España vuelve a los tiempos de Don Quijote de La Mancha

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Siempre tuve una relación de amor/odio con La Coruña. Por un lado quería irme nada más llegar, por otro, me resultaba imposible sacármela de la cabeza cuando estaba fuera. La Coruña era una ciudad mujer, igual que Tel Aviv, bañada por el mal genio del Atlántico, una ciudad de servicios atiborrada de bares, de grandes terrazas con vistas al mar. Los vigueses, y el resto de los gallegos, nos llamaban turcos, y nosotros, los coruñeses, llamábamos portugueses a los vigueses. Todo empezó como una rivalidad entre partidos Celta-Deportivo de La Coruña, pero lo cierto es que los coruñeses se tomaron el insulto de turcos como un piropo, enseñando la bandera de Turquía en los partidos de su equipo.

 

Recordaba una conversación con Dunya Basol, uno de los voluntarios turco y musulmán, con el que tuve la suerte de convivir en mi kibbutz Ein-Hashofet cuando trabajaba de voluntaria.

 

—¿De dónde eres?

—Española.

—Sí pero de dónde —insistió Dunya cuando nos conocimos.

—De una ciudad muy pequeña, se llama La Coruña. Si te gusta el futbol a lo mejor te suena nuestro equipo: El Deportivo.

—¿De La Coruña? ¡Pues claro que la conozco!, toda Turquía conoce a los coruñeses y al Depor, siempre ondean nuestra bandera en los partidos, creo que os llaman los turcos, ¿no es así?

–Sí —le respondí.

 

Nunca me hubiese imaginado que el mote de turcos hubiese llegado hasta Turquía. Estaba recordando la conversación mientras esperaba a un amigo en el Obelisco para tomar unas cañas por la calle de la Barrera. Todo estaba igual que antes de irme, con la diferencia que el tema de conversación estaba monopolizado por: la crisis.

 

—España debería haber invertido en I+D (Investigación más Desarrollo) igual que Alemania cuando tenía dinero, en vez de eso nos dedicamos a vivir por encima de nuestras posibiliades pidiendo préstamos al banco, y ahora estamos todos sin trabajo y aún encima con deudas.

 

Lo cierto es que España no podía vivir toda la vida del turismo, los servicios y la construcción. Viajando por Galicia de camino a Miño se veían urbanizaciones fantasma con más de 800 chalets nuevos y sin vender; no había grúas en los alrededores por lo que se suponía que la obra llevaba años parada. Recuerdo cuando iba al instituto que siempre se veían las máquinas elevadoras en el horizonte, ahora casi inexistentes.

 

El sector de la construcción, tan boyante en la época del conocido milagro español, acumulaba pérdida de puestos de trabajo de 1,4 millones de personas. En estos momentos quedaban menos de la mitad de los ocupados que había a principios de 2008, según el Instituto Nacional de Estadística: 1,5 millones de parados era una barbaridad. El sector industrial había sido el segundo más perjudicado con 790.000 puestos perdidos en los últimos 4 años. Por contra, en servicios sólo se habían perdido 359.000, si bien es cierto que la mitad de esta destrucción de empleos (212.000) se había producido durante 2011.

 

Por no hablar de la tasa de paro juvenil (44% entre los de 20 a 24 años) y (69% en los menores de 20 años), pero gracias a Dios a los jóvenes siempre nos quedaba la posibilidad de coger la maleta e irnos, para eso estaban plataformas como la red Eures en la que te ponían en contacto con todos los países de la Unión, incluso se podía solicitar una entrevista personsal con un consejero de cualquier estado de la UE en cualquier comunidad autónoma española: Pero el gran problema eran las miles de familias en paro y con hipoteca, los cabezas de familia desempleados con más de 50 años y que no podían dejar el país aunque se estuviera yendo a pique como el Titanic, y la mentalidad española.

 

No era normal que gente en paro o jóvenes viviendo en casa de sus padres salieran todos los fines de semana gastándose 6, 7 euros en una copa, teniendo un Iphone último modelo y un BMW. Pese a estar hundidos seguíamos gastando por encima de nuestras posibiliades. El problema no iba a mejorar sino a empeorar, miedo me daba pensar en la España del 2015, una España vacía como la de Don Quijote de la Mancha en tiempos de la Edad Media.

 

Fui a pagar las cañas, en parte odiando mi ciudad por quejarse y seguir despilfarrando, y en parte amándola por el lujo de tomarme unas cañas en una terraza en agosto. Una calidad de vida que sólo encontraba en España. En mi cartera tenía moneda británica con la cara de la Reina de Inglaterra estampada, y shekels israelíes. Cogí uno de los shekels de 10 céntimos que encontré naufragado en una esquina de de mi cartera, compañera de viajes. Tenía una menorá (candelabro) dibujada sobre el dorso dorado de la moneda. Siempre me pregunté la razón del dibujo de la menorá, en lugar de la estrella de David, simbolo isarelí.

 

Empecé a investigar sobre ello leyendo a Mark Heirnam y su libro Los doce pilares de Israel. En él citaba: «La menorá, es decir, el candelabro de los siete brazos de oro macizo, se hallaba hace dos mil años, durante el reinado de Herodes, en el lugar más sagrado del Templo de Jerusalén, el sanctasasanctórum.

 

Según el Éxodo, fue Dios mismo quien dijo a Moisés en el Sinaí: ‘Haz un candelabro todo él de oro puro; de sus lados saldrán seis brazos: tres brazos de un lado y tres de otro’ (Éx 25,31). Los sacerdotes tenían el privilegio de encender cada noche las velas de este candelabro y de limpiarlo cada mañana. El profeta Isaías reconoció en este objeto el símbolo de Israel y lo describió como ‘la luz entre los pueblos’.

 

Cuando el templo fue destruido en el año 70, durante la gran revuelta judía contra Roma, los romanos se llevaron la menorá y la guardaron en la cámara del tesoro imperial. A partir de entonces, el candelabro de los siete brazos se convirtió en el principal símbolo judío del Templo destruido, de la Jerusalén vencida, y del Estado desaparecido. También pasó a simbolizar la esperanza judía de la salvación y de restauración. Por eso su dibujo aparece frecuentemente en las sinagogas, en el suelo, en las lámparas y los brazaletes. Y esto a pesar de que existía la prohibición de crear una menorá idéntica o de reproducirla en tres dimensiones. Ningún hombre estaba capacitado para sustituir la auténtica menorá por otra, puesto que se trataba del objeto más sagrado de la tradición.

 

La menorá se perdió en el año 70, considerado como el mayor desastre desde la destrucción de Jerusalén, y nunca se ha sabido el verdadero paradero de la menorá llevada a Roma por el ejército vencedor. Pese a ello, sigue siendo hoy, igual que lo era en la época de Benjamín: el principal símbolo religioso del retorno a Israel. Por ello existe una gigantesca reproducción, regalo del Reino Unido, presidiendo el Parlamento israelí en Jerusalén.

 

Con el paso del tiempo, la menorá ha cedido el puesto principal a la estrella de David como símbolo político del nuevo Israel. Un símbolo creado mucho después y que también es llamado el escudo de David. La diferencia entre uno y otro es que la estrella representa al Estado de Israel, mientras que la menorá al pueblo judío dondequiera que se encuentra».

 

La estrella es el símbolo político y la menorá el eje cultural.

 

 

Igual que España, una cosa era la política y otra la cultura, aunque lo uno fuese consecuencia de lo otro y viceversa; un país que por mucho que seguía recortado en el gasto público siempre continuaría derrochando. El querer aparentar lo que no somos siempre ha sido el mayor de nuestros errores.

 

Volví a mi casa, en el número 37 del barrio de la Sardiñeira, frente a la estación de trenes, con mis menorás, mis libras y euros flotando en la cartera, todos juntos sin orden ni concierto, como mi vida misma. Encendí mi MacBook, siempre fiel en cualquier destino, siempre esperando el siguiente artículo o reportaje. Tenía un correo electrónico de Dunya: «Iara, I am moving to Iraq. As a journalist it may be interesting for you, and you are always invited to stay wherever I live».

 

Me había propuesto darle una oportunidad a España antes de volar a mi querido Oriente Medio a la velocidad del rayo, pero lo cierto era que echaba de menos los atardeceres rojos de Oriente y los desiertos desafiantes de sus parajes. ¿Por qué intentar vivir en una España cuyos cimientos se habían derrumbado?

 

Mientras mi mente volaba imaginando cómo sería mi vida durante seis meses en Irak veía el atardecer pastel de la ventana del salón de mi casa, que da una explanada de cemento al aire libre que se usaba para aparcar los coches de la zona. Unas vistas horribles, pero que después de tantos años juntas les había cogido hasta cariño y por muchas maravillas que viese por el mundo siempre echaría de menos mi gigantesco parking espantoso. Habría algo que nunca cambiaría, estuviese donde estuviese, eligiese el destino que eligiese. Siempre volvería a España. Volver para irme e irme para volver.

 

Igual que yo, los miles de jóvenes obligados a emigrar de un país que no ofrece posibilidades se iban con la certeza de que algún día retornarían. Vivíamos en un mundo libre, pero siempre atados a nuestras raices.

 

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres».

 

Miguel de Cervantes Saavedra