Estado de excepción poética (Desplazamientos/1)

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Hay una figura retórica, clásica donde las haya, que consiste en el desplazamiento de un calificativo o complemento desde una cosa a la que, en buena lógica, bien cabe aplicar ese calificativo a otra distinta en cuya aplicación queda suspendida la lógica ordinaria. Se llama hipálage, que viene de la palabra griega hypallagé, cambio en español, y no habrá lector de poesía que no se haya tropezado con alguna que otra en sus lecturas. “El pañuelo silencioso del estrangulador”, escribió por ejemplo Jorge Luis Borges. Los pañuelos, si bien se piensa, ni son silenciosos ni dejan de serlo en sí mismos; guardados en un cajón —exactamente igual que los tambores— no producen ruido, pero sacudidos por el viento o rasgados con violencia puede que sí. En el ejemplo antes citado, quien puede o no hacer ruido es, en buena lógica, el estrangulador. Pero eso en buena lógica, es decir, por coherencia o sentido común, porque lo que es en lógica poética eso es, literalmente, otro cantar.

            Como primer corolario de cuanto que antecede, según como vamos razonando o con las palabras con las que lo vamos haciendo, cabría deducir que la lógica poética, careciendo de la coherencia o sentido tenidos por comunes, no sería entonces “buena lógica”. Lo que tampoco tiene por qué querer decir sin embargo que sea en principio taxativamente ‘mala’. Será a lo mejor, como suele suceder, buena para unas cosas y mala para otras o, por mejor decir, valdrá o será apropiada para unos menesteres y no para otros, para los cuales, no obstante, toda vez que no sirve o no tiene valor para ellos, será inútil y hasta tal vez, como también suele suceder con las cosas inútiles, puede incluso llegar a ser no sólo inútil sino directamente contraproducente.

 

            Por de pronto, claro, la lógica poética, conforme su propio sintagma indica y no podía ser menos, vale para la poesía, y las buenas hipálages, como en el caso citado, producen un beneficio estético, un placer poético en el lector o el oyente que pueden llegar a ser placer y beneficio no sólo fónicos o sensoriales sino engendrados por esa peliaguda y asombrosa producción que es la producción de significación. Así que recursos como la hipálage, basados en esos cambios y desplazamientos, se tienen bien ganado su prestigio poético. Valen, o son buenos o apropiados, para ello.

 

            Ahora bien, esos mismos recursos, esos mismos cambios o desplazamientos —esa lógica poética—, ¿valen, pongamos por caso, para la política?, ¿son de recibo, esto es, son lícitos para la lógica del discurso político?

 

            Independientemente de que valgan o no para la lógica política, de que sean apropiados para el discernimiento político o bien por el contrario sean inútiles o incluso contraproducentes (y contraproducente en política a veces hay que traducirlo por catastrófico, en su sentido más original de destrucción o tragedia), lo cierto, lo reiteradamente cierto y documentable no sólo históricamente sino, con especial énfasis, en la más rabiosa actualidad, como se decía antes, es que el discurso político recurre continuamente a ellos y que no son pocos los profesionales de la política que hacen constante uso de esos recursos poéticos para menesteres estrictamente políticos, y no vaya a creerse que para cosas baladíes o de adorno, sino para fundamentar o justificar muchas veces prácticas y decisiones políticas de calado con una lógica que, en principio, es la propia de la poesía. Claro, que hay que verlo,  y no siempre está el personal, o más bien lo está muy pocas veces, para esas gaitas del fijarse mucho.

 

            Así que veamos un caso del día anterior por ejemplo al que se escribe este texto. El secretario general de Política Lingüística de la Generalidad de Barcelona, en declaraciones recogidas por los periódicos el 31 de marzo de 2010, afirmó con rotundidad, ante preguntas sobre la discriminación que sufren en sus derechos quienes hablan en español en Cataluña (a los que habría que añadir cuantos sencillamente se sienten discriminados por el hecho mismo de que exista discriminación donde viven, es decir, cuantos sienten la dignidad de su ciudadanía), que “las lenguas siempre discriminan”. Vaya, eso sí que es una noticia, que sean las lenguas, que bastante tienen con ser lo que son, las que resulta que ahora se han puesto a discriminar, es de suponer que con su aparato legal y policial incluidos en el sistema de la lengua; de modo que hicieron bien los periódicos que la dieron.

 

            En buena lógica, yo no he visto en los días de mi vida, ni creo que realmente se pueda ver, a nadie discriminado por una lengua, es decir, tenido a menos o tratado como inferior o bien marginado en el modo que sea por una lengua propiamente dicha y entendida, sea ésta la que sea. En lógica poética sí, en lógica poética la frase desde luego es de recibo, con independencia del beneficio estético o del placer poético que pueda propiciar; pero no en buena lógica, pues, como cualquier persona con sentido común o un mínimo de coherencia sabe, a uno lo podrán discriminar en todo caso personas que hablan —o instrumentalizan— una determinada lengua, pero no la lengua en sí. O más bien lo podrán discriminar, como de hecho sucede, las “políticas lingüísticas” y las Secretarías de Políticas Lingüísticas, sin ir más lejos como la que el autor de la mentada frase dirige. El flamante director general de esa secretaría ha utilizado pues un recurso poético, un desplazamiento silencioso, a la chita callando —valga también la contradicción porque lo hizo en un acto público—, del tipo del estrangulador de Borges antes citado, para fundamentar un discurso que no tiene nada de poético sino que es estrictamente político y tiene claras y onerosas (estranguladoras) consecuencias políticas. Son las políticas lingüísticas las que discriminan, no las lenguas, como querría la hipálage poética que ha usado tan campante.

 

            Si fueran las lenguas las que discriminaran, cada una en su sitio como viene a decir a continuación el bardo (sic) con un también desplazado sentido equitativo, entonces las políticas lingüísticas y los políticos lingüísticos estarían, de rebote, por encima de toda sospecha. ¿Que si valen esos recursos poéticos para la política, nos preguntábamos arriba?, ¿que para qué valen o son apropiados?

 

            Su valor es el valor del gato por liebre, el valor de la marrullería, el valor del ardid y el fraude como fundamento de la lógica política, como expediente para la elaboración de un discurso político sistemáticamente marrullero y fraudulento que suspende la lógica ordinaria y da lugar a un estado de excepción poética en el que se sustenta una práctica política como práctica consecuente del gato por liebre sistemático al que tan acostumbrados nos tienen los políticos que ni siquiera nos damos cuenta de toda la mercancía que nos pasan de matute. Para ello valen, sí, y son apropiados políticamente esos recursos —en el sentido también que le da a ese término Fernando Savater en “Lengua propia o apropiada?” (El País, 16 de marzo de 2010)—, para pasar mercancía de matute, para colarnos de extranjis goles clamorosos en términos de discurso y razonamiento y, también, en términos de justificación de los cada vez más imponentes y costosos aparatos de Política Lingüística que esos discursos fundamentan en algunas autonomías, y que suponen, en esta época de crisis que acogota tan angustiosamente a tantas personas, uno de los despilfarros que, sobre ser más ofensivos para los ciudadanos de a pie, son también tal vez no sólo inútiles sino contraproducentes a la corta o a la larga para la mayor parte (excepto para quienes medran a las ubres del engorde de esos mismos aparatos).

 

            Fue la Revolución francesa, según por ejemplo Bourdieu, la que corroboró el valor de lo que desde Bloomfield se denomina “comunidad lingüística”, esto es el valor que supone contar con una lengua común para la economía y el bienestar y para el progreso y el comercio y la convivencia. Desde entonces, y en España desde antes, ese valor llevaba siglos fuera de dudas. Lo que no quita (no hay que olvidarse de decirlo hoy día en nuestro país, por más obvio que sea, porque de lo contrario te vas al infierno político de cabeza) para que otras lenguas que no gozan de ese estatuto de realidad no tengan otros valores como tales lenguas. Pero, contrariamente a ese reconocimiento diríamos que de sentido común si éste no fuera tan poco común como suele atestiguarse, en España, justamente en la época en que podía haber habido mayor disponibilidad monetaria para construir y fortalecer un sistema de bienestar y justicia y de arreglo y riqueza duraderos, les ha dado a algunos políticos (que han ido haciendo recua cada vez con más) por llevarnos a la construcción de naciones, construcción también por supuesto, no faltaba más, pero construcción poética donde las haya, y a lo que Ramón Lodares llamó con tino “inversión en fragmentación lingüística”, en socavar y despreciar el inapreciable valor de la lengua común y la comunidad lingüística que, frente a otros países, tenemos. En lugar de invertir en una cosa dinero y voluntad e inteligencia —vamos a poner también poesía— se ha invertido en otra. Así de simple.

 

            Las consecuencias de esa opción histórica y política —¿o va a resultar que también era poética?—, de esas verdaderamente ingentes inversiones de esfuerzo y dineros en “discriminaciones positivas”, en “construcciones nacionales”, en “fragmentación lingüística” o “promociones de la realidad plurilingüe” (así rezaba el premio de las Secretarías de Política Lingüística de las autonomías con otras lenguas oficiales además del español en cuya concesión se realizaron las declaraciones que nos han servido de ejemplo), tanto para la convivencia política como para el desarrollo económico y social van a pesarnos durante mucho tiempo. Sin olvidar las consecuencias para el discernimiento: “discriminación positiva”, “promoción de la realidad” y demás sintagmas por el estilo, cuando no constituyen una mera chocarrería o no pertenecen a la pura y contradictoria lógica poética de estética fruición, a lo que más me temo que remitan es a ecos de ese lenguaje del Tercer Reich que tan bien anotó Victor Klemperer.

 

            ¿No estaría Platón, al proponer despachar a los poetas de la cosa pública, diciendo sencillamente que una cosa es la lógica poética y otra la política, y que más saludable sería —para la política, y por lo tanto para los ciudadanos, pero también para la poesía— y mejores beneficios —políticos y poéticos— traería aparejados tener a una cosa distante de la otra y no entrometidas?

 

            Para concluir, permítanme una modesta propuesta en esta época de crisis que, según van toreando nuestros siniestros diestros (o diestros siniestros), lo más probable es que vaya a hacer de nosotros de nuevo ciudadanos de un país de tercera: la eliminación por decreto de sentido común de todas las Secretarías de Política Lingüística, la supresión —en esa absolutamente necesaria política de desinfle de la hinchazón y sinrazón burocráticas que ha generado el Estado de las Autonomías— de su enjambre de funcionarios, comisarios y paniaguados, con el consecuente ahorro de ese colosal despilfarro de dinero público que bien podría emplearse, invertirse, en otros más acuciantes, valiosos y rentables menesteres “en buena lógica”.

Escritor, natural de Soria (1956) y vecino actual de Trieste, Italia, país en el que lleva vivendo más de 25 años. Su novela más reciente es Ojos que no ven (Anagrama, 2010), a la que le precedieron, entre otros libros, Volver al mundo (Anagrama, 2003), su novela de mayor calado, y Un mundo exasperado(Anagrama, 1995). Por esta última recibió el Premio Herralde de Novela y en 2005 le fue concedido el Premio de las Letras de Castilla y León. Es también traductor y ensayista, y en 1987 fundó la revista Archipiélago, de reciente desaparición.