Flores del mal

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Los miserables, creyéndose destinados a ser felices, nunca sabrían que se es lo que queda una vez recogidos los restos y supuradas las heridas; olvidarían que no se trataba de conseguir algo, sino más bien de venir a fracasar.

 

Es ya de noche y acabo de dejarlo, a él, en el cruce de una avenida principal; deseando llegar a casa y resignarse a la venturosa alegría del tálamo conyugal. Yo camino un buen rato más, pasando junto a mansiones abandonadas, halos de luz que se cuelan a través de esas cortinas libanesas sucias, la tienda de antigüedades siempre vacía, la amplia escalinata de la casa en la que un día imaginé que podría situar una novela ambientada en Beirut.

 

Hace unos años, su protagonista, de existir, se habría figurado la trayectoria de la primera parte de su vida como un camino de puntos rectos, en el que cada paso era el único lógico que podía suceder al anterior. La vida como una sucesión de metas, de lugares que se alcanzan, de objetivos que se logran. El ser humano como digno vencedor de una batalla en la que también habría habido cabida para las derrotas, en un mundo en el que los dioses, ociosos, habrían reparado en tu presencia para que aprendieses algo… Mi protagonista buscaría la belleza como todos aquellos que no poseen imaginación, se deleitaría en su despreciable concepto de felicidad: una felicidad en la que todas las piezas encajarían y todo saldría a pedir de boca, una felicidad que aislaría el placer del dolor, la alegría del sufrimiento, una felicidad amputada, mediocre, vulgar, cojitranca.

 

Abrazaría la dicha de los pobres, la que selecciona y permite solo pequeñas partes de uno mismo, escogidos retazos de vida mientras esconde y aleja aquellos que resultan menos presentables, más dolorosos, más desgarrados. Confinaría la plenitud de la existencia a mezquinos e infantiles goces, a los placeres permitidos, a las actitudes de cortesía, a las palabras biensonantes. Ante la totalidad de la vida, se adheriría solo a alguna de sus partes, deglutiendo únicamente lo bonito, lo que calmara la inquietud, lo agradable, lo noble, lo armónico, incapaz de entregarse por completo a la inmensidad, a esa inmensidad bella, temible, atroz.

 

Pero esa novela ya no me interesa. Ahora, mi futura protagonista, de existir, se saludaría un día frente al espejo, dando la bienvenida a todo cuanto no logró ahuyentar; abrazando lo que, tan lejos de sus expectativas, nunca ha llegado a ser. Se reiría de esa vieja lucha íntima entre dos personas que, pudriéndose uno al lado del otro, se ignoran siempre, intuyéndose, olfateándose, espiándose, pero desconociéndose por completo, mientras los atontados espectadores de la obra se adormecen arrullados por ese “amor” envenenado que, gentilmente, acompaña a lo largo de todas las estaciones de la vida. No le fascinaría el impulso de la juventud dorada, avanzando porque es su única posibilidad; no admiraría el optimismo que envuelve a la salud ni las vicisitudes del hombre maduro sin elección, autoproclamado héroe de lo común, villano mediocre de la renuncia.

 

Los miserables, creyéndose destinados a ser felices, nunca sabrían que se es lo que queda una vez recogidos los restos y supuradas las heridas; olvidarían que no se trataba de conseguir algo, sino más bien de venir a fracasar, a tropezar, a enfrentarse al hecho de ver lo que podemos hacer con nuestro fracaso, con nuestro desamparo, con nuestra humilde condición humana.

 

En esa nueva mansión de Beirut no se arrojaría luz allá donde no hubiese habido antes mil noches de terror, no se degradaría la vida solo a aquello que resultara soportable. En sus jardines, árboles silenciosos tenderían las ramas hacia las olorosas flores del mal escupidas por la tierra y, en algunas madrugadas, sonaría el vals número 2 de Shostakovich. Baudelaire, desde su sepulcro celestial, volvería a escribir eternamente que solo amando la muerte, en cada nacimiento, en cada gesto, en cada despedida, se puede ser la vida.