Expediente Merinero (3)

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Vivía cerca de Tirso de Molina, y decidí escribir una novela negra ambientada en esa plaza. Recuerdo que me preocupaba no tanto la historia como mi actitud ante el género: ¿Qué lección sacar de las pasadas lecturas? ¿Debía ser respetuoso con el canon? ¿Cuál era ese canon?

 

Decía que me despaché todo lo que de Merinero encontré en esa dorada etapa de la vida en que, aunque laborando acá y allá en lo que fuera saliendo (comencé cuando estudiaba COU, de mozo de almacén en la fábrica de bombillas OSRAM, cerca de Atocha) siempre se encontraba tiempo para leer. Aparte de Carlos Pérez Merinero, en esos tiempos sólo recuerdo otros tres autores que me dedicara a perseguir y leer por sistema: Conan Doyle, Manuel Vázquez Montalbán y Raúl Guerra Garrido. La gracia estaba en leer mucho del autor en poco tiempo, hasta ver si se podía agotar la bibliografía: años después, felizmente instalado google en nuestras vidas, comprobé que de ninguno de ellos había alcanzado a leer, ni muchísimo menos, la opera omnia: pero entonces, en aquel entonces, el autor se agotaba cuando no había más libros suyos en las bibliotecas públicas, en casa de los amigos o en ciertas librerías de precios asequibles.

 

Por eso a Pérez Merinero le perdí la pista cuando agoté su reportorio (es decir, el repertorio de Merinero al que yo podía acceder con cierta facilidad). Después, hubo un tiempo en que la novela negra (y sus variantes) me dejaron de interesar. Andaba en otras ocupaciones (la música, fundamentalmente, pero también otros tipos de literatura), y así se pasó la mocedad.

 

Y llegada la pre-madurez, o como se le llame al período en que se está en la segunda mitad de los treinta, cuando todavía a uno no se le ha expulsado del club de los jovenzuelos, pero se le ha acompañado ya amablemente hasta puerta, donde aún se puede remolonear un poco ante el espejo del recibidor, ajustándose el gabán más tiempo del debido, poniéndose los guantes lentamente, enroscándose la bufanda al cuello con parsimonia, porque no hay prisa por irse (pero todos nos acabamos yendo, la mayoría antes de que nos echen de la fiesta a patadas), en esa etapa climatérica, que dirían los clásicos, decidí retomar la novela negra no sólo como aceptable lector (lo había sido empedernido del género, pero nunca lo volví a ser de esa manera, como es lógico y razonable, habiendo tanto que leer de otras latitudes), sino como el escritor en ciernes que siempre había querido ser.

 

Vivía cerca de Tirso de Molina, y decidí escribir una novela negra ambientada en esa plaza. Recuerdo que me preocupaba no tanto la historia como mi actitud ante el género: ¿Qué lección sacar de las pasadas lecturas? ¿Debía ser respetuoso con el canon? ¿Cuál era ese canon?

 

 

 

 

Niño ajeno al canon leyendo tranquilamente

 

Fue por entonces, creo yo (y visto a toro pasado) cuando la lección de Carlos Pérez Merinero, que imperceptiblemente había estado calando durante muchas lecturas en mi sistema nervioso literario, vino a manifestarse y a sacarme del inicial estupor creativo, porque me dio la clave para afrontar esta actitud con animosa naturalidad.

 

Pero, ¿cuál es esta lección merineriana?

 

Lo sabremos la próxima semana…     

 ÓSCAR URRA RÍOS. Doctor en Filología y profesor. Ha publicado los manuales Cómo escribir una novela negra (Fragua, 2013), y Literatura Universal (McGraw Hill, 2009), así como diversos artículos y reseñas sobre temas literarios. Como autor de ficción, durante la última década ha sacado a la luz tres novelas negras (A timba abierta, Impar y Rojo -las dos traducidas al alemán por Unionsverlag- y Bacarrá), y otra un tanto oscura (Yo, zombi), todas en la editorial Salto de Página, así como algunos cuentos de género negro. Vive en el centro de Madrid, que es decir el centro del Universo.