Final de curso

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Estos jugadores no han querido comerse la Liga cuando se la pusieron en el plato. Cabe al menos preguntarse por qué. Por qué, por qué. Pero el fútbol tiene respuestas caprichosas.

 

Menos mal que la Copa de Europa acaba en mayo, como la Liga, porque si no cabe pensar que el Madrid de Ancelotti estaría como el de Heynckes: tan lejos y tan cerca. Repetir aquel final histórico sería como volver a la adolescencia, aunque ahora, en la madurez, uno ha visto tan súbito y tan próximo evaporarse el triplete como si hubiera sido un sueño: un sueño de la adolescencia. Cualquiera diría que después de la gesta de Munich la Liga molestaba. Igual que cuando en el cine suena un teléfono, que todo el mundo mira indignado hacia el culpable. La Liga ha sido al final un politono inoportuno, o quizá demasiadas cosas que atender para un equipo aún incompleto, virtuoso pero inmaduro, en esa carrera superior que inició Mourinho hace cuatro años. Esta debe de ser una licenciatura de cinco porque no es el perder (o el suspender) sino el cómo.

 

Dejando a un lado las impresiones, estos jugadores no han querido comerse la Liga cuando se la pusieron en el plato. Cabe al menos preguntarse por qué. Por qué, por qué. Pero el fútbol tiene respuestas caprichosas. No es el tenis que nunca miente. “Fútbol es fútbol”, dijo Boskov, y ahí se encierra una ciencia inabarcable, una selva misteriosa en la que se sabe cómo se entra pero nunca cómo se sale. Ahora que ya se les ve por las inmediaciones, dibujándose entre los maizales, saliendo de ese corazón de las tinieblas, el Madrid sale desorientado mientras el Atleti vive en la ansiedad y el Barca entre alucinaciones, como si volvieran de los dominios de Kurtz, donde se refleja un lienzo sobre la historia de los tres clubes: la virtud y la contradicción, el corazón y el sufrimiento, los valors y la flor, respectivamente.

 

El Madrid, liberado ya de molestias antojadizas, el universitario al que sólo le espera el verano después de la última reválida de fin de curso, no tiene excusas para fracasar esta temporada (se lo piden millones de aficionados, como padres amorosos), por mucho que luego el fútbol las buscase con su lenguaje afectado. Le espera el escenario de su leyenda donde hace dos semanas derribó la única puerta por la que aún no había salido a hombros. Falta la Décima que, como el toro, también tiene orejas, y que sería otro sobresaliente o la decepción, mayor aún si cabe por el rival (que todavía puede salir de la jungla con la misión cumplida), y que significaría cargar con una asignatura tan pesada (tan cerca de superarla) como la obsesión, y no hasta septiembre sino hasta un nuevo año que es como aquel viaje de Conrad por el Congo: “el horror, el horror…”.