Espanto portugués

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El corresponsal de un reputado diario nacional en Lisboa escribía el otro día esta frase sobre un escritor portugués: “De hecho, N… publica a la espantosa regularidad de un libro de poemas al año”. El portugués “espantoso” no significa lo mismo que en español; la traducción es apabullante, asombroso. Pero esto seguro que lo sabe el corresponsal, es uno de los primeros malentendidos que nos suceden allí, y siempre da para unas risas. Entonces ¿por qué emplear este `falso amigo´? Ni siquiera va en cursiva, lo que podría entenderse como una especie de guiño juguetón (que no llegaría a la mayoría de los lectores, sin embargo).

 

Yo creo que es un síntoma de algo que nos pasa con los otros idiomas: precisamente como no los dominamos, nos permitimos ciertas confianzas con ellos (supongo que este corresponsal sí sabrá portugués, y nuestros vecinos, que saben –todos- español, le ayudarán…).

 

Madrid está lleno de carteles que anuncian rebajas. Pero ¡cómo les gusta a algunos anunciar SALES o SOLDES! Cuando me haga (aún) más vieja y descarada, me voy a dedicar a entrar en esas tiendas, preguntar si venden sales (de baño, por ejemplo) y ante la cara de pasmo soltar una parrafada en inglés (usted perdone, entonces no es que aquí se hable inglés, era por eso…). Por supuesto, el personal del comercio ni papa de inglés ni francés en la inmensa mayoría de los casos, ¡qué más quisiéramos!

 

Y hablando del francés hay un concurso en la tele que sigo casi todos los días. Digo yo que los que redactan los subtítulos (una opción que ofrecen todos los canales) sabrán la diferencia, a poco que sepan algo de francés, entre François y Françoise. En realidad nadie se esfuerza en esa `se´ fastidiosa que distingue el género en la pronunciación; ¡para qué! Pues el otro día eso tuvo un efecto cómico, cuando apareció escrito que Paloma Picasso era hija de Picasso y…un tal François Gilot. El “sabio” del programa no pronunció la `se´, y el redactor de los subtítulos… tampoco. 

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Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.