Fisonomía del cascarrabias

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Siempre me ha atraído la personalidad del cascarrabias, quizá porque desde muy niño he sentido que eso era en lo que iba a terminar yo cuando tuviera la edad del cascarrabias. Pues el cascarrabias de verdad, como el vinagre de solera, necesita de maduración. Hay desde luego niños cascarrabias y hasta el típico recién casado que tras una noche de vino y de rosas le da por despotricar contra el servicio del hotel o las inclemencias del tiempo, pero lo normal es que el cascarrabias sea un varón ya entrado en edad (no menos de cuarenta años), solo (o, si se quiere, solitario) y de vuelta de muchas cosas, ya que es necesario subrayar que uno no deviene cascarrabias sino después de haber dado bastantes vueltas en la vida y de haber recibido más de un desengaño. El cascarrabias tiene mucho de misántropo, sin llegar nunca a serlo, pues el misántropo es un inveterado idealista que si se aísla y odia a la humanidad es porque la humanidad no se comporta según su ideal de conducta, mientras que el cascarrabias, más que odiar, desprecia a sus congéneres y, lejos de idealizar, lo que tiene es una visión cínica y hasta descarnada de la existencia, aunque en el fondo no sea sino una impostura más para tapar la timidez, el sentimentalismo y las muchas inseguridades.

 

De manera que el cascarrabias no se retira del mundo, como el misántropo, ni tiene el menor deseo de quedarse solo en su casa reconcomiéndose con la falsedad y la hipocresía humana. El cascarrabias se une a la fiesta de la humanidad, se sienta en un rincón y a la primera oportunidad pincha el vacuo globo henchido de pretensiones que le ponen delante los oportunistas y los desahogados. Al cascarrabias naturalmente muchos lo temen, porque siempre es de temer quien dispara con el dardo de la verdad, y mucho más si ese dardo viene envuelto en sarcasmo, que es el arma preferida del cascarrabias de raza.

 

El cascarrabias siente una profunda irritabilidad por los buenos modales y la etiqueta social, que no es sino tantas veces la mejor manera que tienen los poderosos en defender sus privilegios y repartirse el botín de guerra. Pero el cascarrabias no es un quijote ni un valedor de nadie, porque, a la verdad, no cree ni en tirios ni en troyanos, ni en hombres ni en mujeres, ni en ricos ni pobres. La filosofía del cascarrabias es nihilista. Cree en muy pocas cosas, salvo en el poder casi infinito que ofrece la palabra para ridiculizar al vanidoso y al buen burgués y, en general, a todo aquel que se cree más y mejor que su vecino.

 

El cascarrabias más dotado -y quizá el cascarrabias por antonomasia- ha sido Groucho Marx, cuyo nombre mismo anunciaba su condición de cascarrabias. Todos los rasgos apuntados arriba, además de un humor vitriólico, se encerraban en su persona, no tanto en las películas que lo hicieron famoso, como en el personaje de la televisión que se convirtió en los años cincuenta en los EEUU. Algunas de sus entrevistas de los setenta, cuando era ya octogenario, dan la medida exacta de lo que un cascarrabias debe de ser: metijón, irascible e indefectiblemente ingenioso en la réplica. Hay ejemplos por doquier, pero daré solo uno, el de su última entrevista con Bill Cosby. Éste le comenta con admiración cómo se había servido de los puros en muchas de sus funciones tras vérselo a él en las películas, a lo cual Groucho le contesta que, en efecto, los puros “son un recurso muy útil para un comediante… siempre que uno, por supuesto, sea comediante” (“they’re a handy thing to have for a comedian … assuming, of course, you are a comedian”).

 

El cascarrabias puede ser bastante atravesado e incluso cruel, pero nunca es aburrido. Quien aburre con sus quejas y nos da la lata constantemente no es un cascarrabias, sino un pesado o, para decirlo de una vez, un puro coñazo.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.