Fealdad política

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Preferiría hablar de libros ahora que acabamos de celebrar la efemérides anual en circunstancias aún excepcionales debido a la pandemia. De la entretenida y última novela de Eduardo Mendoza (Transbordo en Moscú) o de la más dramática y conmovedora de la alemana Esther Kinsky (Arboleda) o del ensayo de la socióloga estadounidense Shoshana Zuboff, cuyo título lo dice todo: La era del capitalismo de la vigilancia…Y sin embargo, la realidad social y anímica gira por desgracia por otros derroteros. Es como cuando en prensa a los redactores nos anunciaba el superior que la noticia que acababa de ocurrir enterraba lo demás.

Hay una gran fealdad política en el país donde yo he nacido hace ya demasiados años. Mi ánimo está alicaído, fatigado. No sé si porque hoy el día se ha despertado nublado en mi ciudad accidental, Málaga, y eso afecta, y me contagiara del ruido político que nos ensordece desde hace ya mucho tiempo y que en los últimos días se ha recrudecido con deplorables y condenables incidentes en la campaña electoral de las elecciones autonómicas madrileñas.

En mi opinión la toxicidad afecta a todos los grupos políticos sin excepción. Vivimos desde hace tiempo un clima de polarización y odio insoportables para mí, un individuo que soporta mal el grito y la multitud. Por eso no voy al estadio aun cuando me guste el fútbol ni participo en un mitin de apoyo o protesta pese a que pueda estar de acuerdo.

Me resulta irritante que desempolvemos ideologías superadas como son el fascismo o el comunismo para acusar al contrario al anunciar escenarios de terror o se nos llene la boca al manifestar que lo que está en juego es nada menos que nuestra libertad. Por cierto, no deberíamos olvidar que la libertad comporta evidentemente derechos pero también deberes para con la sociedad.

Sí, de acuerdo, pero no me repitan esa escena de Bertolt Brecht en La resistible ascensión de Arturo Ui de que un día llamarán a mi puerta y vendrán también por mí. Antes de que eso ocurra terminaré con mi vida. Conozco y he estudiado la historia. Y sé que la violencia y el incumplimiento de la ley están siempre presentes en los actos humanos. Pero, por favor, señores políticos no me manipulen tanto con carteles racistas falsos, mentiras sobre la gestión del virus en los centros de mayores, chulerías castizas de que el poder está contra uno, sentencias tremendas sobre un supuesto partido criminal que incitan al odio o boberías de un político demasiado honrado para dedicarse a eso y que mejor disfrutaría leyendo ensayos de filosofía o dedicado a funciones de defensa del ciudadano.

Cuando escucho o leo en las últimas horas que peligra la democracia mientras atestiguo que a la gente lo que ahora le importa es que no la despidan como en la banca, discute en las terrazas sobre eso tan elitista como es la Superliga o cuenta sus planes de viajes tan pronto se levanten las restricciones, pienso, no sé si equivocadamente, que el divorcio entre la clase política y la ciudadanía se acentúa día a día. Aquellos que se interesan por lo político, que son cada vez menos, repiten sin demasiada reflexión lo que han escuchado en una u otra emisora de radio, en uno u otro canal de televisión o en uno u otro medio de prensa escrita. El resto está en otra onda. De momento. Veremos en el futuro.

En cualquier caso, me resulta jocoso observar que un político a quien yo considero educado e inteligente se lleve a un mitin a uno de los adalides de la televisión basura y grite “¡a las urnas! ¡a las urnas!” y que el adversario está blanqueando el fascismo o cultivando la política de odio. Me hace recordar el canto anarquista ¡A las barricadas!, que, puño en alto, entonábamos ilusionados cuando éramos jóvenes universitarios en los estertores del franquismo. Había una razón, un objetivo claro. Carecíamos de libertades en un régimen dictatorial, anhelábamos con incorporarnos un día al club de países democráticos. Ahora no sé bien si estamos en un momento tan dramático como aquél. Evidentemente, ilusionante no lo es. Al menos para mí.

No es exagerado concluir que España es el país más polarizado políticamente de Europa y entre los más de Occidente, tal vez sólo superado por Estados Unidos. Todo ello comenzó a nutrirse a principios de este siglo con la descomposición y corrupción del aznarismo, estalló tras el atentado del 11-M, cristalizó durante el zapaterismo, el recrudecimiento del nacionalismo principalmente catalán y finalmente la aparición de los partidos populistas radicales a derecha e izquierda del PP y del PSOE como consecuencia de la crisis de las dos grandes formaciones.

Y sin embargo, ese clima de odio que tan irresponsable y astutamente se ha ido asentando en la clase política, y jaleado para su propio aprovechamiento, no es trasladable con igual virulencia a la vida cotidiana. No es odio lo que uno percibe cuando habla por la calle, sino más bien desinterés, desafección a la política, lo que en sí es peligroso puesto que la política impregna todos nuestros actos, y una opinión generalizada, sin duda injusta, de que todos los políticos son corruptos.

La última empresa donde yo trabajé me atraía por su apuesta europea y la defensa de la democracia, el progreso y las causas justas. Me gustaba la equidistancia, que no indiferencia, que mostraba en el tratamiento de la información denunciando lo que había que denunciar o elogiando lo que había que elogiar. Me recordaba la línea editorial de un prestigioso diario francés. Conforme pasó el tiempo, maduró y creció. Noté que esa equidistancia que a mí me atraía y con la que me sentía identificado se hizo más difusa hasta llegar completamente a desvanecerse aunque a día de hoy sus dirigentes sigan manifestando que no se han desviado ni un milímetro de sus principios fundacionales. Mejor para ellos si así lo creen.

Ser equidistante actualmente en mi país no está bien considerado. Es como el reconocimiento de ser un mal ciudadano, de mostrar una conducta egoísta y temerosa. Elitista y despectiva. La afirmación de estar voluntariamente fuera de la sociedad. No sé si es verdad, pero confieso que me siento y me muevo más a gusto en esa equidistancia frente al griterío que me llega de fuera y en especial de la clase política.

He ejercido pocas veces el derecho de voto. Esta vez seguramente lo haré. Viajaré a Madrid para cumplir con mi obligación ciudadana. No he decidido todavía a quién votar. Lo pensaré durante el viaje. En la maleta llevaré ropa y algún libro, pero no tengo intención de comprar a mi llegada ninguna camiseta con eslóganes grabados en la pechera donde se anuncie que en estas elecciones el dilema está entre fascismo o libertad o comunismo y libertad.

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Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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