Especulando con la complejidad

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El 3 de noviembre de 2014, la revista FronteraD celebró su quinto aniversario con una jornada dedicada a intentar comprender el mundo, lo cual, como todos sabemos, es imposible. Al parecer, por culpa de la complejidad.

Coartada, excusa, arcano, consuelo, panacea universal, la complejidad es el mito contemporáneo por excelencia, la niebla mística que boicotea cualquier empeño por preguntarse qué coño es esto, qué demonios está pasando en este jodido mundo. ‘No os molestéis en comprenderlo —nos dicen los gurús, los expertos, los líderes, los manipuladores—, el mundo es demasiado complejo. Dejaos guiar por nosotros, los que estamos preparados’.

Antes de que Nietzsche matara a Dios, las religiones nos mantenían tranquilos: ‘calma, no hay por qué entenderlo todo, basta con creer en ello’. Ahora necesitamos conocer y entender, no soportamos perdernos nada, ningún whatsapp, tweet, TT, #, estado, mail, actualización, post, ningún toque, ningún rumor, ninguna razón, ninguna noticia, news, news!

Sabemos que los nueve ojos de Google miran —y hablan— por nosotros. Nos hemos acostumbrado a disponer siempre, en cualquier lugar y a cualquier tamaño, de una pantalla que nos finja una respuesta. Pero no basta con la conexión, también buscamos la sincronía.

Algo nos parece verdaderamente real solo cuando ocurre a la vez, cuando lo vemos en tiempo real. Nuestra forma de estar en el mundo hoy es un habitar hecho de capas superpuestas que alojan acercamientos simultáneos a lo inestable. El tiempo real no es solo el paisaje de la complejidad, sino también el combustible que la alimenta. Pero, ¿qué ocurre cuando el tiempo real se convierte en ficción?

Sobre ello trató la estupenda acción que el grupo de especuladores de la ETSAM realizó la tarde de ese día 3 de noviembre, invitados al evento de FronteraD en Caixa Forum Madrid. A lo largo de varias horas, mientras en el patio de butacas tenía lugar una conversación extraña, fragmentada, incómoda, arrítmica, entre un público perplejo y unos invitados desubicados, la pantalla del auditorio acogía la objetividad constante y muda de las imágenes procedentes de una cámara de vigilancia situada en el exterior del edificio, junto a la puerta principal de acceso. Lo que esas imágenes mostraban era la cotidianeidad banal de una gran ciudad cualquiera, un día cualquiera de otoño, aquello que estaba sucediendo en ese momento en la calle a tan sólo unos metros por encima de la sala. Según iba avanzando la tarde, las situaciones que la cámara recogía se volvían cada vez más inusuales. Ello hacía que, a la incertidumbre de los asistentes por lo anómalo del debate verbal se añadiera una nueva e inquietante capa visual que, sin protagonismos ni estridencias, iba progresivamente elevando la atmósfera de extrañeza. Poco a poco, no sólo aumentaba el número de personas frente a la cámara, sino también la intensidad comunitaria y emocional de sus acciones. Hasta que, de repente, vemos que toda esa gente, presa del pánico, como huyendo de algo, decide entrar atropelladamente en el edificio. Las imágenes, hasta ese momento mudas, acogen de pronto el estridente sonido de la estampida. Súbitamente, las puertas del auditorio se abren y la multitud entra realmente en él. Mientras tanto, un texto proyectado en la pantalla nos descubre que las imágenes que hemos estado viendo toda la tarde no procedían de ninguna retransmisión en tiempo real, sino que habían sido grabadas cinco días antes, y que ante la falsa cámara de vigilancia no sólo habían desfilado transeúntes anónimos sino también actores construyendo situaciones. De tal forma que esa gente que de pronto invade físicamente el auditorio es la misma que la cámara capta, pero en un tiempo distinto.

La espléndida propuesta incidió de lleno en el tema del debate. La complejidad no es sino una especulación, fruto de nuestro posicionamiento entre las distintas capas de acción y significado que conforman la experiencia de lo contemporáneo. Hay capas inevitables, algunas impuestas, otras elegidas, muchas incluso creadas por nosotros mismos. Tenemos la opción de habitar esa superposición participando simultáneamente de todas las capas, saltando de una a otra según nos convenga u optando por habitar sólo una y rechazar las demás. Lo más interesante es que, aun habiendo decidido dónde permanecer, nunca podremos sentirnos seguros de estar realmente allí.