Estado de Bienestar

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Se ha convertido en un lugar común afirmar que el actual Estado de Bienestar es insostenible. Abundan los augures que vaticinan su desaparición, sustituido el invento por un modelo mixto chino-estadounidense; el trabajo, chino; la “creación de riqueza” (es decir, los movimientos del capital, siempre codicioso), norteamericana. Este tipo de augures de la extinción del Estado de Bienestar coinciden —sin notables excepciones— en su desprecio profundo por el trabajo, el tiempo de trabajo. El modelo de trabajador del siglo XXI es el del siglo XIX: infrapagado y sobreexplotado, carente de derechos o con derechos menguantes. Un horror. Pero así es el capitalismo. Sin discusión. En tratándose de dinero, no caben escrúpulos, ni códigos morales. Lo financiero siempre estará por encima —cual estamento del Antiguo Régimen— de lo productivo, y lo productivo siempre por encima de lo laboral.

 

Lo lamentable no es que el espíritu del capitalismo sea éste y no otro. Lo lamentable es que el Estado no entienda que para salvar el Estado de Bienestar hay que reinventarlo sobre nuevos presupuestos. Y es que el Estado, a su modo, también desprecia al trabajador, y al trabajo, al tiempo de trabajo.

 

Veamos:

 

A. Es preciso modificar por completo la doctrina fiscal. El Estado de Bienestar ya no lo paga el capital, sino el trabajo. Es imprescindible eliminar por completo la progresividad fiscal. Si la mayor parte de los impuestos fueran pagados por el capital —cosa que nunca ha sucedido— la progresividad fiscal estaría justificada; el único esfuerzo que modernamente debe hacer un capitalista para aumentar su capital es pulsar muchas veces al día la tecla “enter”. Pero no es el caso: la mayor parte de los impuestos proceden de las rentas del trabajo. La progresividad fiscal es un concepto que desprecia obscenamente el hecho de que el dinero ganado con trabajo no equivale al dinero ganado moviendo dinero, es decir, capital. Hay que eliminar la progresividad fiscal por completo. Entiéndase: un veinte por ciento de las rentas de trabajo de alguien que gane mucho equivale a las mismas horas de trabajo de alguien que gane poco, esto es un veinte por ciento. El que gane mucho aportará mucho más que el gane poco, y el que gane poco —por pura lógica solidaria— se beneficiará del estado de Bienestar mucho más que el que gane mucho.

 

B. Es preciso modificar el concepto de “derechos sociales”. No hay derecho a recibir sin la obligación de devolver. El Estado de Bienestar debe sustentarse sobre la reciprocidad: las becas, por ejemplo, deben ser reversibles. Los alumnos que abandonan sus estudios o fracasan en ellos deben abonar el importe íntegro de su plaza escolar. Las subvenciones deben ser sustituidas por préstamos a largo plazo, sin intereses. El obsequio de bienes inmuebles debe desaparecer, sustituido por alquileres en función de la renta.

 

C. El fraude fiscal debe ser reprimido con dureza. Desaparecida la progresividad fiscal y reformado el Estado de Bienestar, el fraude carece de la comprensible justificación del expolio fiscal. Si todos los contribuyentes dedican el mismo número de horas de trabajo (expresado en un tanto por ciento impositivo fijo y universal) a contribuir al mantenimiento del Estado de Bienestar, ninguno puede arrogarse el derecho moral a defraudar.

 

En la actualidad, un contribuyente cualquiera puede preguntarse lo siguiente: “¿Por qué tengo que trabajar yo más que otro para pagar mis impuestos? ¿A santo de qué?”.