Febrero trae hojas manchadas

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No es otoño. Bueno desde donde escribo tampoco sabemos que es esa estación melancólica que en el hemisferio norte provoca canciones tristes, suicidios y amores tormentosos entre hojas secas. Se avecina febrero y suena a amenaza. Todavía estamos en la resaca del Wikiaño, olvidadizos siempre de las mentiras develadas y de los escándalos sofocados antes de producirse. Pero la rueda de este planeta enfermo no parece frenar.

 

En Haití la transición (hermoso eufemismo para hablar de lo mismo) se debe producir el 7 de febrero, eso ha dicho Leonel Fernández, el presidente dominicano autoungido de «comunidad internacional». Los candidatos de la oposición en Haití no lo ven tan claro y marchan por las calles armados de pintura con la que insultar a Preval y a la ONU. El decorado se ha terminado de arruinar con la llegada del asesino Baby Doc Duvalier y el posible retorno del expulsado del país (por Estados Unidos) Jean-Bertrand Aristide. Haití es el pozo sin fondo, la verguenza propia y ajena, la urgente necesidad de que las cosas funcionen aunque sea a costa de un acto radical de identidad, de autoafirmación, de mandar al carajo a tanto extranjero salvador y cospirador dispuesto a solucionar la crisis a cambio de beneficios contantes y sonantes (en plata o en caudal moral). Fernández ahora aparece como un demócrata ejemplar, pero no habla de como deporta haitianos todas las semanas, los mismos que son mano de obra esclava en la injusta República Dominicana. Claro, que visto con cinismo, si España o Francia tienen la osadía de hablar de derechos humanos a pesar de sus prácticas con inmigrantes del sur o del este por qué no va a hacer lo mismo Fernández.

 

Febrero se acerca con rumor de sangre, con hojas sucias plagadas de manchas indelebles, de verdad, de verdades vestidas de invierno sofocante. Comenzará con el eco desagradable de la inútil y anacrónica Cumbre de Davos, esa partida de ajedrez donde la élite juega a dirigir el mundo. Comenzará con las urgencias de Haití, las interminables muertes de Guatemala o México, las verguenzas de Panamá (donde el Gobierno confirma cada día su tono autocrático), las aguas incesantes en Brasil (en esos desastres nada naturales), el camuflaje imposible de La Habana o este dolor de espalda que tengo enquistado desde que el frío dolor de la impotencia se alojó en mi columna.

 

Febrero trae hojas manchadas y yo tendré que ver como cumplir años sin sentir que son gruesos siglos de lastre. Debe ser que necesito un otoño hasta en este verano infinito.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.