Flauta, cámara y acción

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Poco puedo decir de La flauta mágica que ustedes no sepan ya. Más en este caso, en el que el Teatro Real repone la producción de Suzanne Andrade y Barrie Kosky que ya pudimos ver hace unas temporadas. Por resumir: los directores tiran de la estética del cine de los años 20 para recrear una Flauta donde Monostatos es clavadito a Nosferatu, Papageno a Buster Keaton y Tamino se parece mucho a Rodolfo Valentino. Por el camino, han aprovechado el recurso de los sobretítulos para resumir las parrafadas del singspiel (un género que alterna canto y declamación) y darle agilidad a la acción. La flauta mágica es, aunque la escribiese Mozart, una pieza de teatro popular, de entretenimiento. El logro de Schikaneder (músico, masón y Papageno) fue el de hacer un libreto que nos permite interpretaciones diversas: desde la simbólica hasta la puramente infantil. Lo cierto es que, a estas alturas de la historia, prefiero que me entretengan a que me cuenten las bondades de la francmasonería y de los ideales ilustrados.

La función se desarrolla sobre una pantalla blanca, sobre la que se proyectan los escenarios y de la que salen y entran los personajes mediante puertas que giran. Hay algo entre cartoon y naíf que resulta simpático. Las dos horas largas se hacen realmente amenas, aunque el piano (grabado, si el oído no me falla) que acompaña a la proyección de los sobretítulos genera más ruido que ambientación de época. Uno siente que esa música no corresponde y, por tanto, se sale de la función.

Para fortuna de todos, en el foso está Ivor Bolton, que viene de dirigir Idomeneo hace unos meses. La vitalidad y la precisión de Bolton es admirable, y desde la obertura se intuye su profunda comprensión de la música de Mozart. (Esto, quieran que no, le tranquiliza a uno). El elenco merece también elogios: el Sarastro de Andrea Mastroni se lució en «In diesen heil’gen Hallen» casi más que en la célebre «O Isis und Osiris». Un poco descafeinado el Tamino de Stanislas de Barbeyrac, aunque estuvo, en definitiva, correcto. Aleksandra Olczyk hace una Reina de la Noche colérica y con los agudos limpios: no suenan forzados ni grita (otro alivio), y su aria fue, claro, uno de los momentos más celebrados de la noche. Me gustó mucho la vis cómica del Papageno de Andreas Wolf y a Mikeldi Atxalandabaso le queda muy bien ese personaje caricaturesco y mezquino que es Monostatos. Olga Peretyatko nos ofreció hermoso dueto con Papageno, pero no mucho más. Y para terminar, los aplausos de siempre a los impecables Pequeños Cantores de la JORCAM.

Termino aquí, deprisa y corriendo, estas notas tan concisas a la espera de volver pronto al Real para ver el tercer encuentro de Heras-Casado con la Tetralogía. Se nos acumula el trabajo.

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