Estoy ahí

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Estoy ahí. La silueta de los árboles ondea a un ritmo relajado sobre el atardecer. Estoy tranquilo y nervioso a la vez. Esta noche no conseguiré dormir. La brisa es cálida y el silencio impera. Casi no se oyen voces. Una pandemia ha azotado el mundo y el campus universitario de una pequeña ciudad perdida en mitad de Bulgaria se ha vaciado casi al completo. Quedamos pocos. Unos días más tarde, casi nadie. Las pocas voces que se oyen son las de la gente local, que poco a poco, como cada verano, hacen el campus suyo, cuando los estudiantes vuelven a sus países de origen.

Pero en ese momento yo aún estaba ahí, mirando las hojas siluetear en el cielo y pensando en lo mucho que necesitaba esa estampa. El invierno fue frío y, sobre todo, muy gris. Necesitaba esa brisa cálida de mayo y esos atardeceres despejados que parecen infinitos, en contraste con un invierno sin luz. Necesitaba ese momento, pero tenía miedo de que llegara. Y llegó. Al día siguiente cogí un vuelo dirección Madrid. Me marchaba de Blagoevgrad; me marchaba de Bulgaria, con la incertidumbre de si algún día volveré; con el miedo de que todo lo sucedido ahí sólo hubiera sido un sueño. Me daba miedo crecer y olvidarme de sentir como sentí en ese sitio. Me daba miedo que todo eso se desvaneciese poco a poco en el vórtice del tiempo hasta olvidar siquiera qué fue lo que pasó. Y me acojonaba el golpe de realidad que vendría una vez aterrizase en España.

Blagoevgrad es una pequeña ciudad situada en Bulgaria occidental, treinta kilómetros al este de la frontera con Macedonia del Norte y unos cien kilómetros al sur de Sofía, la capital del país, en el valle del río Struma, a los pies del macizo montañoso de Rila. Junto a los trece pueblos satélite que la rodean, forma la provincia de Blagoevgrad, que asciende a un total de unos 81.000 habitantes. Pero el número de residentes de Blago – así la suelen llamaraumenta cada año durante el curso. Este hecho provoca que su nombre sea famoso junto al de las principales ciudades búlgaras como Sofía, Plovdiv o Varna. En 1991, abría sus puertas la American University en Bulgaria (AUBG), la primera institución americana, de lengua inglesa y artes liberales de Europa del Este, que establecía su campus en esta pequeña ciudad.

A pesar de las teorías conspiratorias sobre la universidad como centro de operaciones de la CIA en Europa del Este tras la caída del comunismo búlgaro, la institución se jacta de ser la mejor entidad educativa de los Balcanes y de contar con estudiantes de cuarenta nacionalidades distintas en su pequeño campus. La ironía de que el edificio principal de la universidad, o main building, sea la antigua sede del Partido Comunista de Blagoevgrad habla por sí sola. El edificio preside la amplia plaza de estilo soviético Georgi Izmirliev-Makedonche, desde donde observa el centro peatonal de la ciudad que aún preserva una calzada romana y edificios del siglo XIX. Esta calzada se alinea con la famosa Cruz de Blagoevgrad y juntas actúan como ángel de la guarda de sus gentes.

Son esas gentes, su mezcla y su convivencia lo que hace de Blago un sitio peculiar. En el año 300 a. C, la cuidad era ya un centro de reunión de personas y culturas. Mucho antes de llamarse Blagoevgrad, nombre que recibió en 1950, la cuidad era un pequeño enclave helenístico que se había establecido sobre un antiguo asentamiento tracio. El sitio era conocido como Scaptopara (ciudad mercado en tracio) y era un punto de encuentro entre comunidades de otras regiones, que venían a comerciar y a intercambiar no sólo bienes materiales sino elementos culturales. Unos años después, en el año 48 a. C, Scaptopara se incorporaría al Imperio Romano junto al resto de Tracia e iría cambiando de nombre a lo largo de la historia al estar bajo los distintos imperios que se establecieron en la zona: primero, el Imperio Bizantino, al que le sucedió una época histórica desconocida hasta el día de hoy durante la Edad Media y, finalmente, el Imperio Otomano hasta 1913, cuando pasó a formar parte de Bulgaria tras la firma del Tratado de Constantinopla al final de la Guerra de los Balcanes (1912-1913).

A principios del siglo pasado, la demografía de Blagoevgrad era un fiel reflejo de esos siglos de diversidad cultural a lo largo de la historia. Convivían en ella búlgaros, turcos, valacos, romaníes, judíos y griegos, además de algunas oleadas de refugiados provenientes de Grecia y de la región de Vardar en Macedonia (actual Macedonia del Norte), que se establecieron en las décadas posteriores.

En la actualidad, Blagoevgrad es eso: nativos con variedad de orígenes y gentes de cuarenta nacionalidades distintas, provenientes desde cualquier punto del globo, que estudian cada año en sus universidades. Y, entre todos, hace justo un año llegué yo.

Los contrastes eran fuertes. La diferencia entre el campus universitario y el resto de la ciudad era abismal. Para una persona de Europa occidental como yo la arquitectura soviética era fascinante. Los edificios, altos y grises, tenían un aura misteriosa, como si fueran los esqueletos que se elevan testigos de un imperio extinto, lejano en el abismo del tiempo, que descansan años después, todavía en pie. Era curioso hablar con la gente local sobre esos tiempos. Algunos lo llamaban dictadura comunista, otros, gobierno socialista. Solo por cómo se referían a ella podías conocer sus opiniones. A veces, solo necesitabas observarlos y retratarlos. También me fascinaba la hospitalidad búlgara. De aspecto rudo y frío, parecían personas secas y lejanas, pero era romper esa barrera impuesta por los paisajes desolados y los inviernos fríos y eran personas de agradable conversación e interesantes historias. La gente de la edad de mis padres allí parecía diferente. Como si hubieran vivido más en el mismo tiempo.

Blagoevgrad también es el sitio donde vi niños pidiendo por la calle por primera vez en mi vida. Ese fue mi primer contacto con la comunidad romaní, que luego exploraría como periodista. Una comunidad que refleja el apartheid europeo, la segregación de una minoría nómada que no es respetada en ningún sitio en el que se ha asentado. Una negación completa y descarada de un racismo y una discriminación diarios, difíciles de creer dentro de la Unión Europea, en pleno siglo XXI, si no los observas en primera persona. Supongo que sucede demasiado al este como para que sea importante para el resto de europeos privilegiados.

Resultaba extraño llamar “casa” a ese lugar. Pero eso es lo que era. Desde la señora a la que hice un retrato la primera semana y que siempre me saludaba desde entonces, pasando por el guardia de seguridad del campus o la chica de la que me enamoré y con la que tuve la relación más bonita de mi vida mientras estuve viviendo ahí. Todo eso era mi casa y parte de estos son sus rostros. Y bien lo sabían mis guardianes nocturnos, que me acompañaban cada jueves de vuelta al campus desde el mítico garito Underground, algo pasado tras haber bebido más rakija de la necesaria. Hablo de los perros callejeros, aquellos sabuesos habituales en esa esquina del mundo donde el alfabeto latino pinta poco o nada.

Ese se volvió mi hogar durante 9 meses, sin darme cuenta de que lo estaba explorando no sólo como periodista, sino como persona. Y en este rincón tan abrupto y poco poblado logré mi principal sueño de adolescente: huir. Pero esta vez huía con un sentido. Llegué a Blagoevgrad siendo un estudiante de Erasmus del último año de carrera y me fui siendo un periodista consolidado. Y por el camino… viví, me enamoré, crecí.

Es amargo escribir estas palabras sabiendo que en un par de días hará un año desde que pisé Bulgaria por primera vez. A veces miro por mi ventana y veo las hojas de los árboles ondeando con la brisa cálida de la tarde madrileña. También se siluetean sobre el atardecer. Entonces cierro los ojos. Y estoy ahí.

 

Estos retratos forman parte de un artículo publicado anteriormente por el autor con el título «Faces of Blagoevgrad».

Javier Jennings Mozo es un joven periodista multimedia especializado en asuntos sociales. Tras pasar su último año de carrera de Erasmus en Bulgaria, quedó maravillado con el país y sus contrastes.

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