Esperanza

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Vivimos gracias a nuestra esperanza y –deberá añadirse- por lo que esperamos y tanto cuanto esperamos. Ya se sobreentiende que ese “vivir” es lo contrario que el mero “sobrevivir”: en realidad, sobreviven sólo quienes carecen de esperanza digna de tal nombre. Sería lo mismo decir que seguimos vivos en la medida en que proyectamos, de suerte que paradójicamente gozamos del presente porque nos arrastra un futuro en el que llegará o se cumplirá el objeto de nuestra esperanza. Hasta resulta irrelevante si ese proyecto o plan al fin se cumple, pues lo que importa es que desempeñe la función de inyectar vida a cada momento del transcurso. Seguro que, en el peor de los casos (el de la decepción o el fracaso), con tal de seguir deseando, sustituiremos la anterior por una nueva esperanza.

 

Pues esperar viene con el desear, no puede darse el uno sin darse el otro. Vivir es tener ganas de vivir y razones de esperar. Por eso me sorprende tanto que haya críticos de la esperanza, como si no hubiera otra que la cristiana o la esperanza en el más allá: tomada en serio, esta esperanza religiosa es el rechazo o la burla de todas las demás esperanzas. Pero esperar entraña no menos el miedo de que esos deseos no se satisfagan y, a fin de cuentas, el miedo a morir. La esperanza es la versión positiva del miedo y el miedo la cara negativa de la esperanza. Esperar, desde luego, es asimismo temer que lo esperado no llegue o incluso que nos sorprenda algo inesperado. Al final, se impondrá la desesperación, pero mientras tanto guardemos la esperanza. De momento, dejemos constancia de que ella se confunde con nuestra condición humana, que un elemento crucial de nuestra autoconsciente fragilidad. Tanto es así, que la esperanza está en todo lo que hacemos, emprendemos, pensamos; ella es como el humus de nuestra existencia. Nada empezaríamos si no confiáramos en su continuidad y provecho, sea éste mayor o menor, espectacular o cotidiano y anodino. Sin ella, no resistiríamos en pie ni un segundo más, a lo sumo nos dejaríamos llevar por la existencia como una hoja por la corriente del río. Sin adelantarnos al futuro, y a un futuro por lo menos algo alentador, el presente perdería todo interés.

 

Sabemos cuál es el gesto del desesperado, pero también que no es tan frecuente como cabría imaginar. Hay tantas razones para no esperar (la desgracia en todas sus formas, la pobreza, la enfermedad, la soledad, la vejez y al cabo la muerte), que viene a ser milagroso que la gente siga con vida, deseando el día siguiente, como si ese día trajera alguna novedad salvadora. Esto es, que mantengan la esperanza. Claro que es difícil discernir si muchos individuos viven o se limitan a “ir tirando”, si guardan alguna esperanza o simplemente están a la espera: todo depende de la calidad, intensidad y amplitud de sus deseos. Muchos son muertos en vida. Es de temer que nunca han vivido de veras, porque nunca han albergado aspiraciones que fueran más allá de echar la partida diaria o estrenar coche. Cuando vamos para mayores, observamos la disminución de los deseos en la mayoría, su rebaja de cantidad y calidad, hasta quedar reducidos a unos pocos y éstos, a la postre, a la mera supervivencia. Se está a la espera de lo de siempre o de la muerte. Claro que la rutina  engendra su propia y nada desdeñable esperanza. Pero también la rutina puede ser cualitativamente muy diversa y no de cualquier clase puede decirse que le anima una esperanza animosa.

 

Ya he dicho que, al final, se impone la desesperación, cuando ya no hay miedo porque tampoco cabe ya esperanza. ¿Quiere decir eso que la esperanza anterior ha sido una ilusión? No tiene por qué serlo si no se ha engañado a sí misma: sabe que es una esperanza penúltima que al final se topará de bruces con la nada última. Se engañaría si se empeñara en imaginar que, tras vencer muchas veces la tentación de desesperar, va a salir triunfante de su último embate. Pero también sería de imbéciles -de débiles, nunca de fuertes- anticipar a cada momento lo que tendrá lugar al final. Como la esperanza no es confianza absoluta, sino renovada a cada instante, sólo saldremos defraudados si la tomamos en esa absolutez. Esperanza es confiar sólo en la salvación de cada día o de cada empresa, no en la salvación de todo y para siempre. En realidad, la esperanza de salvación definitiva equivale a desesperar de la potencia contenida en cada ser humano y en sus creaciones o proyectos para hacernos esperar. Sólo esperamos en algún Más Allá porque desesperamos del Más Acá. ¿Que al final la muerte impone la desesperación? Sí, pero entretanto (sobre)vivimos gracias a la esperanza.

Mayorcito, de 1945. Por origen local y afición personal, confieso que me sería aplicable aquel absurdo de pertenecer al “pensamiento navarro”. Imparto clases de Filosofía Política y Teoría de la Democracia en la Facultad de Filosofía de San Sebastián (Universidad del País Vasco). Me han publicado varias recopilaciones de artículos de prensa sobre cuestiones civiles actuales, muy en particular sobre el nacionalismo vasco de nuestros pecados. Entre mis ensayos éticos estoy prudentemente satisfecho de La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha, La tolerancia como barbarie (En M. Cruz, comp., Tolerancia o barbarie) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral. En materia de filosofía política creo que son útiles manuales universitarios como Teoría política: poder, moral, democracia; El saber del ciudadano; Las nociones capitales de la democracia, obras colectivas de cuya edición he sido responsable. Soy colaborador habitual, desde el año l986, en las páginas de "Opinión" de El País y, más tarde, de El Correo y Diario de Navarra. Venido de movimientos ciudadanos como ¡Basta ya!, me afilié al partido Unión, Progreso y Democracia desde su nacimiento. Y no hay mucho más que contar.