Estampa veraniega

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En el mes de agosto me recluyo en la sierra de Madrid y solo estoy para la familia, pero como no quiero dejar el blog en blanco, como el año pasado por estas fechas, se me ha ocurrido colgar algunas estampas o viñetas que escribí allá en mi veintena, hace casi treinta años. Mi intención de entonces era dejar, como en una foto hecha con palabras, un momento fugaz vivido por gente cercana a mí o por mí mismo. Supongo que mi inspiración estaba en los autores que siempre he admirado, en el primer Baroja, en Hemingway, en Chejov, aunque no debió parecerme gran cosa cuando se quedaron olvidadas en el fondo de un cajón. Esta mañana, ordenando papeles, me las he encontrado y dos o tres (de las siete «estampas» que escribí) me han hecho gracia. Será que uno es más indulgente con la edad. Transcribo la primera y, si me da por ahí, colgaré la semana próxima otra relacionada también con el verano. Que lo disfruten (el verano, si no la estampa).

 

Una estampa veraniega en sepia

 

Todo el pueblo de Valsaín, a las tres de la tarde, estaba metido en sus casas. Ni los tordos se atrevían a volar más allá del puente. El pasto se veía más pajizo y más reseco que nunca. Alguna vaca estaba recostada a la sombra de un árbol, en mitad de la llanura, con los Siete Picos al fondo. Abajo, en el río, el reverbero del sol acentuaba aún más la canícula. La joven echó una última mirada y fue luego bajando dificultosamente, con su gran toalla blanca, su bolsa playera y los palos de la sombrilla colgados del hombro. Al llegar al prado, clavó el palo, montó la sombrilla y extendió la toalla por la hierba. En seguida llegó correteando una niña de unos diez años, que era una especie de versión diminuta de la joven.

 

-¿Me puedo bañar ya?

 

-Todavía no. Falta más de una hora. Te dije que te quedaras en casa.

 

-Qué graciosa. Tú puedes y yo no.

 

-Yo no me voy a bañar. ¿Por qué no te bajas el libro que estabas leyendo?

 

-Lo terminé ya. Déjame bañarme.

 

-¿Quieres que te dé un corte de digestión y ahogarte como se ahogó aquel soldado?

 

-El soldado se ahogó en la presa. Aquí apenas cubre. Déjame bañarme.

 

-Ve a pedírselo a mamá. A ver qué te dice.

 

La niña se quedó enfurruñada y pensativa, de brazos cruzados, sentada en una esquina de la toalla. La hermana mayor sacó de la bolsa un tarro de Nívea, lo abrió y fue embadurnando los hombros de su hermana pequeña, que lo aceptó sin inmutarse. Las picajosas moscas empezaban a revolotear de un lado para otro con su molesto zumbido. El murmullo hipnótico de la corriente del río sólo lo interrumpía, de vez en cuando, el motor de un coche que se oía pasar por la carretera de La Granja. La joven, tumbada a lo largo de la toalla, se había puesto a escribir en un cuaderno.

 

-¿Qué escribes? – le preguntó la hermana.

 

-No te importa.

 

-Seguro que le estás escribiendo a él.

 

-No te importa, insistió la hermana mayor.

 

La niña se levantó y se subió hacia la casa. Pasaron los minutos. La joven terminó de escribir y fue a mojarse a la orilla. Se remojó los pies y se estuvo echando agua por el cuello y por la cara. Los escurridizos cantos del río se le aparecían, entre las transparencias de la corriente, como algo primigenio y remoto, como de un tiempo sin historia y sin nombres. Sintió pasos detrás de ella y se volvió.

 

El hombre que bajaba hacia el río tendría sus treinta años. Llegaba con una toalla al hombro y un bañador algo anticuado, como los que se ponía su padre. Saludó con una leve inclinación de cabeza y, sin más preámbulos, fue a zambullirse a una poza que se formaba unos pocos metros más allá, en un recodo del río. La joven sintió ganas de bañarse también, pero le pareció poco apropiado hacerlo mientras estuviera ese hombre allí y decidió esperar leyendo debajo de la sombrilla. El hombre estuvo su buen rato dando brazadas y luego fue a secarse muy cerca de donde estaba la joven.

 

-Tú bajarás a bañarte todos los días, me imagino.

 

La joven, sin apenas despegar la vista del libro que leía, contestó que sí, que bajaba con su familia. El hombre terminó de secarse y se sentó, tras ponerse unas gafas de sol, a unos metros de donde estaba ella. La chica lo miró de refilón y pensó que era un hombre muy apuesto y pensó también que dónde diablos estaba su hermanita y pensó, por fin, que este hombre no debería haberse sentado tan cerca. El hombre permaneció recostado, con los codos sobre la toalla y la cabeza muy erguida. El zumbido de las moscas era lo único que se oía hasta que el hombre volvió a romper el silencio.

 

-No parece haber muchos veraneantes este año.

 

La joven apartó el libro a un lado y aceptó finalmente la conversación.

 

-Casi todos los veraneantes se quedan en La Pradera –le aclaró. Por las tardes no suelen venir al río.

 

-¿Y los soldados no se pasan por aquí?

 

-Los soldados vienen solamente los fines de semana

 

La joven, un poco atolondradamente, le preguntó entonces al hombre si estaba haciendo el servicio militar.

 

-¿Yo? Dios me libre. Ya hice yo mi mili bastante tiempo atrás. Muy cerca de aquí, por cierto.

 

-¿Dónde, en el campamento de El Robledo también?

 

El hombre se limitó a sonreír, pero en esa sonrisa estaba dicho todo. La joven -que era muy joven, pero nada tonta- cambió rápidamente de tema.

 

-¿Veranea Ud. en Valsaín?

 

El hombre negó con la cabeza.

 

-Iba en la moto a Segovia y se me ocurrió darme un baño en el río, como cuando hacía la mili por estos montes.

 

El hombre se fue a levantar para marcharse, pero la joven le hizo otra pregunta. Hablaron entonces de la vida que hacían y ella le dijo que estudiaba segundo de Filosofía y Letras y él le dijo que era practicante, aunque antes de la guerra iba para médico. Le dijo también que trabajaba en un pueblo de Madrid, en Colmenar Viejo. Hablaron luego del libro que la joven estaba leyendo, pues el hombre lo había leído también, y de El idiota y de Los hermanos Kamarazov… En eso, la hermana pequeña llegó toda excitada gritando que Manolete, el torero, había muerto.

 

El hombre contestó que ya lo sabía, que se había muerto desangrado en una plaza de Jaén.

 

-Es una noticia tristísima, comentó la joven.

 

-Sí que lo es, ratificó el hombre. Pero era lo que la gente quería…

 

Y añadió:

 

-Yo lo vi torear hace un mes en Madrid y presentí algo, no sé.

 

El hombre miró la hora y se despidió a toda prisa, no sin antes decirle a la chica si podían volver a verse.

 

-No lo creo, dijo la hermanita, pues esta tiene novio.

 

La joven se sonrió. El hombre se sonrió. Y ya no se volvieron a ver más.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.