Fiesta

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Un cumpleaños. Los de siempre. A veces, los observo cavilando que siempre será todo igual, reemplazando unas piezas por otras…y, entonces, tropiezo por casualidad con uno de los últimos recién llegados a Beirut Paradise, joven, seguro de sí mismo y de su paga extra por peligrosidad, sobradamente preparado para luchar contra todos los kilos de silicona que se le pueden caer encima, y que con tono seductor pregunta: ¿Pero tú, exactamente, de que parte de La Coruña eres?, ¿De Lugo, de Pontevedra…?. Y  agotada, y con una medio sonrisa de circunstancias, pienso que no quiero volver a España en mi puta vida, que prefiero que todos los piñones de un cedro me caigan en la cabeza y me dejen catatónica.

El cumpleañero, en honor a los invitados iraníes, se ha pintado los ojos con lápiz khol negro, cual exótico descendiente de los seléucidas. Y Persia, la venerable Persia, ha hecho su aparición con una camiseta ajustada tres tallas menor que la suya, hablando de su ajetreada vida “social” en Facebook como comentarista de la Arabian Fashion Tv. Hay países que por su historia milenaria no pueden permitirse esto. Sencillamente no.

La elegancia de alguna de las invitadas me recuerda la madrileña calle Montera. Aros de oro, lorzas sujetas por la presión de una tela de leopardo, cadenas plateadas en los bolsillos del pantalón, botas de chúpame la punta. Morros hinchados pidiendo un rabo del que no despegarse de por vida. Calientapollas que se les moja el coño solo de imaginarse a sí mismas de reinas consortes en países extranjeros.

Me dice que quiere introducir en el Líbano un vino, de los malos, hecho por un famoso actor. Le digo que ponga en grande el nombre del actor y que venda cada botella a 500 dólares. A los gilipollas hay que tratarlos como tal para que se produzca el entendimiento.

No me siento a gusto cuando me preguntan por el tono de lo que he escrito aquí. Como si tuviera que disculparme por ser como soy, como si tuviera que obligarme a mi misma a ser quien no soy…

Releo con avidez en casa todo cuanto ha sacado Wikileaks sobre Oriente Medio. Compruebo que Palestina no es ese tema candente que solo le importa a los plastas solidarios que surcan el Mediterráneo transportando bazookas; a la resistencia palestina, reconvertida a cuatreros mafiosos de segundo orden, se le presta menos atención que a un grano en el culo. Es Irán y solo Irán, el gran motivo de todos los desvelos de Estados Unidos y de todos los países árabes. Pero con una notable diferencia, los yanquis quieren acabar con Ahmadineyad como se acaba con una suegra metomentodo y no lo ocultan; los otros no son más que una panda de lloricas acojonados,  falsos, ladinos, arteros y con tan pocos escrúpulos como para alquilar por horas el coño de sus hijas. Exigen que se le corte la cabeza a la serpiente, pero cuando la serpiente se alza y amenaza con escupir su veneno nuclear entre los vecinos, las ratas huyen a codazos a la ratonera.

 

Al final te quedas con la sensación de que el ser humano, ese experimento fallido que decía Cioran, no sirve, efectivamente, más que para molestar. Para tocar los cojones a lo grande. Que dejen a Irán crear su bomba nuclear de una puta vez, que la ceben en uranio como se ceba a un cerdo, y que la exploten, a ser posible, el día antes de un puente nacional en España.