F5, F5, F5, F5, F5…

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Hace unos meses me preguntaban qué es F5 y hubiera recurrido inmediatamente al baúl de los recuerdos de mi memoria. Habría abierto, escuchando su chirriar, la puerta vieja del desván. Habría levantado la sábana cubierta a su vez de polvo que protege el arcón de madera desgastada. Y allí, entre fotos de hombres que he (casi) olvidado, de mujeres que hubiera querido matar, entre traumas de infancia y vestidos en los que ya no entro, habría encontrado alguna película mala, de esas en las Chuck Norris salva el planeta sin despeinarse el pelo del pecho. Y entonces hubiera respondido que un avión.Pero no un avión cualquiera. Un avión de última generación de la US Air Force. De esos que detectan a los enemigos aunque se camuflen de peatones y que llevan como extras cargador de iPhone y contador de víctimas colaterales. Un avión de los que después compran los gobiernos europeos para pasearlos en los desfiles y que acaban siendo vendidos a gobiernos del tercer mundo con dictadorzuelos o presidentes bananeros. Eso era un F5.

Hoy, atrapada hasta las trancas en las arenas movedizas el mundo digital, sé que el F5 es algo mucho más peligroso que ese avión. Lo he ido descubriendo según he sucumbido a las redes sociales. Redes porque te atrapan. Sociales porque de alguna forma tenían que llamarlo. Lo noto cuando me descubro, aburrida, por no echarme a la calle al terrenal mundo analógico –hace frío, qué carajo- navegando por dos o tres páginas, no más. Sé que hay más mundo. Eso me han contado. Y que todas esas frasecitas en azul que aparecen en la pantalla te pueden conducir a territorios nuevos. Pero yo soy de costumbres fijas, de más vale lo malo conocido, de experimentos sólo a ciertas horas, cuando una está dispuesta a donar su cuerpo a la ciencia o al mejor postor. Y en esas tres páginas puedo pasar horas, como una idiota, como perdida, moviéndome con el cursor de arriba abajo, leyendo por decimoquinta vez la misma frase, la palabra que me hizo gracia al principio y que ahora no la tiene, mirando una foto que me resulta ya familiar a pesar de que sigo sin saber quién coño es la pareja que aparece en ella. Pero sonríe desde una plaza de Praga y el cielo es azul y el mundo parece, para ellos, un lugar equilibrado. Y me da envidia, sí. Los odio por momentos. En esas tres páginas paso la tarde entera, la noche incluso si un virus, como hoy, ha aniquilado mis fuerzas para aniquilarme de bar en bar, pulsando puntualmente cada cinco minutos la tecla F5, esperando que algo nuevo suceda, a que cambien las frases, las palabras, las fotos. Esperando a que esto de Internet sea realmente algo interactivo y que mi espera obtenga recompensa. Pero F5 es en realidad un calvario. Una forma tonta de sufrir. Un invento del demonio, vamos. Porque después de dos horas pulsando la teclita en cuestión, desesperada por ver la pantalla cambiar, el mundo avanzar, la realidad ser otra, terminas descubriendo que al otro lado, a pesar de lo que pensabas, no hay nadie. O que ese nadie está pero no para ti. Y que a este lado de tu pantalla, por mucho que pulses F5, sigues tú sola, igual que antes de meterte en los mundos digitales buscando un cabo suelto al que aferrarte. Hoy cuando me preguntan qué es F5 lo tengo claro: una línea de atención al suicida que comunica.