Europa, 1931

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«El año 1931 fue poco alegre en París; la crisis económica se extendía; los tenderos se arruinaban, los talleres de las fábricas se cerraban. Empezaron a alborotar diversas organizaciones fascitas: las “Cruces de fuego”, la “Juventud patriótica”, la “Solidaridad francesa” […] Se enterró con toda pompa al mariscal Joffre y los periódicos evocaron la victoria del Marne. De todos modos, dedicaban mucho más espacio a una victoria reciente: en el concurso entre las jóvenes más hermosas, el título de “miss Europa” había sido concedido a una francesa. Alemania seguía armándose. Los parisienses se extasiaban con la estrella de cine Marlene Dietrich. Los realistas, en la plaza de la Concordia, aclamaron al rey Alfonso XIII, a quien los españoles habían arrojado de España. Debido al paro forzoso, se habían hecho más frecuentes».

 

El escritor y periodista ruso Iliá Ehrenburg recorrió Europa durante los años 20 y 30 informando para medios de su país del convulso período de entreguerras. En sus memorias –Gentes, años, vida-, un valiosos documento para entender el ambiente político y artístico en aquellos años, deja constancia de cómo la crisis de 1929 comenzó a ensombrecer el futuro del sistema económico capitalista y a condenar la estabilidad de los primeros gobiernos liberales que había conocido el continente.

 

Los discursos que los nacionalsocialistas voceaban en las tabernas alemanas acallaban los estériles debates en los parlamentos. El nacionalismo se imponía en el continente en toda su gama de tonalidades y el malestar se extendía como una mancha de tinta china en un lienzo blanco de algodón: desempleo masivo, una sucesión de medidas políticas desacertadas, rearme alemán, consolidación de la Unión Soviética como potencia imperial, con su restauración de las viejas fronteras zaristas, etcétera.

 

El final del mundo conocido no comenzó con una mutilación violenta, sino más bien con una gangrena progresiva que no fue tratada a tiempo. Citando a T. S. Eliot:

 

Así es como acaba el mundo
Así es como acaba el mundo
Así es como acaba el mundo
No con un estallido sino con un quejido.

 

«En otoño de 1931, se produjo en mi vida un importante acontecimiento: vi España por primera vez. El viaje que hice a este país no fue, para mí, uno de tantos, sino un descubrimiento: me ayudó a comprender muchas cosas y a decidirme a hacer muchas otras».

 

La República, proclamada tan sólo unos meses antes, en abril, apenas había podido realizar cambios materiales significativos. Ehrenburg señala que «los ministros eran unos novatos, mas los policías podían enorgullecerse de poseer una larga hoja de servicios. Los republicanos cambiaron el nombre a todo: a las instituciones, a las calles, a los hoteles; mas las personas que habían servido al rey permanecieron en sus puestos».

 

 

El entusiasmo revolucionario, nacido de la desesperación y no siempre bien avenido con la sensatez, se enfrentaba frontalmente al espíritu represor de las autoridades y corría la sangre. El país caminaba hacia el abismo cainita.

 

«Las revoluciones casi siempre comienzan idílicamente: la gente canta, mitinea, se abraza. Yo llegué cuando la época de las carantoñas ya se había terminado. Todos los días la guardia civil disparaba contra los que “alteraban el orden”. Se declaraban huelgas. Estando yo en Badajoz, hubo tiros. También los hubo en Madrid: dispersaron una manifestación. En Sevilla vi al gobernador que decía: “Ya es hora de plantar cara a los obreros…”. Estuve presente en una sesión de Cortes; tomó la plabra Miguel de Unamuno, habló con bellas palabras sobre el alma del pueblo, sobre la justicia. Aquel mismo día, en Extremadura, los civiles mataron a un pobre que se había atrevido a recoger bellotas de la tierra de un marqués huido.

 

En Madrid y en Málaga se veían ennegrecidos los monasterios y las iglesias incendiadas en primavera: la gente se había vengado de la opresión, por los tributos, diezmos y primicias, por el sofocante ambiente de los confesionarios, por tanta existencia hundida, por la niebla que durante siglos se había cernido sobre el país. En ningún lugar la Iglesia católica había sido tan omnipotente y tan feroz. En la catedral de Málaga, unas mujeres se arrastraban por las losas del suelo implorando perdón, mientras un monje de rostro afilado y ojos malignos tronaba acerca del próximo castigo. Los periódicos católicos describían toda clase de milagros: la Virgen aparecía casi tan a menudo como los guardias civiles, e invariablemente condenaba a la República».

 

Ehrenburg regresaría a España para informar sobre la breve y fracasada revolución asturiana de 1934. Y un par de años más tarde para cubrir la guerra civil comenzó su representación más dramática en 1936 pero que, en realidad, había comenzado ya en abril de 1931.

 

 

 

    Represión en las cuencas mineras asturianas tras la Revolución de 1934

 

 

*Las citas de las memorias de Ehrenburg provienen de la edición mexicana publicada en 1966 por la editorial Joaquín Mortiz, en traducción de Augusto Vidal.