Festivales de cine. Valladolid II. Estoy en Puertomarte sin wifi

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COMUNICANDO

¿Hay alguien en la sala?

La gente llama mucho. Llama constantemente. Por si estás. O para hacer que estés. “¿Está Julita? ¡Pero si había quedado yo en llamarla!” La comunicación te tiene secuestrado. Más, desde que el móvil es y móvil somos. Antes, con el teléfono, siempre podías decir que no estabas en casa. Y sí que estabas.


Denise Calls Up. Hal Salwen. 1995

Gente que no para de llamarse y que jamás se ve. 1995 fue el año de la iluminación: va a pasar esto. No. Estaba ya pasando. Igual que Julio Verne, el cine nunca anticipó nada. Retrataba. Aventuraba sobre lo conocido sin separarse mucho. Nueve años después, en 2004, con Facebook, la existencia a distancia era ya un hecho.


The Social Network. David Fincher. 2010

“¿Cuántos amigos tienes?” “¿Yo? Ni uno”. Conocerse, en las redes sociales, es como, hambriento, ser figurante en el cine español de los años cincuenta: las manzanas, el pollo, las viandas, eran de cartón. Y aun así había quien les hincaba el diente. Y se hacía la ilusión de haber comido.

Producciones García S.A. Edgar Neville. 1956 (en 2007 lo recuperó Ediciones Castalia)

Vivir de una ilusión, vivir en una ilusión, no es nada nuevo. Verse obligado a esa ilusión porque fuera no hay nada es lo que las religiones, las ideologías, los vendedores de enciclopedias, la familia, los novios, los poceros, llevan buscando desde el principio de los tiempos. Hemos llegado a ello.

ESTOY EN PUERTOMARTE SIN WIFI

Grandilocuente y vacuo, como le corresponde. Y que nos odien todos los admiradores de Alan Parsons.


I Robot. The Alan Parsons Symphonic Project (en vivo en Colombia) con la Orquesta Sinfónica de Medellín

Isaac Asimov está lejos de ser un escritor políticamente correcto. Gran parte de su producción literaria consiste en aludir al cuerpo femenino y detallar las reacciones que se siguen de ello. Estoy en Puertomarte sin Hilda no es una excepción, bien al contrario: la descripción -no expresa- de la mujer es el deus ex machina que le va a permitir a su protagonista apuntarse unos tantos contando con lo burros que se ponen los hombres si les damos motivo para ello (spoiler pero, también, ¿quién va a leer, hoy en día, a Asimov, sobre todo sus cuentos? Nadie lee a Asimov, no lee cuentos nadie y, en general, leer, se lee poco. Destripar a Asimov, un deporte sin riesgo). De Estoy en Puertomarte sin Hilda interesa en este contexto, no la mujer, no lo verraco de los escritores del pasado inmediato, incluyendo, por ejemplo, a Dashiell Hammett: ¿habría que dejar de leer a Dashiell Hammett? (y, otra vez, ¿quién lee a Dashiell Hammett?) De Estoy en Puertomarte sin Hilda, 1957, interesan dos párrafos: “si suprimimos la espaciolina suprimimos los viajes espaciales”, siendo la espaciolina una droga que, sin crear dependencia, altera la percepción y evita el pánico; y “los grandes industriales no suelen viajar mucho por el espacio: utilizan la recepción del transvídeo”. Una droga que te hace no estar donde estás y una tecnología que te hace estar donde no estás. La técnica. Yo, robot. Isaac Asimov. Leyes de la robótica: nunca, por motivo alguno, podrá el robot, la máquina, dañar a una persona. Eso la máquina, el robot, lo lleva en sus circuitos como el español medio lleva el fútbol. Trabajo no tendrá. Ni Sanidad. Ni acceso a la educación. Ni paro. Ni pensiones. No podrá alquilar una casa. Pero que no le toquen a su equipo. El robot era igual, hasta Blade Runner: que a su amo, su creador, no se lo toquen.
Pues nos van a tocar.

La máquina, por fin, se ha rebelado.

Lo primero será tomar medidas.


Babel. Audiodrama Colectivo. 2020

LOS PARTOS

Amenaza el día depresión. Igual que la tienen las Azores. Igual que las Marianas.
Depresión.
La depresión que sigue a los alumbramientos.
Del día, o de otro parto.
Del parto de la Tierra, que dio a luz las mesetas y los valles.
Del parto de los montes.
Depresión.
La depresión del parto que habita en cada uno de nosotros.

Los partos procedían del Irán. De las llanuras. Se recuerda de ellos la costumbre de fingir una huida para luego acribillar al enemigo que les iba detrás con una lluvia de flechas disparadas por encima del hombro. De ahí lo de “disparar la flecha del parto”, que se dice de aquel que, al retirarse, lanza una frase contundente, palmaria, con la que hiere a aquellos que se quedan. Ése era el estilo de los partos. Y su mérito tiene. Disparar flechas por encima del hombro es muy difícil. No aciertas. Te deprimes. Para adquirir habilidad, ensayas las posturas. Las posturas del parto. Le permiten engendrar su respuesta de flechas aguzadas que vienen a clavarse en quienes los persiguen y, a su vez, heridos por las flechas, sufren estos de depresión. La depresión post-parto. Similar a la nuestra de este día. A la de las Marianas. Y a la de las Azores.

IRÁN

Cine iraní, este año, en la SEMINCI.


Jade khaki / Hit the road. Panah Panahi. Irán. 2021

Abrupto el corte. Pasa mucho en los clips colgados de las redes. Por las llanuras del Irán, un coche. La familia. La madre. El padre, que finge, quizás, una pierna estropeada. El hijo, que pretende salir del Irán para encontrar trabajo. Y el hijo más pequeño, que se ha agenciado un perro moribundo y que canta. El hijo, el perro no. Conversación a coche detenido.

La madre:
“¿Alguna vez piensas en el futuro?”

El padre:
“Me estoy ahogando en él”

Y, acerca del hijo migrante de ambos, con desprecio:
“¿Ese, trabajar duro y hacerse una casa?

Es, a su edad, en hombre y con el hijo ya crecido, la depresión post-parto.


Ghahreman / A Hero. Asghar Farhadi. Irán. 2021

Igual de horriblemente mal cortado.

“Hace dos mil quinientos años, ¿cómo subían hasta aquí arriba para visitar a sus muertos?”

Rahim, con permiso en su prisión por deudas, sube a ver a su cuñado, que trabaja en una tumba persa. Tiene unos pocos días. Y una persona que lo espera de verdad: la mujer que lo ama, quien, por casualidad, ha encontrado una cartera con dinero en la parada del autobús.

¿Aceptará el acreedor la oferta de Rahim y retirará la denuncia?

Las cosas se complican y nadie es, al final, ni tan inocente ni tan despiadado como parece.

A Rahim le queda siempre el recurso de la flecha del parto. Según vas a la cárcel, por encima del hombro: “¿Pues sabes qué te digo? No te pago”.


Ghsideyeh gave sefid / Ballad of a White Cow. Behtash Sanaeeha, Maryam Moghaddam. Irán. 2021

¡Por fin un clip cortado decentemente!

Balada de una vaca blanca (El perdón). Babak ha sido ejecutado por error. “A mí me duele más que a ti”, dicen los jueces, al condenar, cuando les llega el caso. Con alguna razón. Muerto, a Babak nada puede dolerle. Vivo, le da lo mismo lo que duela: no tiene escapatoria. Reivindicado Babak en su inocencia, a los jueces les pesa haberse equivocado. Es un remordimiento que consuela a los jueces: sufrimos, luego somos humanos. Y un humano, ¿qué es, en las manos de Dios? “Las palabras de Dios no pueden estar equivocadas”. La voluntad de Dios. Porque Dios lo ha querido, viuda Mina, la mujer de Babak y su hija huérfana y un hombre destrozado y Babak en un mundo en el que ya no importa la tortícolis. En posición para tener un hijo, la madre de Babak, en Irán las posturas del parto, conviene preguntarse qué le reserva Dios y dónde estamos. Huyendo del spoiler, ferocidad, arrepentimiento, providencia, prejuicios, desamparo, decepción, la mujer, allí donde haya Dios, donde Dios cuente, allí donde Dios cuente de verdad sin una oposición que lo humanice (porque el crimen es otro: costumbre, honor, vergüenza), hay que considerar el embarazo.

En Valladolid, Irán.
Irán ya había visitado Europa antes.
La recepción de Irán.


300. Zack Snyder. 2006

¡Qué bien, un buen doblaje!

No es, según Plutarco, Leónidas I sino Agesilao II, casi cien años después, quien pronuncia estas frases y no, claro, en las Termópilas, sino en los preparativos de una nueva guerra contra los tebanos. “Mandó que todos los aliados juntos se sentaran de una parte, y los lacedemonios solos de otra; dispuso después que, a la voz del heraldo, se levantaran primero los alfareros; puestos éstos en pie, llamó en segundo lugar a los latoneros, después a los carpinteros, luego a los albañiles, y así a los de los otros oficios. Levantáronse, pues, casi todos los aliados, y de los Lacedemonios ninguno, porque les estaba prohibido ejercer y aprender ninguna de las artes mecánicas; y por este medio, echándose a reír Agesilao: «¿Veis -les dijo- con cuántos más soldados contribuimos nosotros?»”. Plutarco. Vidas paralelas VI.

Visita virtual, la de 300, con monstruos y guerreros y batallas y mares y paisajes generados por ordenador. Se le achaca a 300 poco rigor histórico. Sorprendente sería lo contrario, en una producción hecha sobre un comic, que pretende glorificar el dibujo y la inventiva, no la Historia. Ésta, Gesta de las Termópilas, tema recurrente en el cine.


The 300 Spartans / El león de Esparta. Rudolph Maté. 1962

Peleando a la sombra de las flechas. En carne y hueso. Para la lluvia de flechas, a los griegos les hubiese venido bien la depresión de las Azores -de haberse producido, depresión de los partos-: anticiclón que estorba la lluvia, que la impide.


Gymnopédie no. 1. Khatia Buniatishvili.

Al sol y al ejercicio los espartanos iban casi desnudos, de la misma manera en que Esparta carecía de murallas porque sus murallas eran “los pechos de los espartanos”. Esto, Esparta, se lo tomaba con inteligencia. A la hora de luchar, el hoplita se armaba: casco, coraza, escudo, grebas. Anacrónico, el discurso final de El león de Esparta, que se refiere a un tiempo que era el de los esclavos.

DEVOLVER LA VISITA.

Se va el wifi. La señal, que no hay. Se abre la sima, insondable, terrible. Fosa de las Marianas.

Lenin caracterizó el comunismo como el poder de los soviets más la electrificación (en este mismo Festival, Robert Guédiguian, Mali Twist, añade otro factor de vital importancia). No sólo para la desaparecida Unión Soviética: para San Petersburgo, como para Leningrado, cae la electricidad y cae el día. Primero, desaparece la luz en cuanto se va el sol. Lamparitas de aceite, antorchas y bujías. Peor en Petrogrado, Leningrado, Estocolmo: gran parte del año, el sol no está. No se ve ni pijote. Después, allí y en todas partes, de industria, poca y lenta: telar, a mano, a pie, máquinas de vapor, hornos de leña. La comunicación, a voces, o por carta. Las distancias, de nuevo, a uña de caballo, en carreta, en trineo, a golpe de cáliga, de sandalia, de babucha, que es como se formaron los imperios.


Alexander the Great. Robert Rossen. 1956

Alejandro. Por Irán. Por Egipto. Por la India. Alejandro y las falanges macedonias con las que su padre, Filipo, sometió a los griegos, salvo Esparta. Isaac Asimov que, una vez aparece, prefiere quedarse y decir algo, recoge así la anécdota:
“Se cuenta que Filipo envió a Esparta un mensaje que decía: «Si entro en Laconia, arrasaré Esparta». Según la misma historia, los desafiantes éforos espartanos respondieron con una sola palabra: «Si». Es el más famoso laconismo de la historia. (Filipo) abandonó el Peloponeso sin tratar de forzar a Esparta”. ¿Pensaba en las Termópilas?

De Alejandro hizo Oliver Stone una semblanza pop.


 Alexander. Oliver Stone. 2004

La visita al Irán, que está, también, este año en la SEMINCI.

Le devolvemos la visita al parto.


Un blues para Teherán. Javier Tolentino. 2020

Para que aprenda el parto lo que es bueno. Festivales. Valladolid, Sitges, San Sebastián, Sevilla, Málaga, Huelva, Gijón… Fuera del Festival, la gente tarda en volver a las salas. Se queda ante el ordenador o la pantalla desplegada y se enchufa a la red, un placebo del cine. En el hotel, se acaba de ir el wifi. Sin wifi, ¿cómo busco las películas? ¿Cómo escribo yo esto? Dependencia. Atrapados en las redes sociales, una araña nos mantiene con vida. Hay esperanza. El Gran Apagón, quien nos lo anuncia, viene del Metaverso, que es esa realidad en la que no existimos, pero estamos. No habrá nadie en la calle cuando lo virtual pueda tocarse, olerse; esto es, percibir las sensaciones: estímulos que los dispositivos adecuados disparan después de recrearnos. Igual hasta calor, frío, hambre, saciedad, los programamos, la máquina lo hace por nosotros. Sólo que, comer, no comeremos. Y, trabajar, tampoco. Satisfechos, hartos, de inanición morimos. ¡Un momento!: ¿no hay impresoras en tres dimensiones que fabrican pistolas, instrumentos quirúrgicos, aviones? ¿Y si, de pronto, se generara alimento comestible? No quedaría más «pero» que el trabajo: ¿de qué modo y con qué beneficios dar servicio a una humanidad improductiva? ¿Dónde está la ganancia? ¿Quien lo haría? Lo que va a suceder es evidente: imprimiremos hombres que diseñarán los hologramas y los disfrutarán en sus equipos, sus gafas virtuales, con nuestros propios rasgos, nuestro olor, nuestros cuerpos. Sustitución: no hacemos falta. Alumbramiento. Es el parto final. La madre de los partos.

Un día se va el wifi. Y ya no estamos.

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