Estupidez

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Hace tiempo que la estupidez ha perdido su aura ignominiosa y se ha convertido en un defecto menor, casi en una anécdota del carácter. Rara vez pasa por estúpido el estúpido contemporáneo. Muy al contrario: se lo postula, se le escucha, se lo asciende y se le encomiendan un sinfín de tareas. El número de estúpidos es impreciso, aunque enorme. Ello se debe a que no existe estadística alguna sobre el fenómeno. La sociología opera sobre parámetros previamente definidos, y la estupidez es indefinible. No serviría de nada preguntar a un ciudadano cualquiera si se considera él mismo estúpido. Si dice que sí, seguro que no se trata de un imbécil, porque ningún imbécil reconocería abiertamente su imbecilidad. Se trataría, más bien, de alguien bastante inteligente que, ante una pregunta estúpida, responde con una estupidez deliberada, una humorada socrática. Los que respondería afirmativamente a la pregunta, en fin, serían muy pocos, un dato insignificante. Lo más probable es que casi todos los encuestados respondieran que no, de modo que no sabríamos cuántos son estúpidos y cuántos no lo son. Un estúpido diría que no, pero una persona normal también diría que no.

 

Tampoco serviría de nada preguntar a cualquiera si conoce a alguien estúpido en su entorno inmediato. La suma de muchos pequeños mundos de relaciones personales podría ser representativa. Si muchos encuestados declaran que tienen amigos estúpidos, compañeros de trabajo estúpidos o parientes estúpidos, se obtendría una impresionante muestra empírica de la relevancia sociológica de la estupidez. Pero la cosa no es fácil. En primer lugar, no sabemos si aquel a quien preguntamos es estúpido; si lo es, considerará estúpido a cualquiera que, en alguna circunstancia, lo haya puesto en ridículo u ofendido de algún modo. Los estúpidos son como los elefantes: no olvidan. Esto los diferencia de las personas dotadas de sentido común e inteligencia normal, poco partidarios de mantener sus enconos mucho tiempo. Esta particularidad de la estupidez, sin embargo, no permite saber si alguien es estúpido. Si afirma que conoce a muchos que lo son, esto no significa que él sea imbécil. Podría ocurrir que, siendo persona razonable, conozca por la índole de su ocupación  a muchos imbéciles. O puede ocurrir que se trate de un estúpido bobalicón que no quiere acusar a nadie de algo que él mismo no entiende, de modo que dirá que no conoce a ningún estúpido. Creeremos que es persona razonable, cuando, en realidad, se trata de un estúpido pluscuamperfecto.

 

Tampoco sirve la vía ensayística o especulativa. Robert Musil lo intentó en una célebre conferencia y no tuvo éxito. La estupidez es real, pero indefinible. Existe, pero es etérea.

 

Algo se puede decir, sin embargo, de la estupidez. Por ejemplo: una persona razonable prefiere a un gobernante malvado o cínico que a uno estúpido. El estúpido siempre preferirá al estúpido, por mera querencia de lo semejante. Un gobernante malvado posee sin duda un inteligencia preclara, aunque orientada hacia el lado oscuro de la vida. Llegado el caso, comprende como Macbeth que su hora ha llegado. Quizá se arrepienta. Quizá enmiende sus yerros. Un gobernante malvado, en todo caso, suscita el odio de sus gobernados, que acaban deponiéndolo.

 

El gobernante cínico también hace gala de inteligencia. No cree lo que dice porque sabe que lo que dice es falso. Promete sabiendo que sus promesas son desmesuradas o irrealizables. Engaña sabiendo que engaña. Tarde o temprano, el cínico acaba al descubierto.

 

El gobernante estúpido, en cambio, no sabe que engaña cuando engaña. No miente cuando miente porque no sabe que miente. No se equivoca porque tampoco sabe cómo acierta cuando acierta. El gobernante estúpido se guía por impulsos, no por ideas. Actúa sin medir las consecuencias de sus actos, suponiendo siempre que sus actos carecen de consecuencias.

 

También se puede decir de la estupidez que es la más letal de todas las formas de gobierno. Ay del país gobernado por un imbécil. Qué negro destino le aguarda.