Exclusión política: un problema de salud democrática desatendido por la izquierda

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Algunos datos de las pasadas elecciones generales volvieron a recordar el problema de la brecha de participación política existente entre los distritos de clase media-alta y los barrios obreros. Pongamos algunos ejemplos: en el distrito de Salamanca, en Madrid, la participación fue de un 82%, frente a la del 72% de Villaverde; en Gracia, en Barcelona, votó el 81% del censo, frente al 77% de Horta-Guinardó (donde se encuentra El Carmel y que vivió en estos últimos comicios una mayor movilización: en las anteriores elecciones generales la participación fue de un parco 66%); en Sevilla, en Los Remedios la participación fue de un 84%, mientras que en Distrito Sur (que incluye a las 3.000 viviendas) apenas rozó el 73%; en El Ensanche valenciano, votó un 84% del censo, mientras que en Poblados Marítimos (el distrito de El Cabanyal) sólo el 72%.

La brecha, en esta muestra aleatoria de barrios de diferencias ciudades, entre los barrios ricos y los pobres es de alrededor de diez puntos a favor de los primeros.

En las elecciones municipales, en concreto en Madrid, se observó una pauta parecida: la abstención en Villaverde rozó el 40% y en Usera superó el 42%, mientras que en Salamanca fue de un 27% y en Chamberí, del 25%. Conviene aclarar que éstos fueron unos comicios, en particular en la capital española, de desmovilización de los barrios populares y de mayor activación de los de población más adinerada. Y ello después de cuatro años de un “Ayuntamiento del cambio”. Aquí reflexionamos sobre ello.

El último informe Foessa, referencia ineludible para conocer al detalle la situación social de España, realiza un análisis mucho más sistemático y general de la cuestión que hasta ahora sólo hemos ilustrado con unos pocos ejemplos escogidos sin ningún método.

En primer lugar, el informe de la Fundación de Cáritas recoge la opinión sobre la importancia del voto según clase social a partir de datos del CIS. De acuerdo con el gráfico bajo estas líneas, si un 65,5% de los miembros de clase alta o media-alta considera que el voto es importante o muy importante, en el caso de los obreros no cualificados, este porcentaje cae al 60,5% y en el de los obreros cualificados, hasta el 55,7%.

Entre estos dos últimos grupos, además, hasta un 17,6% en el caso de los obreros cualificados y hasta un 19% en el de los no cualificados considera que el voto es nada o poco importante. De acuerdo con el informe, “no ven que el voto les de visibilidad ni les proporcione audiencia ante los que deciden. Los de abajo no sienten que el hecho de votar sirva para que se les tenga en cuenta”. Y respecto a los obreros cualificados en particular, afirma: “Justo los que más se habían esforzado y sacrificado para que la democracia les diera voz e influencia se sienten ahora menos implicados con ella”.

Destaca también en el gráfico que quienes más importancia dan al voto son las nuevas clases medias. El informe interpreta: “Votar es más importante para los que temen perder influencia. Tal parece como si votar fuera muy decisivo para los que están, o se sienten, en la cuerda floja. Los trabajadores asalariados no manuales que dan forma a las nuevas clases medias. Trabajadores que no ocupan posiciones de poder, no son profesionales y técnicos insertos en la economía de la información y del conocimiento, sino los asalariados de la economía de servicios de la industria. Ellos son las que consideran que depositar la papeleta el día de las elecciones les reafirma en su posición y jerarquía”.

Y se señala un posible culpable de que las clases trabajadoras sean las que menos voten: “Los líderes de la izquierda no les explicaron que sentirse ciudadanos no libres políticamente, sean ricos o pobres, les hace sufrir la privación de un elemento fundamental y básico para la buena vida. Los derechos democráticos tienen valor por sí mismos”.

Quizás haya que matizar esta cuestión. Es probable que el error esté en las formaciones de izquierda por no transmitir la importancia de ejercer el derecho al voto (y también a la participación política más allá de las citas electorales cada cuatro años). Pero el aliento de los valores democráticos por sí sólo no sirve para mucho. La base de la democracia representativa es, precisamente, la búsqueda de los representantes de los intereses de los diferentes colectivos sociales. Y quizás, por parte de la izquierda, se han cometido errores que han debilitado ese lazo de representación con los suyos. Quizás no se han hecho suficientes esfuerzos por implicar a sus “naturales” bases sociales, no sólo en los comicios, sino también en el día a día, en la más básica socialización política con su presencia en los barrios y en las empresas. O puede que se haya fallado en los modos en que se ha pretendido la construcción de esa implicación.

Una vez roto el lazo cotidiano, la conexión en el periodo pre-electoral es mucho más complicada. Además, cabe pensar que es probable que la clase trabajadora haya dejado de sentirse apelada en las propias campañas. O, bueno, concedamos que en los mítines las izquierdas sí hacen referencia a las necesidades e inquietudes de la clase trabajadora, pero sin vínculo diario, cabe la sospecha de que los partidos sólo les piden el voto para ganar y, a continuación, dejarles, como tantas veces, desatendidos. Y ello, porque tienen memoria: las izquierdas han gobernado en todos los ámbitos de la Administración y la experiencia que les ha dejado les ha podido resultar frustrante.

No hay que olvidar otra cuestión: ¿Se siente la clase trabajadora representada por (o identificada con) las personas que aspiran a ser su voz en el Congreso de los Diputados, en los Ayuntamientos, en las Comunidades Autónomas?, ¿tienen los líderes de la izquierda que proceder de la clase trabajadora, tienen que vivir con y como aquéllos cuya voz van a representar en las diferentes administraciones?

Y una última inquietud: ¿Tienen las fuerzas de la izquierda un proyecto claro de sociedad con el que persuadir a sus bases o potenciales representados?, ¿o lo que falla es que sí hay proyecto, pero también temor a explicarlo y se ha caído en eso de que hay que escuchar al pueblo y poner en práctica sus demandas? Movilizar a partir de una idea clara de sociedad y de la persuasión, pese a su complicación, es más fácil que fiar todo al movimiento espontáneo de la gente, porque éste en contadas ocasiones se produce. Quizás en el 15-M. Pero tan pronto se pasó el momento efusivo se deshinchó dejando únicamente presentes las organizaciones preexistentes que en el movimiento participaron.

Esa ausencia de persuasión, intuitivamente fundamental cuando se habla de política, se pone de manifiesto también en el informe de Foessa, en la tabla bajo estas líneas. A la pregunta de “¿con qué frecuencia le intentan convencer a usted sobre política?”, quienes más favorablemente responden (entiéndase por ‘favorable’ ‘frecuentemente’ o ‘algunas veces’) son las personas con estudios superiores, mientras que quienes más desfavorablemente responden, es decir, a quienes nunca les tratan de persuadir, son las personas sin estudios, seguidas de quienes sólo cuentan con la educación primaria.

De ello, se deriva la desigualdad política que ilustrábamos al principio con algunos ejemplos. El informe concluye que hay una gran correlación entre la renta media de los barrios y el porcentaje de participación en las elecciones. Las rentas altas son más tendentes a registrar una más alta participación, mientras que las rentas más bajas son más tendentes a una más alta abstención. Cuanto más alto es el valor, más alta es esa relación. Y, además, la tabla bajo estas líneas también informa de que esa correlación es creciente, el problema se está agravando.

De acuerdo con el informe, “en barrios que se van empobreciendo, lo hace también su participación electoral. Más que enfocar su comportamiento el precariado político hacia un voto antisistema, los datos apuntan a un incremento de la abstención en los barrios que se han ido empobreciendo y donde se concentran los ciudadanos más golpeados por la gran crisis económica, a la vez que al mantenimiento de la participación en los barrios más ricos”.

Son datos que informan, una vez más, de la desconexión de las izquierdas de quienes deberían ser su base social. Y es un lazo que habría que reparar por salud democrática. Es la gran tarea de la izquierda en los próximos años.

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