‘Espíritu de prosa’. La joven Simone Weil y la idea republicana

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“Frei, im Recht, und rein

wie jene, die vom Ruhm sich abgewandt”

(R. M. Rilke)

En un trabajo de clase sobre Stendhal, recogido en sus Primeros escritos filosóficos[1], leemos estas frases con las que una jovencísima Simone Weil de apenas diecisiete años remata su estudio de El rojo y el negro:

Este movimiento que va contra toda poesía, toda elocuencia, toda religión, es lo propio de la prosa. También la lengua francesa es por excelencia la lengua de la prosa. Se puede, pues, llamar a este espíritu eminentemente francés el espíritu de la prosa, oponiendo así Francia a la poética Inglaterra que representa Shakespeare, y al pensamiento real y concreto, unión de la naturaleza y del hombre, que Alemania realizó en Goethe. Este espíritu de prosa, este espíritu cartesiano, es también por excelencia el espíritu revolucionario, y no es casualidad que hace algunos años aún se pudiera llamar el país de la prosa al país de la mayor de las revoluciones. Stendhal es también uno de los autores de la biblioteca del ciudadano; y se podría llamar a El rojo y el negro la biblia del hombre libre, biblia que es absolutamente en todo lo opuesto de la verdadera[2].

El breve ensayo, dedicado al “más bello, tal vez, de los libros de Stendhal”, y que  toma como guía a Balzac –quien ve en Stendhal a un representante de la que él llama “literatura de ideas” frente a la “literatura de imágenes”[3]–, es un análisis del estilo del autor de El rojo y el negro a través de su protagonista, Julien Sorel. Stendhal nos presenta siempre a este, escribe Simone Weil, “como dispuesto a la acción”, “en vista de la acción”; es más, accedemos a su interior exclusivamente por “lo que la acción le hace sentir a él [Julien]”. Es así, sigue diciendo, como “conocemos sobre todo al personaje en los momentos en los que el mundo, por una oposición violenta, le fuerza a reflexionar sobre sí mismo”. Esta mirada externa, que no “inventa” una intimidad ni mucho menos se recrea en ella, sino que, por así decir, asume dar el rodeo que pasa por la acción en el mundo, caracteriza la actitud descriptiva de Stendhal, “ese estilo desnudo”, despojado, “que describe lo que quiere describir y deja de lado todo lo demás”; un estilo “conciso y ajustado”, “limpio”, sobrio, que constituye esa peculiar “cordura” (sagesse) de la que el novelista “hace participar al lector”. Y prosigue Simone Weil:

En Stendhal la forma es, pues, también un rechazo, el rechazo de la elocuencia, es decir, el rechazo del movimiento natural de los sentimientos enérgicos; y la fuerza de su estilo es lo que mejor rompe ese movimiento, es decir, lo que con tanto acierto se llama agudeza [trait d’esprit; el “rasgo de ingenio”, diríamos también][4].

La “frase corta” en Stendhal (Balzac menciona a este propósito la petite phrase, el “epigrama” volteriano) tendría por tanto la virtud de interrumpir la corriente interna de los sentimientos, de cortocircuitar el “movimiento natural” de las emociones, espontáneamente expansivo, “enérgico”, efusivo, contagioso, probablemente imperioso, el cual se vertería de preferencia en una elocuencia hecha de imágenes que no de ideas[5]. Un estilo, pues, el de Stendhal, trabajado bajo el signo del rechazo, de la oposición. Al igual que Julien Sorel, que es, apunta Simone Weil, “el individuo que lucha él solo contra el mundo”: él, que quiso ser “hombre de acción” y que conoce solo “una falta que no se perdonaría, y es la falta de valor (courage)”. Y, más precisamente, un cartesianismo del estilo, en la medida en que el estilo se forma por el “juicio” (le jugement, o sea, la facultad de juzgar, la Urteilskraft kantiana), juicio, leemos, que es “el único valor (valeur) verdadero y respetado”, pues, añade, “es el pensamiento el que es juez de todo”. Pero conviene recalcar que en Stendhal (¿y también en Descartes?), “el juicio triunfa a cada instante sobre la pasión”, y que, a diferencia de lo que sucede en Voltaire, esta no es una victoria sencilla sino “difícil”.

Este “espíritu de prosa”, este “espíritu cartesiano”, recordemos las palabras finales de Simone Weil, sería “también por excelencia el espíritu revolucionario”. Una conclusión un tanto apresurada, es verdad, demasiado rotunda (típico remate, por otra parte, de los trabajos escolares acabados inevitablemente a altas horas de la noche), pero en absoluto una afirmación irreflexiva ni, quiero pensar, carente de fundamento. Pues acaso quepa leer ahí, entre líneas, una determinada idea, la misma que autoriza a la estudiante a afirmar a continuación que “Stendhal es también uno de los autores de la biblioteca del ciudadano” y a llamar a El rojo y el negro “la biblia del hombre libre”. A ello dedicaré estos breves apuntes, al hilo de los textos de la joven Simone Weil y sin perder de vista el contexto en el que se formó su pensamiento. Y empezaré con el contexto: la clase de Alain, Émile Chartier, su profesor de filosofía.

Con razón ha escrito Simone Pétrement, su amiga y biógrafa, que “la filosofía de Simone [Weil] comienza con la clase de Alain”[6]. Y esto es así porque hay que hablar de un “encuentro”.  de Simone Weil con Alain, de un terreno preparado en la discípula que permitió que fructificaran en él ciertas ideas y, más aún, ciertas actitudes del maestro[7]. Sobre todo en un punto, el primero que destaca Simone Pétrement y que es también de relevancia para mi argumento final: la resistencia a los poderes. Pues uno de los elementos del “radicalismo” de Alain consistía en la exigencia de una constante vigilancia del poder y del poderoso por parte del ciudadano, quien solo desde esa conciencia y actividad críticas se hacía digno de su condición de tal, la de partícipe efectivo de una república de libres e iguales[8]. Fue la repercusión política del magisterio del filósofo –que este ejercía en calidad de educador[9], sin preocuparse por sistematizar sus ideas en una doctrina filosófica de nueva planta– lo que más rápidamente prendió en la inquieta estudiante, quien, ya antes de ingresar en octubre de 1925 en el curso preparatorio, la cagne, del liceo Henri IV, “todos los días compraba periódicos, preferentemente extremistas, y se apasionaba por todo lo que fuera agitación social”[10]. Como es sabido, fue más allá que su profesor en este espíritu de rebelión, aunque la peculiar y en apariencia moderada fórmula alainiana de “obedecer resistiendo”[11] no tardará en adquirir para ella nuevas resonancias, empezando por su propia reflexión sobre el trabajo y la necesidad. Pero importa subrayar esta otra observación de su biógrafa, según la cual “sin Alain, quizá Simone hubiera despilfarrado su entrega al servicio de un partido”[12]. Lo que nos remite al verdadero nervio de todo espíritu de resistencia: el pensamiento traducido en acción.

Si una cosa se enseñaba en la clase de Alain, era a pensar; un pensar ciertamente acentuado en el modo del “pensar contra” característico de su “radicalismo”[13]; pero ante todo, un “arte de pensar bien con vistas a poder actuar libremente”[14]. Echando mano de manera personalísima de motivos platónicos, cartesianos y kantianos, unidos a un “análisis profundo de la percepción” (había sido discípulo de Jules Lagneau), su enseñanza consistía, en palabras de su también alumna Simone Pétrement, en “admirables lecciones de lectura de los grandes filósofos (y en general de los grandes escritores), un método de aprender a pensar a través de la atención rigurosa (sévère) que prestaba al arte de escribir”[15]. Así pues, no se trataba tanto de transmitir determinados “contenidos” (por ejemplo, que “querer sin hacer no existe” o que “la voluntad solo existe en la acción”[16]), como de despertar[17] y cultivar en sus alumnos un estilo de pensar y de escribir, atento a lo que hoy llamaríamos fuerza “performativa” del lenguaje[18]. El propio Alain había hecho un notable ejercicio de estilo de sus célebres Propos, breves meditaciones sueltas sobre asuntos particulares, que cabe inscribir en la “cultura política” del republicanismo francés[19]. Y es conocida la disciplina de escritura a la que sometía a sus candidatos de la clase preparatoria para la École Normale Supérieure[20], bien a través de disertaciones obligatorias sobre temas escogidos por él, bien en la forma de composiciones de tema libre, bautizadas como topos. (Buena prueba de ello son algunos de los textos recogidos en la edición de Primeros escritos filosóficos). Sin duda, esta visión y efectuación del oficio filosófico aprendido en las gradas del viejo anfiteatro del Henri IV conformaron (tanto o más que las siempre cambiantes y apuradas condiciones de su existencia) el estilo de pensar y de escribir de Simone Weil, quien en una de las últimas anotaciones de su Cuaderno de Londres (en 1943) declarará: “Filosofía […] cosa exclusivamente en acto y práctica”[21].    

La articulación de pensamiento y acción ocupó desde un principio a la joven Simone. Es como el nudo gordiano en el que se afanarán, en constelaciones cambiantes, su reflexión filosófica y su actuación política con la mira puesta en la acción eficaz. Así, ya en un fragmento primerizo de 1926, rebate con brío filosófico la opinión común que enfrenta pensamiento y acción, y que rebaja al filósofo y al hombre de acción, cada uno por su lado, a sendas caricaturas de ellos mismos. En contra de esa visión indolente, la alumna de Alain sostiene que “si la acción no fuera precedida por atención, no sería acción, sino movimiento del cuerpo en el sueño”, y trae a colación, en apoyo de su tesis, un ilustrativo suceso de la vida de Descartes como soldado[22]. Pues, como dice en su primer topo para Alain, esa bella redacción sobre ‘El cuento de los seis cisnes en Grimm’: “Actuar nunca es difícil: siempre actuamos demasiado y nos desperdigamos sin cesar en actos desordenados”[23]. Es lo que pone de manifiesto la anécdota de Descartes: el verdadero hombre de acción es aquel que se para a pensar, aquel que actúa “metódicamente”, anticipándose a su propia acción; es el filósofo quien va dos pasos por delante. En el texto sobre los seis cisnes, esa anticipación es presentada como no-acción: la abstención de actuar, la contención que evita perderse en actos desordenados, es el alma de la acción eficaz, que solo gracias a esa virtud, “mágicamente”, es capaz de devolver a su verdadero ser a los seis hermanos. Pero, igual que el pensamiento es la verdad de la acción, la acción lo es del pensamiento cuando este se hace mundo. Veámoslo.

En cuanto solo pensamiento, la realidad humana es valor (valeur), libertad: “un sujeto pensante no puede ser más que libre”[24], escribe Simone Weil. Es “la idea del individuo tomado como valor supremo”, como afirma en el texto ‘Sobre Léon Lettelier’[25] o en dos fragmentos de la época, a los que tendremos ocasión de volver al final, sobre la virtud pacificadora del trabajo. Pero la posición de la libertad es a un tiempo el rechazo de todo lo que no es espíritu, como dice a propósito de Alfred de Vigny: “Igualmente, con un gesto militar que se encuentra también en Descartes[26], se negó a dar alma a lo que no viene del espíritu y del juicio libre”[27]. (Recuérdese el rechazo en Stendhal). Ciertamente, continúa Simone Weil, “la naturaleza es poderosa”: “Este […] poder Vigny lo reconoce; pero en lugar de adorar el poder, de darle un alma, de confraternizar, por así decirlo, como Hugo, con bestias y plantas, Vigny se niega a adorar a esa fuerza que él mismo llama muda, ciega y sorda”[28]. Lo cual, hay que comentar enseguida, es algo muy distinto a un repliegue del yo sobre sí mismo. Pues la realidad humana, nos recuerda Simone Weil, además de libertad, también “es existencia en cuanto que tengo afecciones, es decir, en cuanto que por la unión de alma y cuerpo recibo impresiones del universo exterior”[29]; en cuanto que soy, con una expresión de sabor fenomenológico, “cuerpo vivo”[30]. Esto es, “existimos en el tiempo”, el cual, “considerado como forma de la existencia, es ininteligible por su propia naturaleza”[31]. El tiempo es opacidad en el modo de un “estar fuera de mí”[32]; es la imposibilidad constante de un retorno del yo a sí mismo y de una reconciliación consigo mismo… que no pasara por el mundo. La exterioridad de la existencia, el estar dejados a la intemperie, preserva del ensimismamiento y de las ilusiones de la interioridad. Luego, somos libertad a la intemperie, libertad expuesta sin cesar a la “desigualdad del tiempo”[33], pero que, en esa exposición, se rehace como libertad en el choque con el mundo, a golpes de realidad. Lo que tenemos, pues, en la fiel discípula de Alain no es tanto el “estar arrojado” sino el arrojo. Como pone de manifiesto el “coraje obrero” en el trabajo.

El trabajo es el esquema de la verdadera acción, de la acción metódica que deja sus marcas en el mundo, que “muerde” la realidad, como expresivamente dice Simone Weil. Pero este vérselas con la materialidad del mundo –que en el trauma de existir experimenta la resistencia que caracteriza a lo real[34]– se cumple solo como mediación: “El trabajo es pues una acción indirecta del espíritu sobre el mundo”[35]. Trabajar, por así decir, es dar tiempo al tiempo, es asumir pensativamente, en favor de la libertad, la distancia con respecto a nosotros mismos que es el tiempo, haciéndose laboriosamente con ella, cultivándola. Es lo que Simone Weil llama la “ley del trabajo”: “La ley que me impone trabajar me separa de mí mismo, separa al yo que desea del yo que goza, al yo que proyecta del yo que realiza; por la práctica del trabajo, trato de volverme a unir conmigo”[36]. El trabajo, acción indirecta, es la verdad del pensamiento haciendo mundo y haciéndose mundo. Nuestra condición no es otra que “la condición misma del trabajo”[37]. Pero el trabajo no es una actividad de individuos aislados y abstractos. Antes bien, el trabajo es generador del vínculo social, como demuestra Simone Weil a propósito de la división del trabajo y el derecho. Es en este contexto en el que cabe reconocer lo que he denominado su “idea republicana”.

La división del trabajo se debe ciertamente a la necesidad económica de la especialización. Pero lo que le importa destacar a Simone Weil es su carácter de convención, que supone la noción de intercambio de los trabajos y el derecho que regula ese intercambio. El derecho salvaguarda un principio de igualdad entre los trabajadores, a pesar de las actividades distintas a las que estos consagran sus capacidades y de los diferentes productos de su trabajo. El “derecho de los intercambios” establece que “lo semejante se intercambia por lo semejante”. Por convención, pues, “se decide que un trabajo es semejante a cualquier otro trabajo”. “El intercambio de trabajos”, prosigue Simone Weil, “supone el reconocimiento del semejante. Es un igual el que intercambia su trabajo por el trabajo de su igual”. Y concluye: “Lo que el hombre le da al hombre se mide según las ideas de libertad y de igualdad. Libertad, igualdad, fraternidad, tal es desde el origen de la sociedad la carta magna del trabajador”[38]. Así pues, es el trabajo el que permite el mutuo reconocimiento de los libres e iguales y el que funda, de esta manera, su común pertenencia a la ciudad. Y las leyes de la ciudad, como argumenta Simone Weil en otro escrito, titulado ‘De una antinomia del derecho’[39], solo son justas en la medida en que corresponden al “poder definido por el trabajo”. ¿Cómo medir, por ejemplo, “los derechos de un emperador”? ¿Cuál es el criterio de su poder para actuar en calidad de emperador? ¿Por qué cabe decir que “Marco Aurelio ejerció sus derechos, pero Nerón no ejerció ninguno de ellos”? “Este poder se mide”, explica Simone Weil, “por las huellas que pueden dejar en el mundo no los caprichos, sino los quereres de un emperador; el poder de un emperador se define por el trabajo que el papel de emperador le hace efectuar, se define por la función de emperador”[40].

A esta misma inspiración responden las reflexiones de Simone Weil acerca del servicio civil y del trabajo como fundamento de la paz[41]. El servicio civil expresa el valor supremo del individuo humano no solo porque suponga el rechazo de la guerra, sino porque hace reconocibles ese valor y esa dignidad en el trabajo, en la potencia de actuar de cada cual incidiendo en el mundo. “El trabajo hace aparecer el derecho, el respeto de la persona humana, la igualdad”. Frente al “delicioso acuerdo que engendra todas las guerras”, dice Simone Weil, la cooperación en el trabajo “hace aparecer una amistad ruda”, “casi sin afecto”, un espíritu prosaico, diríamos, por el que “el trabajador reconoce a su semejante y se siente reconocido”. No son la religión ni el amor de los afectos los que fundamentan la paz, sino el trabajo: “Solo los trabajadores”, escribe, “forman una república”.

Recordemos el estudio sobre Stendhal. El espíritu de prosa se caracterizaba en él por un movimiento contrario a la elocuencia, a la imaginación, a los afectos, a la religión, que en su efusión, en su “delicioso acuerdo”, podemos ahora decir con Simone Weil, son enemigos de la paz. Frente a los prestigios de la interioridad, en Stendhal opera la mirada externa, el rodeo por la acción en el mundo, esa separación de sí que es, como hemos visto, el esquema de la ley del trabajo. Hay en esta mirada una cordura que no es ausencia de pasión, sino más bien un temple, una “fuerza de alma y de espíritu”, dirá más tarde Simone Weil, característicos del coraje obrero que arrostra la resistencia y la dificultad que a la libertad humana opone indefectiblemente lo real. Y hay un espíritu cartesiano que se define por el juicio y el libre examen, como dice la Memoria sobre Descartes:

Ser cartesiano es dudar de todo, después examinarlo todo por orden, sin creer en nada más que en el pensamiento propio, en la medida en que es claro y distinto, y sin conceder el menor crédito a cualquier autoridad, incluso a la de Descartes[42].

El mismo espíritu que alumbrara la invención de la geometría con Tales: “la primera de las revoluciones, la única, [que] destruyó el imperio de los sacerdotes”[43]. Una revolución, añade, de la que cabe preguntarse si no “sustituyó la desigualdad por la igualdad, enseñándonos que el reino del pensamiento puro es el propio mundo sensible, que este conocimiento casi divino que presintieron las religiones no es más que una quimera, o más bien que no es otra cosa que el pensamiento común”[44].

En el escrito ‘Sobre Léon Letellier’, Simone Weil evoca a “este hombre, un modelo del alma popular”, quien “después de pasar la juventud trabajando de campesino y de marino, se lanzó al estudio con tanta valentía como se había embarcado a los dieciséis años por el océano, y también navegó intrépidamente por este otro mar”[45]. Este filósofo y hombre de acción, que “permaneció tan valerosamente sordo a la elocuencia académica” y que “tampoco se dejó nunca convencer por los Calicles modernos que no adoran más que el poder”, es para Simone Weil una encarnación de la idea republicana: “la idea del individuo humano tomado como valor supremo” y “un sincero y profundo espíritu de fraternidad”[46]. Un espíritu de prosa del que quizá puedan valer, por una vez, los versos de Rilke que encabezan este trabajo: “Frei, im Recht, und rein / wie jene, die vom Ruhm sich abgewandt” (Libre, en su derecho, y puro como aquellos que se apartaron de la gloria). Como la propia Simone Weil.

 


[1] S. Weil, Primeros escritos filosóficos, prólogo de Emilia Bea, traducción de Teresa Escartín y José Luis Escartín, Trotta, Madrid, 2018; «Sobre Stendhal» (en ibid., pp. 62-68, por donde citamos) es una «disertación», probablemente de 1926.

[2] «Sobre Stendhal», p. 68.

[3] Cf., más tarde, Honoré de Balzac, Études sur M. Beyle. Analyse de la Chartreuse de Parme, Skira, Ginebra, 1943.

[4] «Sobre Stendhal», p. 65. «La belleza no es la elocuencia», escribe también, «sino el rasgo [le trait, de nuevo: el trazo, el acento], que es lo contrario de la elocuencia» (ibid., p. 64).

[5] «La frase corta está hecha para romper el movimiento de la inspiración, de la poesía, de la música, de la elocuencia» (ibid., p. 66). ¿Pero está siendo del todo justa Simone Weil al establecer estas equivalencias?

[6] S. Pétrement, Vida de Simone Weil, traducción de Francisco Díez del Corral, Trotta, Madrid, 1997, p. 54. Para el periodo que nos ocupa, el de los «primeros escritos filosóficos» comprendidos entre 1925 y 1931, es imprescindible la lectura de los capítulos 2-4 de la biografía de Pétrement: «El encuentro con Alain», pp. 53-79; «Preparación de los exámenes para la Escuela Normal (1925-1928)», pp. 81-100, y «La Escuela Normal (1928-1931)», pp. 101-141.

[7] Sobre la afinidad y la distancia entre ambos, pueden verse las reveladoras palabras de la propia Simone Weil a Gilbert Kahn, cuando este le comunicó a su amiga su intención de trabajar sobre el pensamiento de Alain: «Yo no podría hacerlo, pues hay una parte de su pensamiento que he asimilado hasta el punto de no poder distinguirlo de mi propio pensamiento, y otra que he rechazado» (G. Kahn, «Simone Weil et Alain»: Association des Amis d’Alain. Bulletin 58 [junio de 1984], p. 12).

[8] De ello formaba parte, de manera especial, la denuncia y la oposición contra la guerra como nuda expresión del poder.

[9] «El pensamiento de Simone Weil está muy marcado por todo aquello que Alain representaba como educador republicano», escribe Emilia Bea en su prólogo a la edición de los Primeros escritos filosóficos (p. 12).

[10] S. Pétrement, Vida de Simone Weil, p. 51.

[11] Una aceptación del orden social necesario que no significase su adoración: «La libertad va acompañada del orden, el orden no vale nada sin la libertad. / Obedecer resistiendo, ese es todo el secreto» (Alain, Propos sur les pouvoirs, Gallimard, París, 1985, p. 162).

[12] S. Pétrement, Vida de Simone Weil, p. 54. El «radicalismo» de Alain no es ciertamente la doctrina ni el programa de ningún partido político, sino la mencionada idea de la «intervención política» desde la crítica radical del poder.

[13] Una actitud que coincidía con las aspiraciones de buena parte de una «generación a la contra» de jóvenes intelectuales, una élite (sobre todo parisina) procedente de la pequeña y mediana burguesía para la cual intervenir en política se había convertido en una especie de mandato moral. Véase Domenico Canciani, Simone Weil prima di Simone Weil, Cleup Editore, Padua, 1983, el epígrafe «Una generazione contro», pp. 40-48.

[14] Ibid., p. 34.

[15] S. Pétrement, Vida de Simone Weil, p. 60.

[16] Para un catálogo exhaustivo de lo que sus alumnos, no el propio Alain, llamaban «la doctrina», véase ibid., pp. 60-62.

[17] De Alain «se decía de forma muy gráfica», recuerda oportunamente Emilia Bea en el citado prólogo, «que era un éveilleur d’esprits, un desvelador, el iluminador de conciencias de toda una generación» (p. 10).

[18] Vale la pena referir aquí esta anécdota contada por Simone Pétrement: «Recuerdo que al devolverle [a Simone] su primer trabajo, que a él [Alain] le había parecido bueno en ciertos aspectos, le reprochó que carecía de estilo diciendo de su escritura que tenía ‘un estilo de máquina de escribir’. Había en estas palabras una cierta dureza de la que desde luego él se arrepintió, ya que en el siguiente trabajo él no olvidó decirle que, como todo el mundo, ella tenía su estilo, insistiendo sobre ello» (Vida de Simone Weil, p. 55; trad. modificada).

[19] Es lo que hace Eloy García en su estudio preliminar a su propia edición de una de las «sumas» de los Propos políticos alainianos, los Propos sur les pouvoirs: Alain, El ciudadano contra los poderes, estudio preliminar y notas de Eloy García, traducción de Joaquín González Ibáñez, Tecnos, Madrid, 2016. Ahí se refiere «al lenguaje que [Alain] creó como modelo de estilo o forma literaria» (p. XVI). Por su parte, Simone Pétrement dice que el pensamiento de Alain, «disperso en millares de cortos Propos, es siempre inseparable de la circunstancia, del objeto particular, del estilo» (Vida de Simone Weil, p. 59).

[20] Creada en 1794 por la Convención a instancias del Comité de instrucción pública con la finalidad de enseñar «el arte de enseñar».

[21] «Notas escritas en Londres», en S. Weil, El conocimiento sobrenatural, traducción de María Tabuyo y Agustín López, Trotta, Madrid, 2003, p. 282.

[22] «Que la seule action est la pensée», en S. Weil, Premiers écrits philosophiques. Œuvres complètes I, Gallimard, París, 1988, p. 316. «Descartes cuando saca su espada contra los marineros que quieren matarle no actúa; ha actuado el instante anterior. […] pues era fuerte solo por su intrepidez. […] El momento de la acción verdadera fue por tanto aquel en que Descartes dispuso su cuerpo según la acción futura, cualquiera que pudiera ser. Imagino a Descartes leyendo; oye a los marineros; no saca enseguida su espada…» (ibid.).

[23] Primeros escritos filosóficos, p. 24.

[24] «[Fragmentos sobre la libertad]», en Primeros escritos filosóficos, p. 53.

[25] Primeros escritos filosóficos, p. 78.

[26] Ambos fueron, en efecto, militares, cosa que la pacifista Simone Weil tiene curiosamente muy presente.

[27] «El sentimiento de la naturaleza en Vigny», en Primeros escritos filosóficos, p. 72.

[28] Ibid. En otro fragmento de 1926: «El primer deber, podríamos decir el único, es, pues, ‘dejar que los muertos entierren a sus muertos’, como dijo Jesús, es decir, abandonar la cosa a su propio orden, que es la necesidad mecánica; y no emplear el espíritu más que en asegurar sin cesar la propia libertad; lo que es el verdadero sentido del precepto evangélico: Dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» («[Fragmentos sobre la libertad]», p. 54).

[29] «[Fragmentos sobre la libertad]», p. 53.

[30] Corps vivant. Véase «El trabajo y el derecho», en Primeros escritos filosóficos, p. 198.

[31] «La existencia y el objeto», en Primeros escritos filosóficos, p. 44

[32] Véase «El tiempo y el esquematismo», en Primeros escritos filosóficos, pp. 110-120.

[33] Juego aquí, libremente, con la acepción del DRAE para «intemperie».

[34] «De hecho mis trabajos no dependen solamente de mí; chocan con una materia, que no depende en absoluto de mí, que no ha prometido fidelidad, que ha como prometido infidelidad» («El trabajo y el derecho», p. 197).

[35] El trabajo es la manera de actuar «propiamente humana», que consiste en que «el hombre cumple una secuencia de movimientos que no son directamente el fruto de la situación y la estructura combinadas, sino que están como engranados unos en otros, conforme a las leyes de la materia y a un fin propuesto» («La división del trabajo y la igualdad de los salarios», en Primeros escritos filosóficos, pp. 202-208).

[36] «El trabajo y el derecho», p. 198. Ahí también: «Envejecer es ir del proyecto a la obra».

[37] Ibid., p. 199.

[38] «La división del trabajo y la igualdad de los salarios», p. 206.

[39] En Primeros escritos filosóficos, pp. 209-213.

[40] «De una antinomia del derecho», p. 212.

[41] Dos fragmentos de 1928: «Reflexiones con respecto al servicio civil» y «Sobre la idea de Ganuchaud y Canguilhem», en S. Weil, Escritos históricos y políticos, prólogo de Francisco Fernández Buey, traducción de María Tabuyo y Agustín López, Trotta, Madrid, 2007, pp. 39-41.

[42] «Ciencia y percepción en Descartes», en Primeros escritos filosóficos, p. 146.

[43] Ibid., p. 124.

[44] Ibid.

[45] «Sobre Léon Letellier», en Primeros escritos filosóficos, p. 77.

[46] Ibid., p. 78.

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Alejandro del Río Herrmann (Madrid, 1965) es editor en Editorial Trotta desde 2003. Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor por la Universidad de Valencia con la tesis Fuerza y atención en Simone Weil: una lectura filosófico-política. A la pensadora francesa ha dedicado más de una docena de trabajos e intervenciones tanto en español como en francés. Ha coordinado con Emilia Bea el número de la revista Ápeiron. Estudios de filosofía: Simone Weil: pensar con un acento nuevo. Lecturas y textos (octubre de 2016). Es traductor de textos filosóficos del alemán y del francés, entre otros de Simone Weil, Friedrich Nietzsche, Immanuel Kant, Franz Rosenzweig, Maurice Merleau-Ponty o Emmanuel Falque.

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