Festivales de cine. Sitges I. Apoteosis del taxista

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VOCACIONES

Tiempo de Festivales. ¿No te gusta? Haber pedido “muerte”. Es lo que he hecho. Pero me han dado Sitges. Hubo un tiempo en que la sangre, en Sitges, corría por las calles. Las personas intentaban correr más rápido que la sangre. Pero no lo lograban. Así que la velocidad de la sangre tiene que ser eso: que te alcanza, te arrastra, se te lleva por delante. No construyas en los cauces de la sangre. Aunque te lo consientan. Aunque la autoridad haga la vista gorda. A pesar del permiso de primera ocupación. Luego la autoridad se constituye andana y el Seguro no paga. Y tienes un problema. Hoy día, en Sitges, no. Hoy Sitges se relaja y hasta asistes a una película como Nitram: títulos en los que la sangre no salpica.

Nitram. Justin Kurzel. 2021

Está.
No moja.

En Veneciafrenia -tu mundo, que te invaden cada día y que se va deteriorando y crees que es a ti a quien le beneficia-, la sangre sí que moja. Veneciafrenia es Sitges. Sitges de los de antes. Que volverán. Y tendrán nuestros ojos. Nuestro ojo. Globo ocular pendiendo de un viscoso filamento, risas y aplausos, con el público en pie, el público de Hostel.

¿Qué es Veneciafrenia?

Potenciales clientes de taxi llenan la sala de un cine.

Alzas la mano: “¡taxi!”. Y en tu vida introduces a una persona ajena. Peor: invades la intimidad de otra persona. En el perverso entendimiento de que para ambos es una necesidad. Para ti, que vas a donde quieres que te lleven. Para quien lleva el taxi, condición de su misma existencia. Establecida esa jerarquía, mandas tú. El grado en la necesidad sitúa a cada cual. Tú eres, por un tiempo, pasajero: por el tiempo que tu trayecto dure, estás cliente. Quien conduce es un o una taxista. Es. En todos lo momentos de su vida, mientras no cambie de trabajo. Hasta cuando no está trabajando. Pasajero supone una instancia abierta, es un ratito. Al taxista lo cierra su vehículo. Se podría pensar que todos somos algo, militar, policía, dependiente, arquitecta, carnicero, fumista, influenciadora. Ninguna de esas ocupaciones requiere un contacto tan cercano entre el usuario y quien provee los servicios. En cuyas manos pones, literalmente, tu destino. ¿Cómo lleva esa persona el vehículo, es buena conductora, responsable, un desquiciado, un loco o una loca de la velocidad, incluso -más allá de su función remunerada- sádico, criminal, va a robarte, a violarte, a matarte y, en el proceso, te va a cobrar de más por la carrera? Cierto que con el cirujano, tocólogo, dentista, el contacto no es menos cercano ni el peligro menor y el tiempo puede ser mucho más largo, pero ahí la jerarquía se invierte: superiores son ellos Que te haga daño un superior no se concibe. De un inferior puede esperarse todo. Por eso, por inferior: le crea mala disposición. La peluquera, que es como el taxista. El masajista, que es como la peluquera. Quien te cuida en tu casa, que es como el masajista. Ellos no mandan: odian ¿Piensas en eso cuando llamas a un taxi? ¿Cuando te tumbas boca abajo o te tapan la cara con una toallita? ¿Cuando le dices a la canguro: “este es el número del móvil, por si pasara algo”? Al menos la cuidadora, el cuidador, lo esteticien, los empleados de peluquería, no tienen competencia que, como los turistas, amenace desde fuera. Al taxi le han salido Uber y Cabify. El taxi precisa una reivindicación urgentemente. Eso hace Veneciafrenia.

Veneciafrenia. Álex de la Iglesia. 2021

El taxista es Giacomo. Descarado. Simpático. Un poquito traidor. Un superhéroe. Sobre que Veneciafrenia, rica en imágenes, de trepidante acción, la haya hecho Álex de la Iglesia para ayudar al taxi hay pocas dudas. Como tampoco hay duda de que los cinco jovencitos que la protagonizan son gente asesinable ya en el primer fotograma. Mostrar a esas personas vociferantes, molestas, descerebradas ¿es una invitación para que otros se sumen a ellos y el asesino, a quien le falta género en condiciones, disponga de material donde matar? No es igual cortarle el cuello a un niño (sobre todo entre quienes no conocen a los niños), a una anciana, a una maestra, al conductor de un autobús, que se ha perdido y cuyos pasajeros mueren de inanición en los asientos a pesar de que él ha repartido el bocadillo que le había preparado su señora y que era de chorizo y con el que podría haber tirado todo el día, no es lo mismo arrebatarles la vida a personas simpáticas que a quien se lo merece desde que se lo muestra en la pantalla. De eso se nutren noches de Halloween, pesadillas, cabañas en el bosque, partidas de excursión y colegios mayores a los que llega el filo del cuchillo: termina la película y apenas puedes recordar quién era quién, salvo la más rubita, el más guapito, el del torso esculpido, la más despampanante o el más tocapelotas. Por muy bien que lo hagan, que lo hacen. Carne en la picadora. Que es lo que se les pide. Y para lo que se piden vocaciones. ¿Está el cine hecho, como la televisión en los años cincuenta del pasado siglo, para crear cantera y cubrir las vacantes? Perry Mason, entre los abogados, médicos, Dr Kildare, camioneros, espías, deportistas, soldados, amas de casa. ¿No daba la demanda para series con protagonista barrendero, secretaria, albañil, oficinista? Cierto que son oficios a los que les falta lo vistoso. No al taxista, que se han crecido mucho después de Taxi Driver. Ahora, al taxista, como que se le ve de otra manera. Warren Beatty no consiguió eso con Shampoo. Peor, Ozores, que en ¡No, hija, no! filmó sobre el cadáver de una masajista. Sin embargo -igual que los taxistas-, masajistas, peluqueras y peluqueros, se han asomado al cine. Para que hubiese más. ¿No son dignas de promoción también otras profesiones?

La madre delegada.

Lamb. Valdimar Jóhansson. 2021

Hay pocas. Ni de lejos tantas como una sociedad que se dice civilizada necesita. Entre los animales se da el caso frecuente de que el hijo no conozca a su padre. El lobo, por ejemplo, es otra cosa: se empareja una vez y para siempre; aunque caza en manada, vive solo. Todo un ejemplo, el lobo. Pero ¿el perro? ¿el caballo? ¿la mofeta? ¿el carnero? ¿conocen a sus progenitores? ¿los añoran? Historia fascinante, con una Noomi Rapace de la que no podrías, ni el director te deja, apartar la mirada, momentos de tensión, historias que se recuperan sin imponer su desarrollo, dura sobre el terreno y tierna en la suspensión de la incredulidad, hasta que llega el padre. Que sobraba.

Eloise (de nombre).

Last Night in Soho. Edgard Wright. 2021

Last Night in Soho nace en una canción de Dave, Dee, Dozy, Beaky, Mick & Titch: la elección democrática para el nombre de un grupo. “¿Cómo queréis que nos llamemos?” “Como quieras, pero que entremos todos”. Eso, en una banda de rock, es complicado para la promoción, pero posible. En una orquesta sinfónica, difícil. En un país, no hay forma. Por eso se decidió llamarle “España” a España. “Alemania” a Alemania. “Inglaterra” a Inglaterra. No por los apellidos, uno detrás de otro, “¿a dónde vas?” “a Álvarez, Bermúdez, Centeno, Domínguez, Estrada, Flores, Gómez…”. Cuarenta y siete millones. Para cuando quieras sacar el billete de avión, la Agencia ya ha cerrado. Así que el nombre del país y, los que vivan en él, como el país: ingleses, alemanes, españoles. Cómodo, pero se pierde uno. No se siente nombrado. A nadie se le ha ocurrido, por ahora, la solución evidente: que los españoles se llamen todos “Carlos”, los alemanes “Günter”, los británicos “John” y, el país, el de Günter, el de John, el de Carlos. Cierto que eso deja fuera a las Cármenes, las Petra, las Elizabeth. Si no se ha hecho ha sido por cobardes. Por no aplicar lo que cualquiera sabe: que la mujer es igual en todas partes, que no se las distingue a una de otra y que podrían todas agruparse bajo un nombre común. Eloise, proponemos.

La leyenda de Xanadú. Dave, Dee, Dozy, Beaky, Mick & Titch

Aparte de Last Night in Soho, ingleses de Inglaterra y no John, John, John, John, John y John, del país de John, antes de la reforma, Dave, Dee, Dozy, Beaky, Mick & Titch hicieron otras cosas, como La leyenda de Xanadú, la más famosa, entonces, que la escuchas en 2021 y te lamentas: “¡cómo ha pasado el tiempo!” El de Dave, Dee, Dozy, Beaky, Mick & Titch, los de Last Night in Soho, que se titula así por la canción, pero que, en realidad, se ha hecho la película para ponerle Eloise a la protagonista. Humor, terror, suspense, el prodigioso viaje debajo de la sábana, el estimulante juego de los espejos, la coherencia en el guión, la diversión de principio a final, Diana Rigg, Terence Stamp, Rita Tusingham, Thomasin McKenzie, Anya Taylor-Joy, levantarse de la butaca satisfechos.
Ya en la calle, alguien llama: Eloise!
Las mujeres se vuelven, todas ellas. El hombre, ahí, excluido. Acaban de salir de ver Last Night in Soho, un viaje. A los años sesenta. Aún con su nombre propio cada cual. Y canta Barry Ryan.

Eloise. Barry Ryan. 1968

 

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