Fantasías que se apagan

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«Me parece que fue a principios de siglo…», dijo con una sonrisa, «cuando empecé a dejar de creer en un puñado de cosas en las que, tal vez de manera vaga pero persistente, había creído durante mucho tiempo». Me sorprendió el arranque de mi amigo. Pero sucede a veces: hay diálogos así, aunque a uno se le antojen ya casi exclusivos de novelas o películas. «La amistad, la conversación, el verano, el anhelo del viaje o la aventura». Mi amigo parecía inspirado. Yo me limitaba a asentir, mientras él continuaba con su enumeración. «Cierta manera de estar en el mundo que siempre tenía un elemento de curiosidad. Y el silencio, los bosques, el amor por las palabras…».

Por momentos apartaba la mirada de mí para dejarla vagar por una esquina incierta del techo del comedor, en aquel restaurantito, hacia Tetuán, en el que habíamos alargado la sobremesa. No me pareció mal programa de vida, el que mi amigo describía. Pero me estaba hablando de pasiones perdidas. «Muchos de esos globos fueron deshinchándose poco a poco. O quizá se desinflaron de repente: me desperté una mañana y habían desaparecido. En fin, no estoy muy seguro: tal vez sí seguían ahí, pero en forma de fetiches a los que yo volvía de vez en cuando solo por un erróneo sentido de la fidelidad a mí mismo».

«Ahora casi me enternece toda esa ingenuidad», prosiguió tras un breve silencio.  «¡Cuando pienso en el poder de sugestión que tales fantasías ejercieron sobre mí! Al unirse varias de ellas, su fascinación se multiplicaba». Volvió a callar mi amigo, y le dio un sorbo a su copa de zebib. Viendo que no se decidía a retomar su reflexión, le animé: «¿Por ejemplo?». Él volvió a sonreír, y todavía se demoró unos segundos. (Yo me preguntaba si no estaría un poco arrepentido de la confidencia).

«En la ilusión del verano de cada año», terminó por decir titubeante, «se mezclaban el anhelo de nuevas amistades y un componente de aventura, o el placer del descubrimiento. Recuerdo largas vacaciones en pueblos del norte en las que, al pasar por delante de vetustas casonas de indianos, fantaseaba con sus moradores. Ya amigos, nos regalarían excursiones a desconocidos parajes de la zona, relatos de parientes lejanos embarcados en dudosas empresas por Cuba o Puerto Rico, y el privilegio de curiosear en el misterioso archivo familiar…».

No sé si a esa altura de la disertación de mi amigo seguía yo escuchándole con la misma atención. Confieso que había empezado a pensar en ciertas inclinaciones u obsesiones de toda la vida que habían ido perdiendo fuelle sin casi darme yo cuenta. ¿No emitían ahora solo una lucecita temblorosa, ocultas en algún lado? Sutiles mutaciones del gusto o el interés que siempre me sumían en un vago desconcierto. Bebiendo de mi copa —yo había pedido ouzo—, dejé que la mirada se perdiera por el techo del comedor, mientras mi amigo seguía hablando de esas fantasías que se apagan.

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