Feliz Otoño, feliz Halloween y feliz Día de Difuntos

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Querida lectora, tradicionalmente damos por terminado el verano más o menos por ahora aunque, de forma oficial, acabó el 21 de septiembre. Ese día es la penúltima de las cuatro muescas con las que los humanos marcamos el cortejo anual que la Tierra hace al Sol. Es nuestra forma de saber dónde nos encontramos, si no en la vida sí en la Vía Lactea.

 

También es la forma que tenemos de saber dónde nos encontramos en estas crónicas. Dentro de poco hará un año que estamos juntos y juntos hemos ido celebrando ese recorrido de la Tierra con sus distintos ritos religiosos y paganos. Toca, pues, hacer la pausa otoñal y celebrar el advenimiento de la noche en el hemisferio norte.

 

Como te decía, a pesar del retraso en la fecha, es ahora cuando se suele celebrar el final del verano. Al menos, eso era lo que hacían los celtas. Puede que fuera poco científico pero a mí me parece bastante atinado. Y si tú estimas que estaban equivocados, el cambio climático ha venido a darles razón, que aquí los árboles recién están dejando su lino verde y empiezan a ponerse fulares rojos y amarillos para despedirse del calor.

 

Los celtas consideraban también que esa llegada de la noche y el fin del ciclo de la vida, que comenzó en Primavera, podía ser un buen momento para recordar a quienes nos abandonaron camino de no se sabe dónde y para recordarnos a nosotros mismos los efímeros que somos. Luego, las culturas posteriores se apuntaron a celebrar lo mismo de diferentes maneras.

 

En el Imperio, es costumbre hacer el recuerdo a los muertos y a la provisionalidad de nuestra existencia con una fiesta que se llama Halloween y que coincide con el Día de Difuntos de nuestra colonia y el Día de los Muertos en la colonia mexicana.

 

He de advertirte que la fiesta en el Imperio es muy pagana. Pero cada uno recuerda a los muertos como quiere. Tiene, además, a la señora calabaza como una de sus grandes protagonistas. Se la suele esculpir con un cuchillo para hacer con ella una cara de miedo o una sonrisa cómica y, de esa guisa, se coloca a la entrada de las casas, igual que nosotros ponemos en Navidades unas campanas en la puerta. Al fin, alguien, encontróle un uso útil a la calabaza más allá del cabello de ángel.

 

Halloween es una fiesta muy popular en la que participan mucho los niños. Se disfrazan de bruja, de vampiro, de momias o de monstruos más modernos y piden al vecino, al viandante y al viajero que, a cambio de no darle un susto, les entregue una golosina. También los mayores se disfrazan de brujas, de vampiros, de momias o de monstruos más modernos. Aunque sus peticiones y tratos, que suelen a hacerse a altas horas de la madrugada, son más de adultos. Para mí tengo que Halloween es lo más parecido a un carnaval.

 

También es un negocio. Las decoraciones para crear ambientes encantados, las fiestas y las comidas de Halloween mueven cientos de millones de dólares lo que, en los actuales tiempos de crisis, muchos ven, más que como una celebración de los muertos, como una recuperación para los vivos.

 

Es una fiesta genuina del Imperio, igual que lo es el Día de Acciones de Gracias, que se celebra en Noviembre.

 

Como cualquier Imperio, éste exporta sus productos, sean ellos políticos, económicos, sociales o culturales. Unas veces lo hace por la fuerza, como ya hemos visto en alguna crónica, y otras sin querer, como ocurre con Halloween. Por pura imitación de las colonias.

 

Sin embargo y curiosamente, esta fiesta despierta muchas reticencias y tiene muy mala fama fuera del Imperio, especialmente entre guardianes de la fe y guardianes de la cultura. Dios nos libre de todos ellos.

 

Para los guardianes de la fe, Halloween resulta una fiesta ajena y ridícula. ¿Qué es eso de que los niños vayan pidiendo caramelos para no hacer gamberradas? Bueno, es una forma de verlo, como lo hace quien se pregunta que es eso de que los niños vayan pidiendo el aguinaldo a cambio de dar la murga con sus villancicos.

 

A esos guardianes de la fe también les parece que Halloween no es forma de honrar a los muertos ni pensar en nuestra presencia pasajera por la vida. Para ellos, todo lo que se salga de la tristeza, el sufrimiento, el dolor, el tormento y el miedo a lo que vendrá después no es válido para representarnos.

 

La pregunta que me hago es ¿por qué ha de ser así? ¿Por qué no hemos de reírnos de nosotros mismos? Los mexicanos, sin ir más lejos lo hacen. Escriben calaveras a los amigos y allegados, pequeñas poesías con mucho humor, sobre todo negro, en las que hacen necrológicas de los vivos.

 

Entre quienes se sienten guardianes de la cultura (hay sus excepciones), es curioso observar que suelen hacer sus críticas a Halloween embutidos en unos pantalones vaqueros, camino del centro comercial o del hipermercado. También es curioso que muchos de ellos no se indignan tanto por las reformas laborales de la religión capitalista. Y es que, al fin y al cabo, arremeter contra una fiesta como la de Halloween no cuesta nada.

 

Yo, si quieres que te diga la verdad, querida lectora, estoy a favor siempre de las celebraciones, vengan de donde vengan, y de que cada uno elija la que quiera: la alegre, la triste, la medio pensionista y, aún, entiendo hasta quien no la quiere celebrar.

 

Pero a éste último, como ya hice en Navidades, le recuerdo aquellas sabías palabras de don Erasmo de Rotterdam: «Nada más insensato que una sabiduría a destiempo, ni nada más imprudente que una prudencia fuera de lugar. Obra mal el que no toma las cosas como vienen, el que no baja a andar por la calle, el que no quiere acordarse, al menos, de aquella sabia norma de los banquetes: “O bebes, o te vas”; o el que pretende que la comedia no sea comedia.»

 

Somos comedia, querida lectora, aunque los problemas, a veces, nos abrumen, aunque creamos que la vida es sagrada y aunque nos tomemos la vida tan en serio. No podemos dejar de darnos cuenta que somos comedia. El reírnos de nosotros mismos y el amor de quienes nos rodean es lo único que nos hace superar el dolor que causa la ausencia de los muertos. Cada uno los recuerde como quiera.

 

Vestido de brujo y esperando no te me mueras por el camino, te deseo buena semana. Salgo a la calle a celebrar Halloween.

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.