Figuras sin paisaje

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La información es el opio del pueblo. Si el hombre de la modernidad clásica aún mantenía una cierta relación con el exterior terrenal, presente ya en las afueras visibles de la ciudad, esa relación corre el riesgo de perderse en una sociedad cada vez más encerrada en el circuito cerrado de lo numérico, una visibilidad forzosa que ha colonizado incluso a la percepción. Podríamos entender la actual crisis como un colapso cultural de la masificación, de esta dependencia inducida entre las vidas y el mito de una globalidad presente en todas partes.

 

En otras palabras, es la ausencia de interrupción en la transparencia, el déficit de grumos de opacidad, lo que nos está asfixiando, al impedir atender a cada ocasión y sitio singular, al impedir escuchar la exterioridad que se precipita en cada ahí del vivir. ¿La crisis es el estallido cancerígeno de esta macrodependencia, que introduce un espectacular «efecto mariposa» en un paisaje humano donde hasta la mirada y la escucha han sido colonizadas, masificadas? ¿Se trata de una crisis del paisaje como vastedad del interior humano, como exterioridad íntima del hombre, de su alteridad constituyente? Cierto, el paisaje, el lugar, la tierra no es tanto la exterioridad que nos rodea por fuera, medio ambiente de nuestro antropocentrismo, como la alteridad que nos rodea por dentro, pues cada hombre -sobre todo en lo no sabido de sí mismo- es el resultado intransferible, continuamente cambiante, de una experiencia de lo insondable.

 

Hasta el tono un poco siniestro con el que a veces se pronuncia la palabra «entorno» parece indicar esta aversión al afuera. Particularmente, el tópico del cambio climático se llegó a transformar en una especie de expansión ecológica y paisajística en la deconstrucción del sujeto, de esta «corrosión del carácter» inducida por la información y la economía. Apoyada en una supuesta experiencia terrenal incontestable, ¿qué se deduce de esta “verdad” en el fondo tan cómoda? Primero, de nuevo, el papel central del miedo. ¿Qué haría nuestra adorada «Sociedad Interna­cional» sin la inacabable lista de rostros de un peligro externo que se renueva, ahora en la naturaleza misma? Segundo, nuestra necesidad de víctimas a las que proteger y socializar, para así blanquear nuestro malestar interno, se extiende a la Tierra, presentando ésta la degeneración propia de un ser frágil, que sufre y se debilita a nuestra imagen y semejanza. Por tanto, en tercer lugar, esta debilidad terrenal elimina el referente de lo real en el conjunto de la naturaleza.

 

Ahora ya no queda en ella, aquélla que según Heráclito «ama esconderse», ninguna fortaleza independiente, ninguna indiferencia frente a nuestra anemia estructural. El antropomorfismo que denunciaba Nietzsche en el siglo XIX parece haber consumado sus presupuestos.

 

Para nuestro ciudadano adelgazado de hoy, sometido a la creciente sociodependencia que inyecta la crisis económica, el cambio climático es el equivalente a una depresión endógena de la tierra, aunque se haya manifestado por causas exógenas. Como si la naturaleza siempre hubiera sido frágil y fuese la potencia de la industria y la mirada globales la que ahora por fin lo ha descubierto.

 

La «naturaleza» que concibe nuestra mentalidad ecologista media, ligeramente edulcorada, es un producto más del poder tardoindustrial. Para empezar, dado que la tierra es continuamente auscultada, igual que un neurótico hace con su cuerpo, padece por eso mismo toda clase de dolencias. Nativos digitales, nuestro ideal urbano de regularidad ya entiende la simple “inestabilidad atmosférica” como un peligro constante, convenientemente magnificado por el sensacionalismo de los medios.

 

Esencialmente, latiendo aquí y ahora, en una inmediatez más lejana que cualquier exterior turístico, la naturaleza es la posibilidad de una independencia radical frente a la cobertura técnica. La soberana «indiferencia de los árboles a la historia», en palabras de Baudrillard, un desamparo que genera fuerza. Sin embargo, al presentarse la tierra como una envoltura o medio ambiente de lo social –a la manera de un mixto tecnológico más, que se ha llenado de virus y habría que formatear–, se desactiva la experiencia común de lo mortal y se infunde una sospecha constante sobre ella. La potencia de la muerte ha dejado de ser lo que hace al exterior algo más profundo que todas las leyes naturalistas, y esto convierte a lo real en algo sospechoso y espectral, justificando el encierro tecnológico.

 

En el fondo, el objetivo es levantar una nueva xenofobia, inducir una inseguridad radical acerca del atraso de la condición mortal, de la fuerza natal de cada hombre de carne y hueso, chantajeando sus miedos. La constante revolución tecnológica parece santificar esta nueva especie de racismo contra el atraso de lo analógico, esa vida elemental que respiran las nueve décimas partes de la humanidad.

 

Nos protege del exterior el líquido amniótico de lo social. Al menos hasta ayer, nuestro ideal era la depresión soft, consensuada y compartida en un medio más o menos automatizado. Fabricamos paisajes artificiales, sensaciones de naturaleza primitiva mezcladas en CD con mareas, truenos y gritos de gaviota. Un moralismo scout –la reconciliación, la solidaridad, la paz universal– se alía para complementar un determinismo crash –la macroeconomía, las comunicaciones, el GPS, Internet– y formatear nuestra seguridad bipolar, esta salud vigilante y clínica en la que nos prolongamos.

 

Clima, clímax, calima, crisis, polvareda. A falta de sólidos, la atmósfera y el ambiente lo son todo. El medio es el masaje. Gracias a la vibración perpetua del fragmento informativo, el sujeto vive como en una pantalla en nieve, sin una memoria clara de lo que hace y en una oscilación dicotómica entre extremos para los que no hay lenguaje. De ahí que este último hombre, sujeto por las marcas –la medicina no deja de ser un mercado psíquico–, está abocado a una oscilación sin palabras entre el tedio y la monstruosidad, la normalización y el escándalo, la euforia y la depresión, la presencia espectacular y la desaparición. Nos sostiene una especie de esquizofrenia consensual que esquiva la vieja conciencia y, por lo mismo, también lo latente en el inconsciente.

 

Como si entre el paro laboral y las horas extras, la anorexia y la obesidad mórbida, el tiempo “muerto” y el de la diversión, la ética y la pornografía, la soledad y la fiesta, el sedentarismo televisivo y los deportes de riesgo –la sexualidad es uno de ellos– no hubiera ningún territorio que explorar día a día. Parece que entre la jornada profesional agotadora y las vacaciones fantásticas el individuo no tuviera tiempo para vivir la ambivalencia, para ese papel mediador del yo entre la realidad y el deseo, entre las exigencias y las emociones. La norma es que no haya término medio, ninguno que no esté ocupado por la mediación. Como si el hombre no tuviera el mínimo reposo para detenerse, ninguna tecnología psíquica para trabajar los bordes de lo no conocido y reconstruirse desde ahí. Madurez aberrante de los jóvenes, inmadurez patética de los mayores. ¿Dónde están los adultos que buscaba Godard?

 

Las llamadas “enfermedades del sí mismo” –la depresión, el sida, el cáncer, las alergias, la anorexia–, parecen inducidas por un fallo del sistema interno de regulación, al igual que el antiguo miedo a un fallo interno en la inteligencia nuclear. Estas dolencias endógenas se originan en el debilitamiento de la relación traumática con el exterior, que obliga al cuerpo a buscar un frente de choque interno para no disolverse en la promiscuidad de lo social.

 

Es preciso reinventar en cada uno de nuestros momentos cruciales una interrupción de esa cultura gelatinosa que llamamos cobertura. Es necesario recuperar una relación «bárbara», perceptiva y anímica, con el exterior sin narración. De otro modo, la misma cultura que facilita nuestro estado larvario, facilitará también su prolongación en esta agonía crónica sin paisaje, un desértico aislamiento cargado de conexiones.

 

 

 

Ignacio Castro Rey. O Picón, 16 de julio de 2012

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.