Festival estudiantil en la Isla Alongada

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No falla. En cuanto se acerca el primero de abril, ya tengo a mi amigo el historiador dándome la lata. Me llamó ayer varias veces y en ninguna le cogí el teléfono. Insistió esta mañana y por la tarde volvió a la carga. Como no quería escuchar sus locuras, desconecté el contestador. Pero está visto que mi amigo no es de los que se rinde fácilmente. Así que, lejos de dejarme en paz, inició su particular bombardeo electrónico: cinco, seis, diez mensajes en las últimas dos horas. He resistido su spam como he podido, pero al final he caído en la tentación y los he abierto, especialmente tras comprobar que no se me ocurría nada para el post de esta semana. Todos sus mensajes contenían el mismo texto. El maldito de mi amigo me conoce muy bien y sabía que tarde o temprano mi consabida pereza triunfaría sobre cualquier principio o deontología profesional. Transcribo, sin cambiar una coma, lo que allí me dice, junto al documento “histórico” que me adjunta.

 

Querido Madrul:

 

Cuando cuelgues en el blog lo que aquí te envío no vuelvas a insinuar que todo es superchería o bromazo. Tus impertinentes comentarios sobran. Ahórratelos o no cuelgues nada, aunque sí que lo harás, porque conozco bien tu haraganería y sé que escribir te resulta, como decía Ezra Pound, más duro que cavar. Mi investigación está muy avanzada. He reconstruido con gran minuciosidad la vida académica de las dos primeras décadas del siglo XVIII en la Isla Alongada. Ahora te pensaba mandar toda la relación sobre un festival estudiantil que se hizo allí un primero de abril, pero como al parecer quieres hacerte de rogar, te adjunto solamente el anuncio que se publicó unos días antes en una gacetilla del Condado de Idlewilde. El Festival se celebró dos o tres años después de haber estado Gulliver por la isla y contiene información preciosísima sobre la vida estudiantil y la curia educativa. Sin caer en anacronismos, todo me hace pensar que por esos años hubo algunos mandatarios dispuestos a llevar a cabo una revolución cultural tan radical como la que aplicó Mao Zedong en China. Tú te reirás, pero cuando leas el libro que estoy preparando, apoyado con ingente documentación en cada página, no darás crédito a la situación que padecieron nuestros antepasados. Lo que te mando ahora es solo una migaja; y solamente si me lo ruegas de rodillas, te enviaré mañana o pasado el reportaje que se publicó en la misma gaceta unos días después de celebrado el festival. No te digo más por hoy.

 

Anuncio aparecido en la sección de fiestas y solemnidades de La Gaceta del Condado de Idlewilde (The Idlewilde Gazette, 1 de abril de 1726, f. 24)

 

Queremos recordar a nuestros lectores que el próximo jueves primero de abril, en la Pradera del Cordero Tuerto (llamada también del Aborregado), se celebrará por segundo año consecutivo el Festival de Senderos Que Se Difuminan, en conmemoración por el revolucionario plan educativo que la Ciudad de Nueva Yorika aprobó en el año de gracia de 1726. Muchas personalidades han confirmado ya su presencia, entre ellas nuestro Canciller, el emérito Menuto Despistein, así como su más fiel y contumaz colaborador, el sapientísimo Don Martos, vuelto recientemente de su gloriosa empresa en Terravoba. Según leemos en el programa de festejos, habrá primeramente un desfile estudiantil a la una de la tarde encabezado por todas las sillas y sillines de las Escuelas adscritas a la Isla Alongada. Como ya pasara el año pasado, la comitiva saldrá de la ilustre Academia de Kuinsburra y, tras bordear el Lago de los Sauces y proseguir por la Calzada del Indio, llegará a la Pradera del Cordero Tuerto a eso de las dos. A partir de ese momento la organización del festival ha planeado toda una serie de bailes, concursos y juegos de pelota entre educandos y educadores. Resalta el Baile del Pavo, con danzantes sacados entre aquellos que jamás bailaron en su vida, así como el divertidísimo Concurso de Pastoreo Profesoral, en donde las sillas y sillines de cada departamento, a golpe de silbato, deben competir para lograr que su respectivo claustro, a manera de rebaño, sea el primero en entrar en el redil tras una frenética carrera de obstáculos. Al final de la tarde se repartirán los trofeos y, si el emérito Menuto Despistein y Don Martos lo tienen a bien, los estudiantes podrán mantear a su antojo a todo aquel profesor que, durante el año académico, presumió de su saber o les exigió más de la cuenta. Por último, la organización ruega que todos los estudiantes vayan tocados con su birrete de piel de conejo y que ningún profesor se olvide de su coroza.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.