Esperando a Irene

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Me acabo de levantar. Amanece. No hay todavía indicios del huracán, salvo el bochorno y quizá la excitación de algunos pájaros en los árboles de casa. Es difícil pensar que en pocas horas la ciudad, como avisan desde hace algunos días, pueda sufrir la devastación de los vientos y el agua. En la calle, desde mi ventana, la normalidad es completa. Si no me lo contraindicaran la televisión y los periódicos, sería hasta un buen día para irse de playa o de excursión. En todo caso, en poco menos de una semana he pasado por varios sustos considerables. En pleno vuelo, rumbo a Nueva York, experimenté la peor turbulencia de las muchas que he pasado en mi vida. Por un momento pensé que el avión se desplomaba. Al día siguiente, mientras hablaba tranquilamente en el salón de casa, las paredes empezaron a moverse y al ir a levantarme, el suelo se convirtió, en un segundo interminable, en una alfombra volante. Luego leí que era el peor temblor sísmico en más de cien años en la ciudad de Nueva York. Y ahora el huracán. Imagino que, de igual manera que el terremoto de hace unos días, todo quedará en un amago de huracán, es decir, en una lluvia torrencial y en una ventisca como tantas otras que han pasado por aquí. El año pasado, por septiembre, un tornado destruyó en poco menos de diez minutos miles de árboles centenarios, y la cosa ocurrió de repente, sin previo aviso, a traición, como quien dice. La mayor de las veces las catástrofes no se prevén. Nos llegan de súbito. Uno se levanta una mañana, como cualquier otra, se mira al espejo y se encuentra un bultito de nada en el cuello. Hace cita con el médico. Dos días después tiene que cancelar un viaje de recreo a Cancún porque le han detectado un linfoma funicular de grado dos. De nada sirvieron los regimenes estrictos, las carreras en el parque para controlar el peso, los múltiples chequeos. Será mi origen mediterráneo, pero soy fatalista. Más vale prevenir que curar, ciertamente, pero la experiencia me dice que los reveses de la fortuna son, suelen ser, imprevisibles. Se oye en la calle ahora ruido de sirenas. Hay algo más de tráfico. El alcalde no quiere que le ocurra como en las Navidades pasadas, cuando una nevada paralizó la ciudad por varios días, ni al gobernador Cuomo lo que a Bush con lo de Katrina. Pero la ciudad de Nueva Orleans no es la ciudad de Nueva York, ni su estado se parece en nada al de Louisiana. En fin, habrá que esperar lo que se nos viene encima. Entretanto, me arrellano en el sofá y abro el libro que empecé a leer ayer. El primer capítulo se titula “El lector infrecuente”. Reflexiones de George Steiner sobre la lectura. Lo empieza con un cuadro de Chardin, Le philosophe lisant. El lector de antaño ya no es el de ahora. Falta tiempo y falta, sobre todo, silencio. El lector actual está en todo momento rodeado –acosado- por el ruido ambiental, sea la sirena de una ambulancia o el ruido mucho más nocivo –y perturbador- de las noticias que acontecen en la rúa. Al cabo de un rato cierro el libro. Son las ocho escasas. En unas horas estaré con mi hija Irene viendo por la ventana de casa los resoplidos del huracán Irene. Ya lo contaré si la cosa pasa a mayores.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.