranvía? ¿Circulará vacío, como tantos otros transportes?

Cuando escribo esto aún estamos en fase cero. Pero vamos a pasar a fase uno. Dejé Alicante un viernes después del trabajo, cogí un Talgo lleno de gente y ahí, en el tren, me enteré que se iba a declarar el estado de alarma. Justo en ese momento la señora del asiento de al lado contaba por teléfono cómo se había muerto su padre. Yo no quería oír la conversación, pero era inevitable. La mujer intentaba no llorar. ¿Qué podía decir o hacer yo? La semana anterior había cogido el regional y el vagón iba lleno de estudiantes que reían, hacían bromas y hablaban alegremente de ir a fiestas y de montar viajes de fin de curso. Y todos esos planes se cortaron en seco. Pero así son las cosas, uno se deja un armario lleno de ropa de invierno, una nevera llena de comida, un libro a medio leer junto a la cama y se viene con un billete de vuelta en el bolsillo que ya no vale. Y todo de un día para otro. Cuando vuelva a Alicante tengo que hacer todas esas cosas que eran tan fáciles de hacer que nunca hice.

 

 

 

 

 

 

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