Estampa veraniega en blanco y negro

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El muchacho completó otro largo más, esta vez a crol, y al sacar la cabeza del agua vio que sus dos amigas seguían sentadas en el trampolín.

 

-Ya han llegado, le gritó una.

 

-¿Vas a salir del agua o qué?, le espetó la otra.

 

Las dos estaban muy repeinadas y como vestidas para ir de fiesta, una con un vestido amarillo y la otra de verde. El muchacho no les hizo ningún caso y se sumergió otra vez hasta tocar el fondo con los pies. Cuando volvió a emerger, escuchó la misma cantinela.

 

-Sal de una vez – le rogó la del vestido amarillo.

 

-Si no te das prisa, después no habrá tiempo – advirtió la de verde.

 

El muchacho hizo una última pirueta en el agua y fue luego braceando tranquilamente hacia la escalerilla. Anochecía. Un señor mayor, enfundado en un mono azul, gritó desde el otro extremo de la piscina que no volviera a meterse, que iba a empezar a echar el cloro. El muchacho salió del agua y las chicas lo siguieron.

 

-Que conste que nos lo prometiste.

 

-Yo no prometí nada.

 

El muchacho estaba ahora envuelto en una inmensa toalla y miraba risueñamente a sus amigas sentado en una de las muchas tumbonas que había por el solario. Súbitamente las bombillas de la pérgola se encendieron y, casi al momento, se fueron iluminando todas las farolas que llevaban a la pista de baile. Olía a cloro. La brisa que venía de la sierra sacudía levemente los toldos de los bungalós del fondo. Se oía el chorro de la depuradora con su constante gluglú y por la superficie de la piscina, entre azul y tenebrosa, los reflejos de las luces destellaban en el agua como anzuelos plateados.

 

-Les vimos llegar en una camioneta. Están ahora tomándose una cerveza. Es el momento de pedírselo.

 

El muchacho se hacía de rogar.

 

-Dejadme primero que me tome un bocadillo y en cinco minutos estoy en la pista de baile

 

Las chicas se fueron yendo hacia la pista. La del vestido amarillo, antes de salir del recinto, se volvió.

 

-Que no se te olvide, ¿eh?

 

Cuando el muchacho entró en el bungaló se lo encontró todo a oscuras. Su madre no estaba. Ni su hermana. Ni su padre. No entendía muy bien su ausencia, pero se puso a toda prisa unos pantalones, un niqui y las playeras; y después, ya en la cocina, se preparó un bocadillo con los embutidos que encontró en la nevera. Masticando todavía, llegó a la pista de baile. Al principio no vio a las chicas ni tampoco a ninguno del conjunto. Varios matrimonios estaban ya sentados en las mesas cercanas al escenario, pero todas las otras mesas se encontraban aún vacías, como lo estaba la pista de baile, medio en penumbra, con un desangelado tintineo de bombillas colgadas por los aligustres y los macizos de boj. El muchacho miró a uno y otro lado. De los cuartos de baño vio salir a sus dos amigas, que venían con otra chica muy delgadita y algo más pequeña. El muchacho se dirigió a esta última.

 

-¿Sabes dónde está mamá?

 

-Fue a recoger a papá a la estación.

 

– Si nunca lo hace…

 

-Pues lo ha hecho esta vez, fue la seca respuesta de la hermana.

 

La chica del vestido amarillo, con cara de pocos amigos, le señaló el camino del camerino, un antiguo bungaló al final de la pista, medio escondido entre unos arbustos, que en los meses de verano se utilizaba para acoger a los artistas. La chica de verde, manoteando con sus brazos regordetes, le echó en cara su tardanza.

 

-Hasta hace un minuto han estado ahí, en la barra.

 

-¿Y por qué no le habéis pedido el autógrafo vosotras?

 

-Tú dijiste que lo harías. A nosotras nos da cosa.

 

El muchacho se echó a reír, pero la verdad es que a él también le daba cosa llamar ahora a la puerta del camerino.

 

-Lo prometiste, insistió la del vestido amarillo, cada vez más frustrada.

 

-Dame ese papel y lo hago yo, dijo con determinación la chica delgadita.

 

-No, eso es cosa mía, atajó el muchacho, que no quería perder prestigio delante de sus amigas y menos a costa de su hermana.

 

Se fue yendo con cierto titubeo. Afortunadamente, al llegar al camerino, se encontró con la puerta abierta. Otra adolescente se le había adelantado. Desde dentro Leslie, el famoso cantante de los Sirex, le hizo señas para que pasara.

 

-Venga, entra, que en seguida nos tenemos que ir a cenar.

 

Ahí estaba el cantante, sentado en un viejo sofá, rodeado de bultos y bolsas, mientras le escribía una dedicatoria a la chica en la portada de un disco. El muchacho se estuvo fijando en las chorreras de la camisa que lucía el cantante, en los pantalones de terciopelo azul, en sus botines de tacón. El recuerdo televisivo que guardaba de él contrastaba grandemente con esta estrafalaria vestimenta del simpático y sonriente Leslie. El cantante terminó de escribir la dedicatoria y le entregó el disco a la chica, que tras unas risitas nerviosas se retiró sin apenas decirle adiós ni darle las gracias. Otro miembro del grupo, algo mayor y bastante más feo, entró en la salita y fue también a sentarse en el sofá.

 

-Y Ud., caballero, haga el favor de identificarse. Nombre, edad, profesión…

 

El muchacho dijo que se llamaba Juan Luis y que tenía trece años, aunque en realidad no los cumplía hasta finales de diciembre.

 

-¿Y le gusta a Ud. nuestra música?

 

El muchacho dijo que sí, pero que estaba allí por sus amigas, que estaban como locas por conseguir un autógrafo.

 

-¿Y por qué no han venido ellas personalmente?

 

-Es que les da vergüenza.

 

-No me extraña, chanceó el feo. Con este sinvergüenza…

 

Leslie se levantó del sofá e hizo un amago de darle un cachete a su compañero, tras de de lo cual le pasó el papel para que lo firmara.

 

-No, no, intervino el muchacho. Quieren solo el autógrafo de Leslie, del cantante. Si no, son capaces de matarme.

 

El feo se hizo el ofendido y de un brinco se salió de la sala. Leslie soltó la carcajada.

 

-¡Eso sí que ha estado bien!

 

Luego el cantante de los Sirex cogió el papel que le había dado el muchacho y lo estrujo entre sus manos. El muchacho se quedó por un momento atónito. El cantante se fue hacia una bolsa de deportes que tenía encima de un aparador y sacó de una carpeta varias fotos.

 

-Hay que tener un respeto por mis admiradoras. ¿Cómo se llaman las vergonzosas?

 

-Una se llama Lola y la otra Paloma.

 

Leslie extendió sobre la mesa del sofá dos cartulinas con la fotografía del grupo y se dispuso a escribir la dedicatoria.

 

-¿Y tú?

 

-A mí me da un poco igual.

 

-Tú eres muy machote para estas cosas, ¿no?

 

El muchacho esbozó una media sonrisa que no se sabía si era de satisfacción o de rubor. Leslie redondeó la rúbrica sobre la segunda foto y luego le echó un guiño malicioso.

 

-Apuesto a que esta Lola te gusta mucho.

 

-Bah, dijo el muchacho. No mucho.

 

-¿No mucho? Pero la otra sí que te gusta, ¿me equivoco?

 

El muchacho volvió a esbozar una medio sonrisa ruborosa. El feo entró de nuevo en la sala haciendo muchos aspavientos y señalándose el reloj de pulsera y, casi simultáneamente, desde otra habitación, una voz de barítono gritó que se dieran prisa, que se les echaba el tiempo encima. El muchacho, antes de despedirse, le pidió al cantante que durante el concierto le dedicara la canción de “La escoba” a su madre.

 

-¿A tu madre? ¿Y no sería mejor a Paloma? ¿O a Lola?

 

-No, a mi madre. Es que le gusta y sé que le haría ilusión.

 

Cuando el muchacho regresó a la pista ya no había ni una sola mesa libre y sobre el escenario un hombre con chaqueta blanca cantaba malamente en español una canción de Tom Jones. Paloma y Lola, excitadísimas con sus fotos dedicadas, le atosigaban a preguntas. Sin embargo, el muchacho no soltaba prenda y se limitó a preguntar por su hermana.

 

-No te preocupes por tu hermana. Se ha ido a jugar al Palé con las Trujillo.

 

-Bueno, me voy entonces a casa.

 

-Vendrás al concierto después, ¿no?, oyó que le decían a sus espaldas, pero ya la figura del muchacho se iba alejando por el camino que llevaba a los bungalós de la piscina. Al llegar al suyo, vio la luz de la cocina encendida y se fue acercando despacio, como si presintiera lo que se iba a encontrar. Entre los visillos podía distinguir a su madre. Estaba llorando. Lloraba una vez más. Lloraba como había estado llorando todo aquel verano.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.