¿Estamos vivos?

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Los ojos inmóviles / las gemas en el fango

Ángel Petisme

 

La imposibilidad de recordar (aun sintiéndola punzante) la cándida inercia del pasado, ese tintinear de humos malos que hoy son tenue nebulosa. Ese es el perfume que destila y el marco en el que se inserta La mala raza (Bala perdida, 2019), de Nacho Escuín. Un conjunto de versos en el que la rebeldía pasa por aceptar que la única ideología que nos queda aguarda pérfida y silente en las tardes de domingo.

Mas aunque suena (o parezca) una derrota es solo poesía, como dice Escuín en el poema Tiempo atrás. Y, así, en cada uno de estos versos, aunque no siempre lo parezca, pero hay un fantasma “y veinte mil hombres y matices”. Lo que queda después de los “días de playa / y cerveza fría”. Un algo que es como de pólvora en las manos que se resiste por sobre el horizonte de un mar que “también se destruye / ola a ola”.

Un conjunto de poemas que lidian con la Incomprensión de lo real, el juicio de lo real. Poemas que se insertan en el punto medio de lo imposible y el absurdo. Unos muchos versos que entre sus intersticios buscan una esperanza huidiza e innoble. Una escritura tierna y frágil que se busca en el error, en los vértices del mundo.

El libro se divide en dos partes: La mala raza y Portfolio I (Retratos). En el primer tramo, la constante es un sonar difuso de las penurias pasadas, cifradas en versos que aceptan esa resistencia de las cosas, ese sonar incomprensible (pero consentido) del dolor. El futuro concebido como ensoñación, el presente visto como un lugar sitiado en el que solo queda espacio para la felicidad, que se nos presenta en una búsqueda lenta, pero firme. Una quietud que se despoja del deseo, la memoria y la eternidad. Un quedarse aquí, entre el asfalto. Con la mirada perdida y el ansia del poema; siempre el error del poema, entendido como la mejor felicidad.

El segundo tramo del libro es un hacerse fotografías mirándose (y buscándose) el poeta en retratos ajenos. Un intento por recordarse en los reflejos de los otros. Un saberse muerto, pero vivo en los demás. Un canto al temblor y a la vida. En esta segunda parte hay una nostalgia de la voz y el poema. No es baladí, en este sentido, el homenaje umbraliano del último texto (Mortal y rosa), en el que Escuín escribe que “estás fuera del mundo, / el propio mundo así lo ha decidido”. Esta segunda parte es, por esa misma razón, un volver al origen. Como un acto de sanación; una segunda oportunidad -quizá- para volver(se) a sentir vivo. A pesar del riesgo, a pesar de la esperanza. A pesar, precisamente, del poema; esa (infausta) alcurnia del hambre y la soledad a la que este poemario rinde ambigua pleitesía.

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