Estampas libanesas

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Los controles de pasaportes siempre me inquietan aunque los cadáveres que tenga que ocultar no sean competencia de los oficiales de extranjería. En el caso de los libaneses suelen ser bastante amables y dicharacheros. Me pregunta que a qué me dedico aunque claramente lo ponga en el permiso de residencia. Yo respondo con otra cosa totalmente distinta. No pasa nada, el tío sonríe ampliamente. Algún día le gustaría aprender español. Me pregunta que si soy de Madrid o Barcelona. Contesto que de Madrid, -aunque el pasaporte, una vez más, me lleve la contraria-, para complacerlo y que así pueda hablar un poco de fútbol. Me indica que he olvidado escribir mi número de teléfono en la visa de salida. Le doy mi trigésimo número de teléfono falso para que lo añadan en la lista. Me pregunta si me gusta el Líbano y yo, sin que se me mueva un pelo, digo con mi mejor sonrisa: “I love it”.

 

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Ali-Baba, en la carretera de Saida a Beirut. Una espaciosa y exquisita pastelería y heladería. Siempre paramos para hacer una pausa. Un viejo cascado y encogido entra con su vacilante bastón en una mano y el brazo cogido por un jovenzuelo  fornido, con pinta de ayudante de cámara, guardaespaldas o sobrino a punto de heredar. El abuelo se sienta solo en una mesa. Su ángel exterminador unos metros detrás. Un empleado le trae presto un buen fajo de billetes que el abuelo cuenta parsimoniosamente. La chica de los helados le tiende un vasito con una apetecible bola de fresa. Él la saborea mientras sigue enfrascado en su tarea de contar billetes de 100.  Tiene el aspecto de un viejo normal, camisa blanca, traje sin pretensiones y calcetines blanquecinos que le suben hasta la canilla.

Cuando salimos hay un enorme y glorioso Rolls-Royce estacionado delante de la puerta. Un chofer y una fulana rubia con licencia para matar le esperan dentro.

 

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Mi padre no debe de haberse enterado de que han secuestrado, brevemente,  a otros dos europeos, de lo contrario ya me hubiese escrito, triunfal, para demostrarme  que vivo en un país de mierda…Lo de los dos holandeses, éstos verdaderamente errantes, suena bastante turbio. Secuestrados en las cercanías de Baalbek, trasladados a la frontera siria, y devueltos a Líbano en cuanto los sirios se dieron cuenta de que al que tenían amordazado en la furgoneta era el agregado militar de los Países Bajos. Aquí, como siempre, nadie ha dicho esta boca es mía, todos estaban haciendo alguna chapuza o comiéndose un manushe en el momento de los hechos, pero no tengo yo tan claro que se trate de guerrillas armadas… Si no…¿Por qué solo secuestran a tíos rubios, macizos y deportistas…?

 

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Disfruto leyendo viejos titulares de prensa relacionados con la guerra civil libanesa. La noticia es de “El País”, de 1986:

“La precipitada huida de occidentales de Beirut Oeste se aceleró ayer tras la llegada a un diario de la capital libanesa de un vídeo que pretende probar la muerte en la horca del periodista británico Allec Collett, secuestrado en marzo de 1984. Seis profesores franceses, varios diplomáticos italianos, y un belga, en total más de 10 personas, dejaron durante la mañana el sector musulmán de Beirut en dirección al cristiano, primera escala de una repatriación que continúa en el puerto de Junieh y prosigue en Chipre. La salida de este grupo fue semejante a las que le han precedido en los últimos días: rostros desencajados, equipajes hechos a toda prisa, coches blindados, guardaespaldas de las embajadas, escolta de milicianos musulmanes hasta la línea verde, y de cristianos a partir de ahí”.

Ese Beirut imposible de reconocer hoy en día, hasta tal punto que ya resulta difícil determinar si esa capa de olvido que lo cubre todo es un castigo o una bendición.

 

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Nueva librería en Beirut dedicada a la cultura española. Estoy dispuesta a salir con lo que sea aunque luego tenga que emplearlo como eficaz método de planchado de camisetas. Finalmente me decanto más por el título que por el autor: “Bartleby y compañía” de Enrique Vila-Matas. No he leído nada de Vila-Matas pero en este preciso momento de mi vida me interesan especialmente todos los Bartlebys del mundo y sus desgracias íntimas. He llegado ya a la mitad y el autor, con su afán exhibicionista por enumerar todo lo que sabe y sin esforzarse demasiado en profundizar, ha conseguido lo inaudito: de la mala leche me he puesto a escribir.