Farmacopea fluvial

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A un tal Chimista, autor del blog “La melancolía de los ríos

Recuerda Cunqueiro en su Tertulia de boticas prodigiosas que “la contemplación de un curso de agua es medicina contra la melancolía”. A falta de su contemplación, ¿valdrá también el recuerdo?

Como el de una mañana remota, cuando aún éramos jóvenes. Lo que daría ahora por encontrar el punto exacto del Duero (¿Aguilera, Matute…?) en el que bajamos del coche para caminar por la ribera. Hacía frío, brillaba el sol y no había nadie en cien kilómetros a la redonda. Entre juncos y carrizos, vimos la cinta de plata.

O el recuerdo del arroyo del Hornillo, ese riachuelo al que solíamos ir por Santa María de la Alameda. Sus aguas frías y claras, otra mañana de enero, eran iguales a aquellos primeros días del año: cristalinos y heladores, se iban pasando sin sentir, con una sonrisa en los labios.

Por el placer de las carreteras secundarias, acabamos un mediodía de primavera a la orilla amena del Rus. Bajo la sonaja de los álamos desplegamos nuestra jarapa portuguesa. Solo entonces entendí el “maravilloso silencio” de Cervantes, que podía incluir el ronroneo tierno de Dieguito y de fondo el murmullo del agua.

Citando a Annie Richter, Cunqueiro da noticia de un doctor Laurentius que “recetaba […] a cada enfermo el tramo del río que le parecía adecuado a la calidad de su bilis melancólica”. Yo no sé si la memoria será un buen sustitutivo…

Otra primavera, a orillas del Pisuerga. En ruta, habíamos venido escuchando a Antonio: “Tantos recuerdos iguales al mío / bañados por aquellas gotas de río”. Yo escribía apoyado en un fresno, y a mi lado Sofilinda anotaba también unas palabras en su diario color rosa. (Qué gracia verla salir del coche con el boli y el cuaderno: me entraron ganas de hacer lo mismo).

Por el río de la Soledad navegaban las pepitas. El melón estaba fresco y las hojas de los árboles le hacían el bajo al borboteo del agua. ¡Solos nosotros, en la ermita de la Soledad! Con las pepitas, río abajo, se fueron la tarde de julio, nuestras risas y la sombra de los chopos.

En noviembre, hace dos años, de regreso de Galicia. Por el cielo zamorano —cárdeno, peltre, turquí—, mil galeones de nubes. Las aguas pardas del Tera susurraban su mensaje. (¿Qué me dices, agua quieta, que no entiendo tus palabras?). Con un escalofrío corrimos de vuelta al coche.

Según Cunqueiro, los expertos en la “farmacopea fluvial contra la melancolía” descubrieron que “a ciertos melancólicos no les hacía falta agua, que lo que curaba era simplemente el rumor del río”. El rumor, tal vez, pero su recuerdo ¿no agravará el mal que pretende tratar?

Buscando no sé si cura o respuesta a mis preguntas, subí el verano pasado hasta las fuentes del Duero. Y allí, a la sombra de Urbión, solo y en silencio, ausculté un goteo menudo como de plata y cristal.

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