Espejismo del “Confinamiento”

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Poema visual de Teo Serna

Ya hemos estrenado la «nueva normalidad», una expresión que es un oxímoron, según denunció en la prensa Julio Llamazares; recibe el nombre de oxímoron una figura retórica que contiene dos palabras de significación contradictoria. Ya esfumado, es tal la nostalgia que siento por el raudo confinamiento que impuso la pandemia del coronavirus, que ahora ya lo percibo, pese a aquello que pueda suceder en lo inmediato, tal un espejismo imposible de materializarse de nuevo como objeto de deseo.

Este confusamente denominado confinamiento (en el diccionario de la RAE, segunda acepción: “Pena que consiste en obligar a alguien a residir en un lugar diferente al suyo, aunque dentro del área nacional, y bajo vigilancia de la autoridad”), se encuentra a día de hoy totalmente acotado como espejismo, activado por un enunciado establecido en un dilema dividido por la preposición versus.

Nos creímos ilusamente, al comenzar el encierro, que el deterioro del clima iba camino de arreglarse. Vemos ahora, por el contrario, que el nocivo gasto de plástico quizás ha superado la vigencia de antes de la pandemia por la necesidad de trastear con mascarillas, aislar alimentos, envolver cubiertos, ponernos guantes, etc. Y el miedo a ocupar una plaza del transporte público ha hecho que se arranquen, sin excusas, los automóviles privados. El tangible tiempo sentido en plena cuarentena se ha convertido en tiempo difuso, ajetreado, escurridizo. En suma, lo que fue un gustoso recogimiento ha mutado en bullicio de las terrazas de los bares, remo acuciante de la apremiante economía.

La situación a todos nos pilló desprevenidos. No nos imaginábamos que esto pudiese suceder. Hubiera entrado en lo probable aceptar que el planeta estallase en un conflicto nuclear concebible, ¿pero esto? Y eso sabiendo que las plagas, en la cronología de las civilizaciones, no han sucedido en la historia tan infrecuentemente.

En la novela Los novios, del escritor romántico italiano Alessandro Manzoni (1785-1873), se describe la peste de Milán de 1630. El siguiente fragmento detalla una primaria medida de seguridad que adopta un panadero. Cita que viene muy a propósito en la presente situación crítica que padecemos por el coronavirus:

«Renzo, en Monza, pasando por delante de una tienda en que vendían panes, pidió un par de ellos. El tendero, previniéndole de que no entrase, le alargó por medio de una paleta una cazuela con agua y vinagre, diciéndole que arrojase en ella el dinero, y hecho esto, le dio con una tenaza los dos panes.»

Se dice que pronto acaecerá otro virus más peligroso, el Nipah, también, en su gestación y propagación, relacionado con los murciélagos.

Este encierro lo tomamos en su comienzo como la fresca novedad que era; y ese gran cambio consuetudinario creo que en general nos agradó. En el periodo de esa cuarentena, la escritora polaca Olga Tokarczuk, Premio Nobel de Literatura, escribía esto en un periódico, mostrándose optimista: «¿No será que hemos vuelto al ritmo de la vida normal? ¿Que el virus no es trastorno de la norma, sino que, por el contrario, lo anormal era el frenético mundo anterior al virus?»

Algo así pensaba yo. Creía, como ahora expreso, que cuando diesen rienda suelta, iríamos a extrañar el estar encerrados en el exclusivo y sabroso entorno de nuestras predilectas labores. Sin sentir el deseo desenfrenado de salida a las calles (suficiente con ir al mercado, al supermercado, a la farmacia, al cajero automático, a sacar a ese perro que no tengo); volver a las terrazas, regresando a una intensa vida social, penetrando en teatros y cinemas (la Tokarczuk no echa de menos ir al cine). La aparente inactividad se colmó de creativas actividades. Teniendo compradas las entradas, la circunstancia impidió que asistiese, en Semana Santa, a unos buenos conciertos de la Semana de Música Religiosa de Cuenca. Con esa pena, me arrellané en la butaca y escuché de un tirón La Pasión según San Mateo, como si estuviese en el Auditorio conquense.

La calle Doce de Octubre de Madrid en pleno confinamiento. Foto: Alfonso Armada

Yo, que no trago con muchas convenciones sociales (aunque me entristecía contemplar la ciudad desértica), me hallaba tan campante en la casa de campo, nuestra segunda residencia, a la que mi mujer y yo nos trasladamos desde el primer momento del estado de alarma. Yo estaba tan feliz disfrutando serenamente de la mutua compañía, lavándome las manos al volver de la panadería de la aldea. No echaba de menos a mi padre, al que llamaba a diario a su residencia de ancianos y al que ya vería; ni a mis hijos, con los que felizmente me reuniría al término de todo esto, ni a los amigos, hermanos y cuñados (idem, eadem, idem). Sólo añoraba la presencia de mis dos tiernos nietecillos. Me sentía gratamente acomodado en una especie de blando o cómodo exilio o una dulce prisión, fecunda, gozando en un gran patio de recreo, interminable y natural, de momentos tonificantes.

Reflexionaba que de este encierro provechosamente aprendemos que es decisiva, únicamente, una postura individual. Lo colectivo es subsidiario. Ilusas partidas. Partidos perversos. Y si deseamos, socorridamente, otras comparecencias, una suculenta soledad prudente y sabiamente ejercida nos debería, de sobra, compensar.

Recordaba que el proceso para llevar a cabo el desarrollo idóneo de nuestra individualidad está claramente expresado por el poeta Eduardo Chicharro Briones cuando redacta el portentoso texto arquitectónico del primer Manifiesto del Postismo, movimiento del que fue el principal fundador. Copié en mi cuaderno con tapas de hule negro esta cláusula:

«Cuando la imaginación trabaja, el hombre está despierto y en acción; cuando el hombre está despierto, pero su imaginación no trabaja, el hombre está parado, y si obra, obra por fuerza de inercia; cuando el hombre duerme, su imaginación trabaja también; pero separada de él. La imaginación crea mundos, y, episódicamente, en estos mundos, hechos e imágenes. Si el hombre domina con su imaginación los elementos que le rodean, con el tiempo llega a poseer un mundo propio rico en imágenes. Si el hombre de débil imaginación padece las influencias exteriores es dominado por el sentido común, la rutina y el mal gusto; ese hombre no tendrá un mundo propio.»

El recurso imaginativo, continué barruntando, es, por tanto, la acertada técnica de recurrente solución a nuestra impuesta soledad y que podrá llegar a ser un selecto y gustoso desenlace. Esta soledad, soledad relativa, estuvo ocupada mayormente en leer, escribir y ver series, a las que antes no era nada aficionado; sin faltar el aperitivo, escrupulosamente regular antes de oír las noticias por la radio, acompañado de patatas chips. Ah, y hacer ejercicios de pilates al atardecer.

No es que en el confinamiento leyese más de lo habitual, pero sí es cierto que algunos componentes del ejercicio lector adensaron el hábito, o lo caracterizaron de una manera particular. No sé. Quiero decir que gran parte de lo que leí se organizó en nuevas lecturas: la Odisea, traducida siempre en verso; la Medea de Eurípides; dos novelitas de Galdós, Nazarín y Tristana y, entre otros, 1984 de Orwell. ¿Algunos regímenes, después de esta pandemia que ha desarrollado tantos «tele-asuntos», se verán tentados a establecer castradores sistemas basados en la Oceanía orweliana?

También releí algunos de los libros de la colección bíblica. De siempre he degustado repetidamente unos cuantos textos de la Biblia para mí predilectos, además de los «obligados» Evangelios: el libro de Job, el de Ruth, el Eclesiastés, magnífico compendio de sabios aforismos; cito de memoria: «Mejor es ir a casa de duelo que a casa de banquete, pues aquél es el fin de todo hombre y con eso el vivo reflexiona.»

De inmediato tuvieron inicio, a las ocho de la tarde, desde ventanas y balcones de casas llenas de individuos, los efusivos y afectuosos aplausos dedicados a los sanitarios que esforzadamente estaban lidiando con la diligente y malvada Covid-19. Un espejismo, pues al poco las caceroladas intentaron neutralizar este homenaje. Pronto comenzó a agonizar una feble opinión que sostenía que esta pandemia nos hará mejores. Que nos dispondrá a mostrar más amor por la vida, más amor por la Naturaleza, más amor por lo público, más amor por los ancianos, más amor por los sanitarios.

Pero cundía una paradoja: alguien aplaude públicamente a esos sanitarios a las 8 de la tarde y a la vez marca la puerta de la vivienda de una de esas personas a las que tanto ama, con lejía y advertencias, si reside en su mismo portal. «Menos aplausos a las 20,00 y un poco más de empatía», fue la decidida y desolada respuesta de una víctima frente a la amenaza de un pósit adherido al espejo del rellano. La receptora no era ni siquiera sanitaria, sino cajera de un supermercado. En el periódico una médico muestra en su móvil la foto de su coche con la negra pintada «RATA CONTAGIOSA».

Y al introducirnos en las webs de los medios, al sintonizar las emisoras, al encender pantallas, todo un cúmulo de información nos llevaba a un lío, al lío de trabucarnos con noticias de faz confusa, dudando de si eran verdaderas o trucadas. Recientemente me entero de que, ya en la recta final de la desescalada, el retrógrado cardenal Antonio Cañizares se adhiere a los bulos y se atreve a decir que «el diablo existe en plena pandemia», argumentando que «una de las vacunas se fabrica a base de células de fetos abortados». Claro que es cierto que se utiliza para tal fin la efectiva materia fetal. Pero el mitrado ultramontano falseó la verdad perversamente.

Al conformarse, y alargarse, el estado de alarma, optamos mi esposa y yo por aumentar el número de datos móviles; ella se compró una «tablet» y yo un «ebook», dudando de que en la nueva normalidad las bibliotecas públicas reanudasen su plena actividad ordinaria. Pues algo en lo que no cayó el Gobierno al decretar el estado de alarma fue seguir permitiendo la apertura de las bibliotecas, aunque sólo para poder tramitar, con sus cuidados y controles correspondientes (la obligada distancia, uso de mascarillas y gel), el servicio de préstamo de libros. Por otra parte, el empleo de las video-llamadas, generadores de datos móviles, ganó una insólita asiduidad entre familiares y amigos.

Donald Trump quería joder a China, pero al cabo será China quien joda a EE.UU. No creo errar al afirmar que el ganador de esta «guerra» es la China hegemónica, que alienta a gastar datos para engrosar su imponente negocio gestado por la plaga. Tal el coronavirus, datos que no se ven, pero muy sustanciosos. Por contra, como potencial provocador de guerras, el imperio del petróleo parece que ya está «demodé». Estas, debatidas, sentencias aplastantes sistematizan holgadamente lo intuido, pues algunas de nuestras cavilaciones de ese tiempo eran muy obvias, pero, seleccionadas, resultaban perfectamente asimilables al mensaje de los mejores libros. «Los mejores libros –escribe Orwell en 1984– son los que nos dicen lo que ya sabemos».

Cachondada en la cuarentena

Con el tiempo, ni el humor de esas imágenes cachondas o ingeniosos mensajes enviados por wasaps ni la comunicación textual llegaron a funcionar como al principio, cuando todo esto lo tomábamos tal una interesante y todavía bastante inocua novedad. Un humor que tal vez persiguiese la comunicación como consuelo, como propulsor, lo más eficaz posible, para hacer dichosa, con el máximo acierto, la singladura de la obligada encerrona. Y un cansino tedio o un punzante aburrimiento con hirsuto riesgo asimismo podían devenir puro nervio, o una vehemente susceptibilidad abominando de los mensajes.

A mí no me importaba que las jornadas se sucediesen provocadoramente iguales, sobre insistentes secuencias que acometían las mismas pautas en angostos horarios. El silencio, aquí en el campo, entonces desprovisto del ruido de sus maquinarias habituales, lo invadía todo, desde los abrojos de fuera hasta las consolas de dentro. Un intenso silencio que hacía bajar a los lobos de la sierra, como en las urbes ciervos y jabalíes, y hasta otros animales más fieros, descendían a las avenidas vacías de las otrora populosas ciudades. Una noche, al cruzarme al contenedor para tirar basura, se me quedó mirando un lobo con mucha paz en sus lánguidos ojos y en sus muelles fauces, compadeciéndome. ¿Es creíble esto que digo?

El coronavirus creó, en el momento de su furibunda expansión, ciertas reflexiones relacionadas con la conducta del bicho. En el suplemento «Ideas» del diario El País, el filósofo y ensayista, y profesor de la Universidad de Berlín, Byung-Chul Han escribió:

«El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa sólo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta.»

Mario Vargas Llosa, a propósito de la epidemia, sacó a colación, un tanto despectivamente, una famosísima novela vinculada a este tema: «La peor novela de Albert Camus, La peste, tiene ahora un súbito renacimiento y tanto en Francia como en España se hacen reediciones y ese libro mediocre se ha convertido en un best seller.» Parece que el derechista Vargas Llosa ignora, ladinamente, que en el momento de irrumpir el libro, esa novela, escrita por un comunista, se vendió muy bien.

También se debatió muy al principio, con opiniones zozobrantes, el espinoso asunto de la economía, gravemente afectada a consecuencia de la inoportunísima aparición del coronavirus cuando aún no se había resuelto la crisis financiera de 2008.

Claro, que no haya bares ni restaurantes abiertos, ni librerías, ni floristerías, etc.; constreñidas líneas aéreas, teatros y cines a oscuras, acontecimientos deportivos suspendidos, hoteles clausurados… Todo esto habría de generar, pensaba yo, una especie de economía de guerra.

La aplicación de esta economía yo la deducía de modo muy factible. Y no es que yo sea un as en estos planteamientos. Pero pensaba que si pasase la nación por una situación real, no metafórica, de guerra, una verdadera situación «bélica» (y perdóneseme la redundancia), se tendría que gastar mucho, pero que mucho, en aviones, tanques, fragatas, munición, mantenimiento de la tropa y la marinería, etc.

Pues ese mucho que lo emplee sencillamente sin racanería el Estado, siempre potente, para mitigar la falla productiva. El Estado así se aureolaría desarrollando la más encomiable labor social, presta a ayudar al trabajador desfavorecido, despedido, a las múltiples empresas que se han sumido en la inactividad, al pequeño empresario autónomo, inseguro en la cuerda floja. También a costa, si fuese preciso, de sesgar una miaja sueldos altos, pensiones altas y altas ganancias, obligando así a solidarizar excesivos beneficios en pro del bien común.

En mis conversaciones telefónicas, o en las charletas con mi mujer al amor del brasero, sostuve que el Estado puede aguantar durante bastante tiempo, porque gruesas son sus reservas. Mas yo no sé qué opina la gente de todo esto. Soy lego total en la materia. Sólo me dejo conducir por la intuición a la que el instinto  de mi pobre pensamiento conduce.

El corderito de Dios

Una tarde, frente a la verja, la oveja parió un corderito. Todavía unidos por el cordón umbilical, la madre lamía a la criatura, afanada en blanquear la sangre del pequeño lomo. Un nuevo corderito ha nacido. ¡Hosanna! Quizá sea el corderito de Dios que quite el coronavirus del mundo.

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