Espectros y apariciones

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Pensaba que había exorcizado los viejos fantasmas. Estaba convencida de haberme librado de ellos durante los largos períodos en que dejé de soñar.

 

Me desperté al poco del sueño. Tenía todavía el regusto que no abandona del todo la boca aunque ya no la llene. Cuando me dispuse a entretenerme en otras cosas, volvieron a mí dos o tres veces, al igual que suele hacerlo la comida que repite y deja de disfrutarse.

 

Pensaba que había exorcizado los viejos fantasmas. Estaba convencida de haberme librado de ellos durante los largos períodos en que dejé de soñar. Qué equivocación la de sentir pena por su ausencia. Seguían agazapados en algún rincón de la memoria y, como buenos fantasmas, habían sabido esperar el momento adecuado en que, con la guardia bajada, diera por hecho que serían unos distintos los que asustasen después. He aprendido de los sueños que los fantasmas no se extinguen porque, aunque muertos, nos deambulan a sus anchas.

 

Después del susto de la siesta llegaron, como decía, varios mensajes cifrados, recordatorios universales que obligaban a revivir la pesadilla de la intentaba desprenderme. Una noticia, una fotografía y algo más en la cabeza. Repeticiones.

 

Decidí que ya era hora de esconderme también yo un rato y encogerme en uno de sus rincones a la espera de que se relajasen, calculando el momento exacto en que podría asustarles. Dicen que el pánico se disfruta cuando eres tú el que das miedo. Aquí, acurrucada, intento entender ciertas bromas y terrores. Sobre todo aspiro a que no atormente aquello que no tiene solución ni se desanima, sin intención de salir bajo las sábanas a cara descubierta como los monstruos que son; monstruos en los que, poco a poco, nos vamos convirtiendo para luchar batallas propias que creíamos ganadas espectros contra espectros. Apariciones todos.

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